Vendida por deudas: Mi vida no era mía, pero me atreví a recuperarla

—No podemos seguir así, Rosario. Nos van a quitar la casa —susurró mi padre, con la voz quebrada, mientras creía que yo dormía en la habitación contigua.

Pero yo no dormía. Me aferraba a la manta, temblando, escuchando cada palabra como si fueran cuchillos. Mi madre sollozaba bajito, y entre sus lágrimas, pronunció mi nombre: —¿Y si hablamos con Don Manuel? Él siempre ha dicho que le gustaría tener a una muchacha joven en casa…

Tenía diecisiete años y nunca me había sentido tan invisible. En mi pueblo de Castilla-La Mancha, la pobreza era un secreto a voces, pero nadie hablaba de lo que realmente costaba sobrevivir. Mi padre debía dinero por la cosecha perdida y las facturas del médico de mi hermano pequeño, y Don Manuel, el terrateniente del pueblo, era la única esperanza.

A la mañana siguiente, fingí no saber nada. Mi madre me miró con ojos rojos y evitó mi abrazo. El silencio en casa era tan denso que apenas podía respirar. Días después, Don Manuel vino a cenar. Me observó como quien evalúa una res, y mi padre no levantó la mirada del plato. Cuando Don Manuel propuso el trato —mi mano a cambio de saldar las deudas— nadie protestó. Ni siquiera yo. ¿Cómo hacerlo, si toda mi vida me habían enseñado que las hijas deben sacrificarse por la familia?

La boda fue sencilla y triste. Nadie bailó. Mi mejor amiga, Carmen, me abrazó fuerte antes de entrar en la iglesia: —Si necesitas huir, yo te ayudo —me susurró al oído. Pero yo solo asentí, incapaz de imaginar otro destino.

La noche de bodas fue peor de lo que temía. Don Manuel cerró la puerta con llave y se sirvió un brandy. —Ahora eres mía —dijo, con una sonrisa fría—. No intentes nada estúpido.

Me senté en la cama, temblando. Pensé en mis padres, en mi hermano pequeño, en todo lo que había perdido. Pero también pensé en Carmen y en las historias que me contaba sobre mujeres valientes que escapaban de su destino.

Esa noche no dormí. Cuando Don Manuel se quedó dormido, borracho, me acerqué a la ventana y sentí el aire frío en la cara. Por primera vez en mi vida, deseé desaparecer.

Los días siguientes fueron una rutina de silencios y órdenes. Tenía que limpiar la casa, servirle la comida y sonreír cuando venían visitas. Don Manuel me prohibió salir sola: —No quiero que hablen de ti en el pueblo —decía—. Eres mi esposa, compórtate como tal.

Pero yo no era su esposa. Era su prisionera.

Una tarde, mientras barría el patio, vi a Carmen al otro lado de la tapia. Me lanzó una nota doblada:

«Esta noche, cuando él duerma, sal por la puerta trasera. Te esperaré con mi primo Luis.»

Mi corazón latía tan fuerte que temí que Don Manuel lo oyera desde el salón. Esa noche fingí estar enferma para evitar su cama. Cuando los ronquidos llenaron la casa, recogí mis cosas en una bolsa pequeña y salí descalza al patio.

Carmen y Luis me esperaban junto al coche encendido. —Rápido —susurró Luis—. No tenemos mucho tiempo.

Mientras el coche avanzaba por los caminos polvorientos hacia Ciudad Real, sentí miedo y alivio a partes iguales. ¿Qué sería de mí? ¿Qué diría el pueblo? ¿Sobreviviría lejos de mi familia?

En casa de Carmen encontré refugio durante semanas. Su madre me abrazó como a una hija y me ayudó a buscar trabajo limpiando casas. Cada día temía que Don Manuel viniera a buscarme o que mis padres aparecieran suplicando que regresara.

Un día recibí una carta de mi madre:

«Hija mía,
No sé si algún día podrás perdonarnos. Lo hicimos por desesperación, pero no puedo dormir pensando en lo que te hemos hecho. Si algún día quieres volver, aquí tienes tu casa.»

Lloré durante horas. Quise odiarlos, pero solo sentí tristeza por todos nosotros: por mi padre derrotado, por mi madre rota y por mí misma, obligada a ser valiente cuando solo quería ser una chica normal.

Con el tiempo encontré un trabajo estable en una panadería y alquilé un pequeño piso compartido con otras chicas jóvenes que también huían de historias parecidas. En las noches de insomnio pensaba en todas las mujeres del pueblo atrapadas por el miedo y el qué dirán.

A veces me pregunto si algún día podré perdonar del todo a mis padres o si podré volver a mirarles a los ojos sin recordar aquella noche fatídica.

¿Hasta dónde puede llegar una familia por desesperación? ¿Y hasta dónde puede llegar una hija por recuperar su libertad? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?