La sombra de otra mujer: Mi vida tras la traición de Luis

—¿Por qué llegas tan tarde otra vez, Luis? —mi voz tembló, aunque intenté sonar firme. Él ni siquiera me miró a los ojos mientras dejaba las llaves sobre la mesa del recibidor.

—Trabajo, Lucía. Ya te lo he dicho mil veces —contestó, con ese tono cansado que últimamente se había vuelto habitual.

Pero yo ya no podía creerle. No después de lo que me había contado Carmen, la vecina del tercero, mientras bajábamos juntas por la escalera:

—Lucía, no quiero meterme donde no me llaman, pero… he visto a tu marido entrar con una mujer cuando tú no estabas. No era la primera vez.

Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. Carmen me miraba con compasión, pero yo solo podía pensar en los últimos meses: las noches en vela, los mensajes que Luis contestaba a escondidas, el perfume extraño en su camisa. Todo cobraba sentido y, a la vez, nada tenía sentido.

Esa noche, mientras él dormía a mi lado como si nada, yo lloré en silencio. Recordé nuestros veranos en la playa de Cádiz, las risas con nuestros hijos, las promesas de amor eterno. ¿En qué momento se rompió todo? ¿Cuándo dejó de mirarme como antes?

Al día siguiente, mientras preparaba el desayuno para nuestros hijos, Marta y Sergio, sentí una punzada de rabia. ¿Cómo podía seguir fingiendo normalidad? ¿Cómo podía mirarles a los ojos sabiendo que su padre quizá ya no nos quería?

—Mamá, ¿por qué estás triste? —preguntó Marta, con esa inocencia que solo tienen los niños de ocho años.

—No pasa nada, cariño. Solo estoy cansada —mentí, tragándome las lágrimas.

Luis se fue temprano al trabajo sin despedirse. Yo me quedé sola en la cocina, mirando el reloj y preguntándome si debía enfrentarlo o seguir callando. Llamé a mi hermana Pilar. Ella siempre había sido mi refugio.

—¿Y si todo es un malentendido? —me preguntó Pilar al escuchar mi historia.

—No lo creo. Todo encaja… y Carmen no mentiría sobre algo así.

—Tienes que hablar con él. No puedes vivir así, Lucía.

Sabía que tenía razón. Pero el miedo me paralizaba: miedo a perderlo todo, miedo a quedarme sola con dos niños pequeños en un piso hipotecado en Vallecas, miedo al qué dirán los vecinos y la familia.

Esa tarde esperé a Luis sentada en el sofá, con el corazón en un puño. Cuando entró por la puerta, le miré fijamente.

—Tenemos que hablar —dije sin rodeos.

Él suspiró y se sentó frente a mí. Por primera vez en mucho tiempo, vi en sus ojos algo parecido al remordimiento.

—¿Es verdad lo que dicen los vecinos? ¿Hay otra mujer?

Luis bajó la mirada. El silencio fue tan denso que sentí que me ahogaba.

—Lucía… no sé cómo ha pasado. No quería hacerte daño —susurró.

Sentí una mezcla de rabia y alivio. Al menos ya no tenía que dudar más. Pero el dolor era insoportable.

—¿Quién es? —pregunté con voz rota.

—Se llama Elena. La conocí en el trabajo… Todo empezó como una amistad. Yo… me sentía solo aquí, contigo siempre ocupada con los niños y la casa…

Sus palabras me atravesaron como cuchillos. ¿Era yo la culpable? ¿Había descuidado nuestro matrimonio sin darme cuenta?

—¿La quieres? —pregunté casi sin voz.

Luis no respondió. Su silencio fue peor que cualquier confesión.

Esa noche dormí en el sofá. No podía soportar su presencia en nuestra cama. Al día siguiente, llamé al colegio para avisar que los niños llegarían tarde y fui a ver a mi madre en Chamberí. Ella me abrazó fuerte y lloramos juntas.

—Hija, nadie merece vivir con esa angustia. Piensa en ti y en tus hijos —me dijo.

Pero yo solo podía pensar en todo lo que perderíamos: las cenas familiares, las Navidades juntos, los domingos de fútbol en el parque… ¿Cómo se explica a dos niños que su padre ya no va a vivir con ellos?

Pasaron los días y Luis intentó acercarse varias veces:

—Podemos ir a terapia de pareja… Lo siento de verdad, Lucía.

Pero yo ya no podía confiar en él. Cada vez que le miraba veía la sombra de Elena entre nosotros.

Una tarde, mientras recogía los juguetes del salón, Marta se acercó y me abrazó fuerte:

—Mamá, no llores más. Yo te quiero mucho.

Me derrumbé por completo. ¿Qué ejemplo les estaba dando? ¿Merecía la pena seguir luchando por un matrimonio roto solo por miedo al cambio?

Finalmente tomé una decisión. Una mañana de domingo, senté a Luis frente a mí y le miré a los ojos por última vez como su esposa:

—No puedo perdonarte ahora. Necesito tiempo para sanar… Quiero que te vayas de casa.

Luis asintió sin protestar. Recogió algunas cosas y se marchó en silencio. Cuando cerró la puerta detrás de él, sentí una mezcla de alivio y tristeza infinita.

Ahora duermo sola cada noche y mis hijos preguntan por su padre más de lo que quisiera admitir. Pero poco a poco empiezo a recuperar mi vida: salgo a pasear con Pilar por el Retiro, vuelvo a leer novelas antes de dormir y hasta he retomado mis clases de pintura.

A veces me pregunto si hice lo correcto o si debí luchar más por nuestra familia. Pero cuando veo a Marta y Sergio reírse juntos en el parque, sé que al menos les estoy enseñando a no conformarse con menos de lo que merecen.

¿De verdad es posible reconstruir la confianza después de una traición así? ¿Vosotros habríais perdonado o también habríais elegido empezar de nuevo?