El grito que rompió el silencio en la casa de los García
—¡No llores, Lucas! ¡Eres un inútil! —La voz de Carmen retumbaba en el salón, tan fría como el mármol de la chimenea. Lucas, con sus manitas apretadas sobre las ruedas de su silla, intentaba no mirar a su madrastra. Sentía el corazón encogido, como si cada palabra fuera una piedra más en su pecho.
—Lo siento… —susurró, apenas audible, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Sabía que no debía llorar; Carmen odiaba las lágrimas tanto como odiaba cualquier cosa que le recordara que él era diferente.
—¡Encima te atreves a contestar! —Carmen se inclinó hacia él, su perfume caro mezclándose con el olor a miedo. Lucas deseó desaparecer, fundirse con el tapiz antiguo del suelo.
De repente, la puerta se abrió de golpe. El sonido fue tan fuerte que hasta los cuadros temblaron.
—¡Basta ya! —La voz de Rosario, la empleada doméstica, cortó el aire como un cuchillo. Su delantal estaba manchado de harina y sus mejillas rojas de indignación.
Carmen se giró, furiosa. —¿Tú quién te crees para meterte en lo que no te importa?
—Me importa porque aquí nadie tiene derecho a tratar así a un niño —replicó Rosario, plantándose firme como un roble. Su acento andaluz se hizo más fuerte con la rabia.
En ese instante, la puerta principal se cerró con un golpe seco. Don Ernesto, el padre de Lucas y dueño de la casa, acababa de llegar del despacho. Su abrigo caro aún colgaba de un hombro cuando entró en el salón y vio la escena congelada ante él: su hijo temblando, Carmen con los ojos desorbitados y Rosario desafiante.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Ernesto, su voz grave llenando la estancia.
Rosario no dudó. —Señor, no puedo quedarme callada mientras esta señora humilla a Lucas. No es justo.
Carmen soltó una carcajada amarga. —¡Por favor! Solo le estaba enseñando disciplina. Este niño necesita mano dura.
Ernesto miró a su hijo. Por primera vez en mucho tiempo, vio el miedo en sus ojos grandes y oscuros. Se le hizo un nudo en la garganta; recordaba cuando Lucas reía sin miedo antes del accidente, cuando aún corría por el jardín tras los gatos.
—Carmen, creo que deberías irte a tu habitación —dijo finalmente Ernesto, con una calma peligrosa.
—¿Me estás echando? —Carmen no podía creerlo.
—Ahora mismo —sentenció él.
Carmen salió dando un portazo, dejando tras de sí un silencio denso. Rosario se acercó a Lucas y le acarició el pelo con ternura.
—No pasa nada, mi niño. Aquí estoy yo —le susurró.
Lucas rompió a llorar, esta vez sin miedo. Ernesto se arrodilló junto a él y le tomó la mano.
—Perdóname, hijo. No me di cuenta de lo que pasaba…
Rosario lo miró con severidad. —A veces hace falta abrir los ojos y escuchar más allá del dinero y las apariencias, don Ernesto.
El reloj antiguo marcó las siete y media. Afuera, Madrid seguía su ritmo frenético, pero dentro de esa casa algo había cambiado para siempre.
Esa noche, Ernesto cenó con Lucas y Rosario en la cocina por primera vez desde que era niño. Hablaron de fútbol, de los deberes del cole y hasta de las fiestas de San Isidro. El aire olía a tortilla recién hecha y esperanza.
Antes de dormir, Lucas miró por la ventana y pensó: “¿Por qué nos cuesta tanto ver lo que pasa delante de nuestras narices? ¿Cuántos niños como yo esperan que alguien grite ‘¡Basta!’ por ellos?”