El testamento sin mi nombre: La verdad que destrozó mi vida
—¿Cómo que no estoy en el testamento? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras el notario evitaba mirarme a los ojos. Mi hermana Lucía me apretó la mano bajo la mesa, pero yo apenas sentía el contacto. El despacho olía a madera vieja y a papeles húmedos, y en ese instante supe que mi vida acababa de cambiar para siempre.
Tomás y yo llevábamos veintidós años casados. Compartíamos la empresa de su familia, una pequeña bodega en La Rioja que habíamos levantado juntos tras la muerte de su padre. Siempre pensé que éramos un equipo, que nada ni nadie podría separarnos. Pero aquel día, sentada frente al notario y rodeada de rostros desconocidos, me di cuenta de lo poco que sabía realmente del hombre con el que compartí media vida.
El notario leyó el testamento con voz monótona, como si no estuviera destrozando mi mundo palabra a palabra. «Dejo todos mis bienes, acciones y cuentas bancarias a doña Carmen Salazar.» El nombre retumbó en mi cabeza. Carmen Salazar. No era ni mi suegra ni ninguna prima lejana. Miré a Lucía, buscando respuestas en sus ojos, pero ella estaba tan perdida como yo.
—¿Quién es esa mujer? —susurré, casi sin voz.
Nadie respondió. Los familiares de Tomás bajaron la mirada. Mi cuñada Marta se removió incómoda en la silla. Sentí una rabia sorda crecer en mi pecho. ¿Cómo podía ser? ¿Por qué Tomás me había hecho esto?
Esa noche no dormí. Me senté en la cocina, con una copa de vino —el mismo vino que habíamos embotellado juntos— y repasé cada momento de los últimos años. ¿Había señales? ¿Había algo que no quise ver? Recordé las noches que Tomás llegaba tarde, las llamadas que cortaba al entrar yo en la habitación, los viajes «de negocios» a Madrid.
A la mañana siguiente, fui a la bodega. Los empleados me miraban con lástima y evitaban cruzar palabras conmigo. Sentí vergüenza y rabia. En el despacho de Tomás, todo seguía igual: su agenda abierta sobre la mesa, su bolígrafo favorito junto al teléfono. Me senté en su silla y abrí el cajón inferior. Allí encontré una carta dirigida a mí, con mi nombre escrito con su letra apretada.
«Querida Elena,
Si estás leyendo esto es porque ya no estoy contigo. Sé que lo que voy a decirte te dolerá, pero mereces saber la verdad. Carmen fue mi primer amor y nunca dejé de quererla. Cuando volvió a mi vida hace cinco años, pensé que podía manejarlo todo sin hacerte daño. Me equivoqué. Sé que te fallo como marido y como socio, pero quiero que sepas que siempre te he admirado y respetado. Perdóname por no ser valiente antes.»
Las palabras me atravesaron como cuchillas. ¿Cinco años? ¿Toda nuestra vida juntos era una mentira? Lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Los días siguientes fueron un infierno. Carmen apareció en la bodega acompañada de un abogado. Era una mujer elegante, de unos cincuenta años, con el pelo recogido y una mirada fría.
—Siento mucho tu pérdida —dijo, sin emoción—. Pero Tomás quería que yo me hiciera cargo de todo.
—¿Y yo? —le espeté—. ¿Y todo lo que he trabajado aquí? ¿No te da vergüenza?
Carmen me miró con lástima fingida.
—Esto es lo que hay, Elena. Lo siento.
Me vi obligada a abandonar la empresa y la casa familiar en menos de un mes. Mi familia se dividió: algunos me apoyaron, otros se pusieron del lado de Carmen, quizás por miedo o por interés. Mi madre lloraba cada vez que me veía; mi hermano Ignacio me ofreció quedarme en su piso de Logroño hasta que encontrara algo.
Intenté luchar legalmente, pero el testamento era claro y Tomás había dejado todo perfectamente atado. Me sentí humillada y traicionada por todos: por Tomás, por su familia, incluso por algunos amigos que desaparecieron de mi vida como si yo fuera culpable de algo.
Pasaron semanas antes de atreverme a salir sola por el pueblo. La gente murmuraba a mis espaldas; algunos me miraban con compasión, otros con desprecio o curiosidad malsana. En el supermercado escuché a dos vecinas cuchichear:
—¿Te has enterado? La mujer de Tomás lo ha perdido todo… Dicen que él tenía otra desde hace años.
Me dolió más de lo que esperaba.
Una tarde recibí una llamada inesperada. Era Marta, mi cuñada.
—Elena… sé que ahora no quieres saber nada de nosotros, pero quiero que sepas que yo tampoco sabía nada de Carmen. Tomás era muy reservado… No sé cómo pudo hacerte esto.
No supe qué decirle. ¿De qué servían ya las disculpas?
Empecé a trabajar como administrativa en una pequeña empresa local para poder pagar el alquiler del piso donde vivía ahora sola. Cada día era una lucha contra el resentimiento y la tristeza. A veces pensaba en irme lejos, empezar de cero en otra ciudad donde nadie conociera mi historia.
Pero también aprendí algo: sobreviví al peor golpe de mi vida y sigo aquí. He conocido a otras mujeres en situaciones parecidas; nos apoyamos mutuamente y compartimos nuestras heridas.
A veces me pregunto si alguna vez podré perdonar a Tomás o si podré volver a confiar en alguien. ¿Cómo se reconstruye una vida cuando descubres que todo era mentira? ¿Qué haríais vosotros si os pasara algo así?