El Refugio de la Señora Carmen: Secretos Bajo la Lluvia

—¡Por el amor de Dios, señora, ábrame! ¡Me persiguen!— gritó una voz ronca, ahogada por el estruendo de la lluvia y el retumbar de los truenos.

Carmen, con el corazón en un puño, se asomó por la ventana. La calle de su barrio en Triana era un río marrón y furioso. El Guadalquivir se había desbordado esa primavera de 1863 y Sevilla entera parecía a punto de ser tragada por el agua. Carmen, viuda desde hacía dos años, vivía sola en la casa que había heredado de su difunto marido. La soledad era su única compañía, junto con el miedo constante a los rumores de saqueos y desgracias que corrían por la ciudad.

Bajó corriendo las escaleras, descalza, con el camisón pegado al cuerpo. Abrió la puerta y vio a un hombre empapado, con la ropa hecha jirones y la mirada desesperada. Era moreno, de unos treinta años, y llevaba las manos temblorosas.

—Por favor, señora, no tengo a dónde ir. Si me encuentra la Guardia Civil…

Carmen dudó un instante. Sabía que en esos días oscuros, la gente desconfiaba de los forasteros, de los jornaleros sin papeles, de los que venían huyendo de las fincas inundadas. Pero también sabía lo que era perderlo todo en un instante. Recordó el día en que su marido murió, y cómo nadie le tendió una mano.

—Entra, rápido. No hagas ruido— susurró, cerrando la puerta tras él.

El hombre se desplomó en una silla de anea junto al brasero. Carmen le ofreció una manta y un poco de pan duro. Él devoró el pan como si llevara días sin comer.

—¿Cómo te llamas?— preguntó ella, intentando sonar firme.

—Me llamo Mateo. Trabajaba en una finca cerca de Coria… pero todo se ha ido al garete con la riada. Los amos han huido y nos han dejado a nuestra suerte. Yo… yo no he hecho nada malo, señora, se lo juro.

Carmen sintió una punzada de compasión. En Sevilla, la vida de los jornaleros era dura y nadie se preocupaba por ellos cuando llegaba la desgracia. Pero también sabía que la desesperación podía volver peligroso a cualquiera.

Pasaron las horas entre el silencio y el rugido del agua golpeando las paredes. Carmen no podía dormir. Escuchaba los pasos de Mateo en el pasillo, sentía su presencia como una sombra inquieta. A medianoche, oyó un ruido en la cocina. Bajó con una vela temblorosa y encontró a Mateo rebuscando en los cajones.

—¿Qué haces?— exclamó ella, con la voz rota entre el miedo y la rabia.

Mateo se giró, con los ojos desorbitados.—No quería hacerle daño, señora… pero tengo que sobrevivir. No tengo nada. Ni familia, ni casa…

—¡Eso no te da derecho a robarme!— gritó Carmen, sintiendo cómo la rabia le subía por la garganta.

Mateo se acercó a ella, suplicante.—Por favor… sólo un poco de dinero para huir. Si me quedo aquí me matan o me llevan preso. Usted no sabe lo que es vivir con miedo cada día…

Carmen retrocedió hasta chocar con la pared.—¿Y crees que yo no tengo miedo? ¿Crees que mi vida es fácil por tener esta casa? ¡No sabes nada de mí!

El silencio se hizo espeso entre los dos. Fuera, el agua seguía subiendo. Carmen pensó en su hijo pequeño, muerto de fiebre años atrás; pensó en las noches en vela esperando a su marido que nunca volvió; pensó en todas las veces que había sentido el frío del abandono.

—Toma— dijo al fin, sacando unas monedas del cajón.—Vete antes de que amanezca. No quiero verte más aquí.

Mateo la miró con lágrimas en los ojos.—Gracias… gracias, señora Carmen. Nunca olvidaré esto.

Cuando el sol asomó entre las nubes grises, Mateo ya no estaba. Carmen cerró la puerta y se apoyó contra ella, temblando de rabia y alivio. Había hecho lo correcto… ¿o quizá había sido una insensata?

Esa noche Sevilla olía a barro y a miedo. Carmen supo que nunca volvería a abrir su puerta a un desconocido, pero también entendió que la compasión era un lujo peligroso en tiempos difíciles.

A veces me pregunto: ¿merece la pena arriesgarlo todo por ayudar a otro? ¿O es mejor cerrar el corazón y sobrevivir sola?