Entre Dos Mundos: Cuando Mi Esposo Se Convirtió en un Niño en el Pueblo de Mis Sueños Rotos
—¿Otra vez con lo mismo, Iván? —le grité, mientras el vapor de la olla se mezclaba con el de mi rabia. Él ni siquiera me miró; seguía en la terraza, contemplando el campo como si allí estuviera la respuesta a todos nuestros problemas.
—No entiendes, Lucía. Aquí puedo respirar. Allí solo hay ruido y prisas —me respondió, con esa voz cansada que últimamente usaba para todo.
Yo nací en Madrid, en un piso pequeño de Lavapiés, donde las paredes escuchan más secretos de los que deberían. Mis padres, Carmen y Antonio, siempre soñaron con que yo estudiara, trabajara y viviera cerca de ellos. Y así fue, hasta que conocí a Iván en la universidad. Él venía de un pueblo de Segovia, con las manos grandes y la mirada limpia. Al principio, su amor por la tierra me parecía romántico, casi exótico. Pero después de diez años juntos, esa pasión se convirtió en una barrera infranqueable.
La discusión empezó como siempre: él hablando del huerto, de los animales, de la tranquilidad; yo defendiendo el teatro, los cafés y la cercanía de mis padres. Pero aquella tarde fue diferente. Mi madre había llamado para invitarnos a cenar el sábado siguiente. Era el cumpleaños de mi padre y no podía faltar. Iván puso mala cara.
—¿Otra vez a Madrid? ¿No podemos quedarnos aquí por una vez? —protestó.
—Es mi familia, Iván. No puedo darles la espalda —le respondí, sintiendo cómo se me encogía el pecho.
Esa noche dormimos espalda contra espalda. El silencio era tan denso que sentía que me ahogaba. Al día siguiente, mientras preparaba café, Iván apareció con una decisión tomada.
—Nos mudamos al pueblo. Ya está bien de posponerlo. Aquí no somos felices —dijo, sin mirarme a los ojos.
Me quedé helada. ¿Feliz? ¿Quién era feliz aquí? ¿Él? ¿Yo? ¿O ninguno?
La semana siguiente fue un torbellino: cajas, discusiones, lágrimas. Mis padres no entendían nada.
—Lucía, hija, ¿de verdad quieres irte tan lejos? —preguntó mi madre con los ojos llenos de preocupación.
—No lo sé, mamá. No lo sé —le respondí entre sollozos.
Llegamos al pueblo un viernes por la tarde. El aire olía a tierra mojada y a leña. Iván parecía otro: sonreía, saludaba a los vecinos, se movía como pez en el agua. Yo me sentía una extraña en mi propia vida.
Los primeros días intenté adaptarme: ayudé en el huerto, fui a misa los domingos, incluso aprendí a hacer pan con la vecina Rosario. Pero por las noches lloraba en silencio, añorando el ruido de la Gran Vía y las luces de la ciudad.
Iván estaba cada vez más ausente. Se pasaba el día en el campo o en el bar del pueblo con sus amigos de infancia. Yo me quedaba sola en casa, mirando fotos antiguas y preguntándome en qué momento perdí el rumbo.
Un día recibí una llamada de mi padre: mi madre había tenido un infarto. Corrí a Madrid sin pensarlo dos veces. Iván ni siquiera me acompañó; tenía que «cuidar el huerto».
En el hospital, sentada junto a la cama de mi madre, entendí que había estado viviendo entre dos mundos sin pertenecer realmente a ninguno. Mi familia me necesitaba y yo necesitaba sentirme parte de algo más grande que un campo vacío.
Cuando volví al pueblo, encontré a Iván jugando al fútbol con los niños del barrio. Reía como un niño pequeño, ajeno a mi dolor y a todo lo que habíamos perdido por el camino.
Esa noche le enfrenté:
—¿De verdad esto es lo que quieres? ¿Ser un niño más en tu pueblo mientras yo me marchito aquí?
Iván bajó la cabeza.
—No sé hacerlo de otra forma, Lucía. Aquí soy yo mismo.
—¿Y yo? ¿Dónde quedo yo?
El silencio fue la única respuesta.
Hoy escribo estas líneas desde el piso de mis padres en Madrid. Mi madre se recupera poco a poco y yo he decidido quedarme con ella una temporada. Iván sigue en el pueblo; hablamos poco y cada vez nos entendemos menos.
A veces me pregunto si el amor es suficiente cuando los sueños tiran en direcciones opuestas. ¿Cuántos matrimonios sobreviven cuando uno quiere raíces y el otro alas? ¿Vosotros qué haríais si tuvierais que elegir entre vuestra familia y la persona que amáis?