Tres días antes de mi boda, mis suegros me obligaron a firmar un contrato humillante – pero no sabían quién era yo realmente
—¿Esto es una broma? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras sostenía el papel entre mis manos sudorosas. El salón de la casa de los padres de Álvaro olía a café recién hecho y a tensión acumulada. Su madre, Carmen, me miraba desde el otro lado de la mesa con esa sonrisa fría que nunca llegaba a sus ojos. Su padre, Don Manuel, ni siquiera se molestó en levantar la vista del contrato.
—No es una broma, Lucía —dijo Carmen, cruzando los brazos—. Es solo una formalidad. Queremos asegurarnos de que todo esté claro antes de la boda.
Álvaro estaba sentado a mi lado, en silencio, con la cabeza gacha. Sentí cómo me ardían las mejillas. El contrato era claro: si el matrimonio terminaba antes de cinco años, yo no tendría derecho a nada. Ni al piso que íbamos a compartir, ni a los ahorros conjuntos, ni siquiera a los muebles que habíamos elegido juntos en IKEA. Todo quedaría en manos de la familia de Álvaro.
—¿Y si no firmo? —pregunté, desafiando la mirada de Carmen.
Don Manuel dejó el bolígrafo sobre la mesa y por fin me miró.
—Entonces no habrá boda —dijo, seco, como si hablara del tiempo.
Sentí que el mundo se me venía encima. Tres días antes de la boda. Tres días después de haber dejado mi trabajo en Madrid para mudarme a Valencia con Álvaro. Tres días después de haber vendido mi coche para ayudar con los gastos del banquete. Tres días después de haberle dicho a mi madre que por fin iba a ser feliz.
Me levanté y salí al balcón. El aire fresco me golpeó la cara y las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas. ¿Cómo podía Álvaro permitir esto? ¿Cómo podía su familia tratarme así? Recordé las palabras de mi abuela: “Lucía, nunca permitas que nadie te haga sentir menos de lo que eres”.
Volví al salón y vi a Álvaro mirándome con ojos suplicantes.
—Por favor, Lucía… Solo fírmalo. Es para tranquilizarles —susurró.
Me dieron ganas de gritarle que era un cobarde. Que si me amaba, debía defenderme. Pero no lo hice. En vez de eso, respiré hondo y miré a Carmen directamente a los ojos.
—¿Y si yo les pidiera firmar algo parecido? —pregunté—. ¿Si les pidiera que me garantizaran que nunca me faltará el respeto? ¿Que nunca me harán sentir como una extraña en mi propia casa?
Carmen se rió, un sonido seco y desagradable.
—No seas dramática, Lucía. Esto es solo por seguridad.
—¿Seguridad para quién? —repliqué—. Porque yo soy la que lo deja todo para estar aquí. Yo soy la que arriesga.
Don Manuel se levantó y recogió el contrato.
—Piénsalo bien. Tienes hasta mañana.
Esa noche no dormí. Álvaro intentó abrazarme, pero yo me aparté. Me sentía traicionada por todos: por él, por sus padres, incluso por mí misma por haber llegado tan lejos sin ver las señales.
Al día siguiente fui a ver a mi madre. Me recibió con su abrazo cálido y su olor a colonia Nenuco. Le conté todo entre lágrimas y rabia contenida.
—Hija, tú vales mucho más que cualquier piso o cuenta bancaria —me dijo—. Si te casas así, siempre estarás en deuda con ellos.
Eso fue lo que necesitaba oír. Volví a casa de los padres de Álvaro con la cabeza alta y el corazón decidido.
—He tomado una decisión —anuncié nada más entrar—. No voy a firmar ese contrato.
Carmen frunció el ceño y Don Manuel suspiró como si yo fuera una niña caprichosa.
—Entonces no habrá boda —repitió él.
Miré a Álvaro, esperando que dijera algo, que se rebelara contra sus padres por mí. Pero solo bajó la mirada y murmuró:
—Lo siento, Lucía…
Sentí cómo se rompía algo dentro de mí. Pero también sentí una fuerza nueva, una dignidad que no sabía que tenía.
—No necesito esta boda para saber quién soy —dije—. Y desde luego no necesito una familia que me humille para aceptarme.
Salí de esa casa sin mirar atrás. Lloré durante días, sí. Pero también aprendí a quererme más. Encontré trabajo en una pequeña librería del centro y poco a poco reconstruí mi vida. Mi madre siempre estuvo a mi lado y mis amigas me recordaron quién era realmente Lucía: una mujer fuerte, capaz de empezar de cero sin miedo al qué dirán.
A veces me pregunto si hice bien en renunciar al amor por orgullo… o si fue orgullo lo que me salvó del desastre. ¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Firmaríais un contrato así solo por amor?