Entre la duda y el amor: Cuando mi suegra sembró la desconfianza en mi familia

—¿Estás segura de que es mía, Carmen? —La voz de Alejandro temblaba, sus ojos evitaban los míos mientras sostenía a nuestra hija en brazos. El hospital olía a desinfectante y a miedo. Yo, aún débil tras el parto, sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies.

No entendía nada. Apenas unas horas antes, había dado a luz a Lucía, nuestra primera hija, y ahora mi marido me miraba como si fuera una extraña. Mi suegra, Doña Pilar, estaba sentada en una esquina de la habitación, con los labios apretados y la mirada fija en la cuna.

—Alejandro, ¿qué estás diciendo? —pregunté, la voz rota.

Él no respondió. Fue Doña Pilar quien habló, con ese tono frío que siempre reservaba para mí:

—Hijo, no te ciegues por el amor. La niña… no se parece a ti. Ni a nadie de nuestra familia.

Sentí una punzada en el pecho. Lucía tenía el pelo oscuro y los ojos grandes, como los míos. Pero en ese momento, cualquier diferencia se convertía en un abismo. Alejandro dejó a la niña en la cuna y salió de la habitación sin decir palabra.

Me quedé sola con Doña Pilar. Ella se acercó y susurró:

—No te lo va a perdonar nunca.

Las siguientes semanas fueron un infierno. Alejandro apenas me hablaba. Dormía en el sofá y evitaba mirarme a los ojos. Mi madre, Rosario, venía todos los días a ayudarme con Lucía y me abrazaba fuerte cuando lloraba en silencio.

—No les hagas caso, hija —me decía—. Tú sabes quién es el padre de tu niña.

Pero las palabras de Doña Pilar se habían instalado como veneno en nuestra casa. En el barrio, los rumores empezaron a correr. En el mercado, las vecinas me miraban de reojo y cuchicheaban a mis espaldas. Hasta mi hermana menor, Laura, me preguntó un día:

—¿De verdad estás segura?

Me sentí sola como nunca antes. Recordaba cada momento con Alejandro: nuestros paseos por el Retiro, las noches de verano en la terraza de nuestro piso en Vallecas, las promesas susurradas bajo las sábanas. ¿Cómo podía dudar de mí?

Una tarde, mientras cambiaba a Lucía, escuché a Alejandro hablando por teléfono en el pasillo:

—Mamá, no sé qué hacer… No puedo mirarla igual… Sí, lo he pensado… ¿Una prueba? No sé si Carmen lo aceptaría…

Me temblaron las manos. ¿Una prueba de paternidad? ¿Hasta ese punto habíamos llegado?

Esa noche, cuando Alejandro volvió del trabajo, le esperé sentada en la mesa del comedor.

—¿Quieres hacerte una prueba de paternidad? —le pregunté directamente.

Él se quedó helado.

—Carmen… yo… no sé qué pensar. Mi madre insiste… Y tú… últimamente has estado tan distante…

Me reí amargamente.

—¿Distante? ¡Me has dejado sola! ¡Has dejado que tu madre me humille delante de todos!

Alejandro bajó la cabeza. Por primera vez vi lágrimas en sus ojos.

—No sé qué hacer —susurró—. Tengo miedo de perderte… pero también tengo miedo de que sea verdad.

Le miré largo rato. Le tendí la mano.

—Haz la prueba. Pero si sale como yo sé que saldrá… tendrás que elegir entre tu madre y tu familia.

El silencio fue absoluto.

Los días hasta recibir los resultados fueron una tortura. Doña Pilar venía cada tarde con excusas para ver a Lucía y siempre encontraba alguna forma de herirme:

—Las niñas suelen parecerse al padre… pero bueno, cada caso es un mundo…

Mi madre intentaba protegerme, pero yo estaba rota por dentro. Me sentía juzgada por todos: por mi marido, por mi suegra, por las vecinas del barrio y hasta por mi propia sangre.

Cuando llegó el sobre con los resultados, Alejandro lo abrió con manos temblorosas. Yo tenía a Lucía en brazos; ella dormía tranquila ajena al huracán que nos envolvía.

Alejandro leyó en silencio y luego se derrumbó en lágrimas.

—Es mía… Es nuestra hija…

No supe si abrazarle o gritarle. Sentí rabia, alivio y tristeza al mismo tiempo. Doña Pilar no dijo nada durante días; después vino a casa con una caja de pastas y un ramo de flores baratas del mercado.

—Perdona si he sido dura contigo —murmuró—. Solo quería proteger a mi hijo.

No respondí. No podía perdonarla tan fácilmente. Había sembrado la duda donde solo había amor.

Con el tiempo, Alejandro volvió a ser el hombre que conocí: atento, cariñoso, protector. Pero algo se había roto entre nosotros. La confianza ya no era ciega; ahora era frágil y costosa.

A veces miro a Lucía dormir y me pregunto si algún día podré olvidar todo lo que pasó. Si podré volver a confiar plenamente en quienes más quiero.

¿Hasta dónde puede llegar el veneno de la duda? ¿Y vosotros… habríais perdonado?