La confesión escuchada: El día que creí que mi esposa planeaba mi funeral

—¿Qué haría yo sin ti, Álvaro?—. La voz de Sofía temblaba, como si estuviera a punto de romperse. Me detuve en seco en el pasillo, la taza de té temblando en mi mano. Era pasada la medianoche y el silencio de nuestro piso en Salamanca solo era roto por sus palabras. Me asomé con sigilo al salón, oculto tras la puerta entreabierta. Allí estaba ella, de pie frente al espejo, con un papel arrugado en la mano y los ojos brillantes de emoción o de miedo, no supe distinguirlo.

—Siempre fuiste mi roca, mi refugio…— continuó Sofía, la voz cada vez más baja. —No sé cómo seguir adelante sin ti—.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Por qué hablaba en pasado? ¿Por qué ensayaba un discurso tan lúgubre? Mi mente empezó a correr: ¿estaba enferma y no me lo había dicho? ¿O… estaba planeando algo terrible?

Me retiré sin hacer ruido, el corazón golpeando en mi pecho como si quisiera escapar. Apenas dormí esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Sofía llorando sobre un ataúd, el mío. Recordé las últimas semanas: sus llamadas misteriosas, las salidas repentinas, el brillo extraño en su mirada cuando creía que no la veía. ¿Me estaba ocultando algo?

A la mañana siguiente, el desayuno fue un teatro de sonrisas forzadas. Sofía me miraba como siempre, pero yo ya no podía sostenerle la mirada. —¿Te pasa algo?— preguntó ella, sirviéndome café.

—Nada, solo dormí mal— mentí.

El día se arrastró entre dudas y paranoias. Llamé a mi amigo Tomás para desahogarme.

—Tío, igual estás exagerando —me dijo—. Pero si quieres, esta noche me paso por tu casa y vemos el fútbol juntos. Así te distraes.

Acepté, aunque la inquietud seguía royéndome por dentro. Al volver a casa, encontré a Sofía hablando por teléfono en voz baja. Cuando me vio, colgó rápido y sonrió nerviosa.

—Era Lucía, quiere que la ayude con una cosa del trabajo —dijo.

No le creí. Me sentí un extraño en mi propia casa.

Esa noche, mientras Tomás y yo veíamos el partido en el salón, Sofía entró con una bandeja de tortilla y croquetas. —¿Os apetece algo más?— preguntó con su sonrisa habitual.

—No, gracias —respondí seco.

Tomás me miró de reojo y luego a Sofía. Ella se fue al dormitorio y cerró la puerta. Mi amigo bajó la voz:

—Álvaro, igual deberías hablar con ella. No puedes seguir así.

Asentí, pero el miedo me tenía paralizado. Cuando Tomás se fue, me quedé solo en el salón, mirando las luces de la calle reflejadas en los cristales. De repente escuché un ruido en el dormitorio. Me acerqué despacio y abrí la puerta sin hacer ruido.

Sofía estaba sentada en la cama, rodeada de papeles y fotos nuestras: del viaje a Granada, de nuestra boda en Segovia, del día que adoptamos a nuestro perro Lucas. Lloraba en silencio mientras leía en voz alta:

—Álvaro fue el amor de mi vida…—

No aguanté más.

—¿Qué estás haciendo?— pregunté con voz rota.

Sofía dio un respingo y se secó las lágrimas rápidamente.

—¡Álvaro! No quería que lo vieras…

Me acerqué temblando.

—¿Por qué hablas como si estuviera muerto? ¿Qué está pasando?

Ella me miró sorprendida y luego rompió a reír entre lágrimas.

—¡Ay, Dios! No… No es lo que piensas…

Se levantó y me abrazó fuerte.

—Estoy ensayando un discurso para el aniversario de bodas de mis padres. Mamá me pidió que escribiera algo bonito sobre papá porque está enfermo y… bueno, quería practicarlo contigo cerca porque eres lo más parecido al amor que ellos han tenido…

Me quedé helado. Sentí cómo el peso del miedo se deshacía en mi pecho y era reemplazado por una oleada de vergüenza y alivio.

—¿Entonces no…?

—No, tonto —me interrumpió sonriendo entre lágrimas—. ¿Cómo iba a querer perderte? Eres mi vida.

Nos abrazamos largo rato. Le pedí perdón por mis sospechas y le conté todo lo que había pasado por mi cabeza desde aquella noche.

Sofía me miró con ternura y me acarició la cara.

—A veces el miedo nos hace ver fantasmas donde solo hay amor —susurró.

Esa noche dormimos abrazados como hacía tiempo no hacíamos. Al día siguiente acompañé a Sofía al hospital para ver a su padre. Vi cómo le leía el discurso con la misma emoción con la que lo había ensayado para mí. Su madre lloraba en silencio mientras le cogía la mano.

De camino a casa, Sofía me apretó la mano fuerte.

—Gracias por estar aquí —me dijo—. No sé qué haría sin ti.

Ahora entiendo que el amor verdadero no es solo alegría y momentos felices; también es miedo, dudas y la capacidad de perdonar nuestras propias inseguridades. A veces basta una conversación sincera para disipar las sombras que nosotros mismos creamos.

¿Alguna vez habéis sentido miedo de perder a alguien por malentendidos o inseguridades? ¿Hasta dónde puede llegar nuestra imaginación cuando dejamos que el miedo tome el control?