Cuando el hilo se rompe: Mi familia al borde del abismo sin apoyo
—¿Y ahora qué vamos a hacer, papá? —le pregunté con la voz rota, mientras él miraba el móvil con los nudillos blancos de tanto apretar.
Era un martes cualquiera en nuestro piso de Vallecas, pero esa tarde todo cambió. Mi madre, Pilar, llevaba tres años trabajando en Alemania como cuidadora. Cada mes, como un reloj, llegaba su transferencia y con eso tirábamos: la hipoteca, la compra, mis clases de inglés… Pero esa tarde, su voz temblorosa al otro lado del teléfono nos dejó helados.
—No puedo enviar más dinero. Me han despedido. Lo siento, hija. Lo siento mucho…
Recuerdo el silencio que siguió. Mi padre, Antonio, siempre tan orgulloso, se levantó de golpe y salió al balcón a fumar. Yo me quedé sentada en la mesa de la cocina, mirando la taza de café frío y sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.
Al principio pensé que podríamos arreglárnoslas. Papá tenía un trabajo en una carpintería, aunque era temporal y mal pagado. Pero pronto empezaron los problemas: las facturas se acumulaban, la nevera estaba cada vez más vacía y las discusiones se volvieron rutina.
—¿Por qué no buscas otro trabajo? —le solté una noche, harta de verle tirado en el sofá viendo la tele.
Me miró con una rabia que nunca le había visto.
—¿Te crees que no lo intento? ¡No hay nada! ¡Nada! —gritó golpeando la mesa.
Yo tenía 17 años y sentía que me ahogaba. Mis amigas hablaban de irse de viaje a la playa ese verano; yo solo pensaba en cómo íbamos a pagar el alquiler. Empecé a faltar a clase para cuidar a mi hermano pequeño, Lucas, porque papá salía cada vez más y volvía tarde, oliendo a vino barato.
Una noche le oí llorar en la cocina. Me asomé y le vi con la cabeza entre las manos, murmurando:
—¿Por qué me has dejado sola con esto, Pilar? ¿Por qué?
Me partió el alma. Pero también me llenó de rabia. ¿Por qué todo tenía que recaer sobre nosotras? ¿Por qué mi madre tenía que irse tan lejos para que pudiéramos comer?
Las cosas empeoraron cuando nos cortaron la luz. Recuerdo a Lucas preguntando si era un juego, si íbamos a hacer una acampada en el salón. Yo le abracé fuerte y le mentí: “Claro que sí, campeón”.
Un día, al volver del instituto, encontré a papá discutiendo con la casera en el portal.
—Antonio, si no pagas este mes os vais a la calle —le gritaba ella.
Él solo bajaba la cabeza. Yo sentí una mezcla de vergüenza y miedo. ¿De verdad íbamos a acabar en la calle?
Empecé a buscar trabajo en bares y tiendas del barrio. Nadie quería contratar a una menor sin experiencia. Una tarde, mientras pegaba carteles de “Se ofrece chica para cuidar niños”, me encontré con Marta, mi mejor amiga.
—¿Por qué no me habías contado nada? —me preguntó al ver mi cara.
No supe qué decirle. Me daba vergüenza admitir que necesitaba ayuda. En España parece que pedir ayuda es un fracaso, como si tuviéramos que poder con todo solos.
Las semanas pasaron y papá se volvió más irascible. Una noche llegó borracho y empezó a gritarle a Lucas porque había derramado leche en el suelo. Me interpuse entre ellos y le grité:
—¡Déjale en paz! ¡No es culpa suya!
Él me empujó sin querer y caí al suelo. Se quedó paralizado, mirándome con horror.
—Lo siento… hija… yo…
Me levanté y me llevé a Lucas a mi cuarto. Esa noche decidí que no podía seguir así.
Llamé a mi madre llorando.
—Mamá, tienes que volver. Papá no puede solo… Yo tampoco puedo más.
Ella lloró conmigo al teléfono. Me prometió que intentaría volver cuanto antes.
Mientras tanto, Marta habló con su madre y me consiguieron unas horas limpiando en su casa los fines de semana. No era mucho, pero al menos podía comprar algo de comida para Lucas.
Un día, papá entró en mi cuarto y se sentó en la cama. Tenía los ojos rojos y las manos temblorosas.
—Perdóname, hija. No soy el hombre que creías… Me he perdido sin tu madre aquí. Pero voy a intentar cambiar, te lo prometo.
No supe si creerle o no. Pero le abracé fuerte porque era mi padre y porque, en el fondo, todos estábamos rotos por dentro.
Al mes siguiente, mamá volvió a casa. Había conseguido un trabajo en Madrid limpiando oficinas por las noches. Cuando entró por la puerta, Lucas se lanzó a sus brazos y yo rompí a llorar como una niña pequeña.
No fue fácil recomponer los pedazos rotos. Papá empezó terapia en el centro de salud del barrio y poco a poco dejó de beber. Mamá trabajaba mucho pero al menos estábamos juntos otra vez.
A veces pienso en todo lo que pasó y me pregunto: ¿Por qué una familia tiene que romperse para que nos demos cuenta de lo frágil que es todo? ¿Cuántas familias más viven esto en silencio cada día?