Vendida en Madrid: El precio de la esperanza

—No hay otra salida, Lucía. —La voz de mi padre retumbó en la cocina, seca y definitiva, mientras mi madre lloraba en silencio junto al fogón apagado. El olor a café frío y pan duro llenaba el aire, recordándonos la escasez que nos apretaba el estómago y el alma.

—Papá, por favor… —intenté suplicar, pero él me cortó con un gesto brusco. Sus manos, curtidas por años de trabajo en la obra, temblaban sobre la mesa.

—¿Tú crees que esto me hace gracia? ¿Que no me duele? Pero si no aceptamos la propuesta de don Ernesto, mañana mismo nos echan a la calle. ¿Eso quieres para tus hermanos?

La palabra «propuesta» era una mentira piadosa. Todos sabíamos lo que significaba: yo, Lucía, con apenas diecinueve años, debía casarme con un hombre al que apenas conocía, veinte años mayor que yo, solo porque tenía dinero y estaba dispuesto a saldar nuestras deudas a cambio de una esposa joven y obediente.

En el barrio de Vallecas, en aquel Madrid gris de los setenta, las mujeres como yo no teníamos muchas opciones. Mi madre, resignada, me abrazó esa noche y me susurró al oído:

—Hija, a veces la vida nos obliga a tragar sapos. Pero tú eres fuerte. No dejes que nadie apague tu luz.

La boda fue sencilla y fría. Don Ernesto llegó en su Mercedes negro, trajeado y oliendo a colonia cara. Me miró como quien evalúa una inversión. Yo sentí que me arrancaban de raíz, dejando atrás mi infancia, mis sueños de estudiar magisterio, mis paseos por el Retiro con mis amigas.

Las primeras semanas en su enorme piso del barrio Salamanca fueron un choque brutal. Todo era silencio y mármol pulido. Las criadas me miraban con lástima o desdén. Don Ernesto era correcto, pero distante; sus gestos medidos, su voz siempre baja. Yo me sentía invisible, una sombra entre muebles caros.

Pero Madrid es una ciudad viva, incluso para los corazones rotos. Una tarde, mientras paseaba sola por el parque del Oeste para despejarme, vi a un grupo de niños jugando al fútbol. Me acerqué y uno de ellos me sonrió. Sin pensarlo, les pregunté si podía enseñarles una canción infantil que mi madre me había enseñado. Sus risas llenaron el aire y por primera vez en meses sentí algo parecido a la alegría.

Esa noche, don Ernesto me observó mientras cenábamos en silencio.

—Hoy pareces distinta —dijo de repente.

Le conté lo de los niños y vi cómo se le suavizaban los ojos.

—Mi madre era maestra —confesó tras un largo silencio—. Siempre decía que la alegría de los niños es lo único que puede curar el alma.

A partir de ese día, algo cambió entre nosotros. Empezamos a hablar más durante las cenas; él me preguntaba por mi familia y yo le contaba historias del barrio. Descubrí que detrás de su fachada fría había un hombre herido por la soledad y las pérdidas.

Poco a poco, fui encontrando mi lugar en aquella casa extraña. Empecé a dar clases particulares a los hijos de los vecinos ricos; don Ernesto me animó incluso a retomar mis estudios por las noches. Mi familia pudo salir adelante gracias a su ayuda, pero también porque yo aprendí a no resignarme al papel de víctima.

Un día, mientras paseábamos juntos por la Gran Vía iluminada, don Ernesto me tomó la mano con timidez.

—Lucía… ¿crees que algún día podrías quererme? —preguntó con una voz tan vulnerable que sentí un nudo en la garganta.

No supe qué responderle en ese momento. Pero sí supe que ya no era la misma chica asustada que había dejado Vallecas meses atrás.

Hoy, mirando atrás, me pregunto: ¿cuántas veces creemos que estamos condenados solo porque el mundo nos empuja? ¿Y si el verdadero valor está en encontrar luz incluso en las noches más oscuras? ¿Vosotros qué haríais si os encontraseis en mi lugar?