La sorpresa de Lucía y los dos niños en la Gran Vía
—¿Señora, nos puede dar lo que le sobre?—
La voz temblorosa me sacudió como un jarro de agua fría. Yo, Lucía, sentada en el restaurante más elegante de la Gran Vía, con mi copa de vino y el plato de solomillo aún humeante, no esperaba que la noche diera ese giro. Miré a mi alrededor: los camareros se tensaron, los clientes cuchicheaban, y la música de piano se volvió casi un susurro incómodo. Frente a mí, dos niños, no tendrían más de diez años, con las mejillas rojas por el frío y la ropa hecha jirones, me miraban con una mezcla de esperanza y vergüenza.
—¿Cómo habéis entrado aquí?— preguntó el maître, acercándose con paso firme y cara de pocos amigos.
—Solo queremos un poco de pan o lo que sobre…— insistió el mayor, bajando la mirada.
Sentí una punzada en el pecho. Recordé mi infancia en un barrio obrero de Sevilla, cuando mi madre decía: “En esta casa nunca se le niega un plato a nadie”. Pero ahora, rodeada de manteles blancos y copas de cristal, parecía que la compasión era un lujo más.
—Tranquilo, Javier— le dije al maître—. Yo invito a los chicos. Que les sirvan algo caliente.
El silencio se hizo aún más denso. Algunos clientes pusieron mala cara; otros fingieron no mirar. Pero yo ya había tomado mi decisión. Los niños se sentaron a mi mesa, tímidos, sin atreverse a tocar el pan que les pusieron primero.
—¿Cómo os llamáis?— pregunté, intentando romper el hielo.
—Yo soy Diego y él es Samuel— respondió el mayor.
—¿Y vuestros padres?—
Diego bajó la cabeza. —Mi madre está en el hospital y no tenemos a dónde ir. Samuel es mi primo. Dormimos en la estación de Atocha desde hace dos semanas.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo era posible que en pleno centro de Madrid, entre luces y escaparates llenos de regalos navideños, hubiera niños pasando hambre?
—¿Sabéis qué? Esta noche cenáis conmigo. Y mañana veremos cómo os puedo ayudar.—
Samuel sonrió por primera vez. Diego apenas levantó la vista del plato. Les pedí croquetas, tortilla y un poco de caldo. Comieron despacio, como si temieran que alguien les fuera a quitar la comida en cualquier momento.
Mientras cenábamos, recordé las veces que mi abuela me contaba historias de la posguerra: “No teníamos nada, pero siempre compartíamos lo poco que había”. Me di cuenta de que el éxito y el dinero solo tienen sentido si sirven para algo más que para llenar una cuenta bancaria.
Al terminar, los llevé a casa. Mi piso era grande y frío; esa noche se llenó de risas y olor a chocolate caliente. Llamé a una amiga que trabajaba en servicios sociales y al día siguiente fuimos juntos a buscar una solución para ellos.
No fue fácil: trámites, esperas interminables, miradas desconfiadas. Pero poco a poco las cosas empezaron a cambiar. Diego pudo volver al colegio y Samuel encontró una familia de acogida temporal. Yo seguí viéndolos cada semana; nos hicimos parte de la vida del otro.
A veces me pregunto cómo habría sido todo si aquella noche hubiera mirado hacia otro lado, como hicieron tantos en el restaurante. ¿Cuántas veces dejamos pasar la oportunidad de hacer algo bueno por miedo al qué dirán o por comodidad? ¿Y si todos diéramos un paso al frente cuando alguien lo necesita?