La elección inesperada de Lucía

—Papá, ¿por qué tiene que ser así? —pregunté, apretando los puños mientras mi voz temblaba en el aire cargado de perfume caro y nerviosismo.

Mi padre, don Álvaro, no apartó la vista de la copa de vino que giraba entre sus dedos. La sala estaba llena de mujeres hermosas, todas vestidas como si fueran a una gala en el Palacio Real. Pero yo solo tenía diez años y lo único que quería era volver a sentir el abrazo cálido de mamá. Desde que ella se fue, la casa parecía más fría, más grande y más vacía.

—Lucía, cariño, tienes que entenderlo —dijo mi padre con ese tono seco que usaba cuando no quería discutir—. Necesitas una madre. Y yo… yo necesito una compañera.

Las modelos se miraban entre sí, algunas sonreían con dientes perfectos, otras murmuraban en voz baja. Mi abuela, sentada en un rincón, rezaba en silencio con el rosario entre las manos. El ambiente era tan tenso que hasta los cuadros parecían observarnos.

—¿Y por qué tienen que ser ellas? —insistí—. No las conozco de nada.

Mi padre suspiró y se levantó del sillón de terciopelo rojo. Caminó hacia mí y me acarició el pelo con torpeza.

—Son mujeres buenas, Lucía. Educadas, guapas…

—¿Y eso qué importa? —le interrumpí—. Yo quiero a alguien que me escuche cuando tengo miedo por las noches. Que me ayude con los deberes. Que me abrace cuando echo de menos a mamá.

En ese momento, Carmen entró en la sala con su uniforme azul y una bandeja de pastas recién hechas. Nadie le prestó atención; para todos era invisible. Pero para mí, Carmen era la única persona que me preguntaba cada día cómo estaba y que me dejaba ayudarle a hacer croquetas los domingos.

Las modelos se acercaron a mí, una tras otra, como si estuvieran desfilando en la pasarela de la Mercedes-Benz Fashion Week de Madrid. Me sonreían, me decían lo guapa que era y lo mucho que les gustaría ser mi madre. Pero sus palabras sonaban vacías, como las promesas electorales en época de campaña.

Cuando llegó el momento de elegir, mi padre me miró con expectación. Las modelos se pusieron derechas, algunas incluso se retocaron el pelo o el pintalabios.

—Lucía, cariño —dijo mi padre—. Es tu decisión.

Miré a todas esas mujeres y luego busqué a Carmen con la mirada. Ella estaba recogiendo las tazas vacías al fondo de la sala, intentando pasar desapercibida.

—Yo quiero que Carmen sea mi madre —dije en voz alta.

El silencio fue absoluto. Podía oír el tic-tac del reloj antiguo del salón. Mi abuela dejó caer el rosario al suelo y mi padre se quedó boquiabierto.

—¿Carmen? —repitió él, como si no hubiera entendido bien.

Carmen se giró despacio, con los ojos muy abiertos y las mejillas sonrojadas.

—Pero hija… —empezó mi padre—. Carmen es…

—Es la única que me trata como a una persona —le corté—. No como a un trofeo o una obligación.

Las modelos empezaron a murmurar indignadas. Una de ellas incluso soltó un bufido y se marchó dando un portazo. Mi abuela se levantó despacio y vino hacia mí. Me abrazó fuerte y susurró:

—Tienes más sentido común que todos nosotros juntos, niña.

Mi padre se pasó la mano por la cara, como si intentara despertar de una pesadilla.

—Carmen… ¿tú qué dices? —preguntó al fin.

Carmen dejó la bandeja sobre la mesa y se acercó a mí. Se arrodilló para mirarme a los ojos y me acarició la mejilla con ternura.

—Lucía… yo te quiero mucho, pero no sé si estoy preparada para algo así…

—No tienes que ser perfecta —le dije—. Solo quiero que sigas siendo tú.

Mi padre miró a Carmen durante un largo minuto. Al final asintió lentamente.

—Si Lucía te ha elegido… será por algo —dijo con voz ronca.

Esa noche cenamos juntos los tres en la cocina pequeña, lejos del comedor enorme y frío donde nunca nos sentíamos cómodos. Carmen nos contó historias de su pueblo en Extremadura, de cuando era niña y ayudaba a su madre a hacer migas para toda la familia. Mi padre escuchaba en silencio, como si estuviera descubriendo un mundo nuevo.

Con el tiempo, Carmen no solo fue mi madre del corazón; también enseñó a mi padre lo que era la humildad y el cariño verdadero. La casa volvió a llenarse de risas y olores a comida casera. Y yo aprendí que la familia no siempre es la que uno espera… sino la que uno elige con el corazón.

A veces me pregunto: ¿cuántas veces buscamos fuera lo que ya tenemos cerca? ¿Y tú? ¿A quién elegirías si pudieras escoger tu propia familia?