Mi vecina abusa de mi buena voluntad: ¿Hasta dónde llega mi responsabilidad?
—Marta, ¿puedes quedarte con Daniel esta tarde? Es que tengo que ir al centro de salud y luego pasar por el supermercado. No tardo nada, de verdad.
La voz de Carmen, mi vecina del tercero, resuena en el pasillo mientras yo intento cerrar la puerta de casa con una bolsa de la compra en cada mano. Daniel, su hijo de siete años, ya se cuela en mi salón como si fuera su segunda casa. No es la primera vez. Ni la segunda. Ni la décima. Sus visitas se han convertido en rutina desde que Carmen empezó a trabajar por horas en la cafetería del barrio.
Al principio no me importaba. Me daba pena verla tan sola, luchando por sacar adelante a su hijo tras el divorcio. Yo misma sé lo que es sentirse aislada en Madrid, donde la familia queda lejos y los amigos se dispersan con los años. Pero últimamente siento que mi buena voluntad se ha convertido en una obligación no escrita. Daniel come en mi mesa más veces que en la suya. Y yo, que nunca he tenido hijos, me veo improvisando meriendas, ayudándole con los deberes y calmando sus rabietas.
—Claro, Carmen —respondo, forzando una sonrisa—. Pero intenta no tardar mucho, ¿vale? Hoy tengo cosas que hacer.
Ella asiente, agradecida, pero sé que volverá tarde. Siempre lo hace. Cuando la puerta se cierra tras ella, Daniel ya está pidiendo galletas y encendiendo la tele sin preguntar. Me siento en el sofá y respiro hondo. ¿Por qué me cuesta tanto decir que no?
Mi madre siempre decía que en el barrio hay que ayudarse. Que nunca sabes cuándo vas a necesitar tú una mano. Pero esto ya no es ayuda: es abuso. Lo noto en el cansancio con el que recojo los juguetes del suelo, en la rabia sorda cuando veo cómo Carmen sonríe al recoger a su hijo como si nada pasara.
La semana pasada fue el colmo. Era sábado por la tarde y yo tenía entradas para ir al teatro con Lucía, mi mejor amiga. Carmen apareció a las seis, con Daniel de la mano y cara de apuro.
—Marta, por favor… Me ha surgido un turno extra y no tengo con quién dejarle. Solo serán dos horas.
Me quedé helada. Lucía me miró con esa expresión de «no te atrevas» que solo las amigas de toda la vida saben poner. Dudé unos segundos, pero al final cedí. Lucía se fue sola al teatro y yo pasé la noche viendo dibujos animados y calentando croquetas congeladas para Daniel.
Esa noche lloré de rabia y vergüenza. ¿Por qué no sé poner límites? ¿Por qué me siento tan culpable cuando pienso en decirle que no?
El lunes siguiente, en la cola del supermercado, escuché a dos vecinas hablar de Carmen:
—Siempre deja al niño con Marta —decía una—. Yo no sé cómo aguanta.
Me sentí observada, juzgada y, sobre todo, utilizada.
Hoy he decidido que basta. Cuando Carmen llama a mi puerta a las ocho de la tarde, respiro hondo antes de abrir.
—Marta, ¿puedes quedarte con Daniel? Tengo que salir un momento…
—Carmen —la interrumpo—, necesito hablar contigo un momento.
Ella me mira sorprendida. Daniel se esconde detrás de sus piernas.
—Mira, yo entiendo tu situación y quiero ayudarte, pero últimamente siento que esto se está convirtiendo en algo habitual y me está sobrepasando. Yo también tengo mi vida y mis cosas…
Carmen baja la mirada. Por primera vez parece incómoda.
—Lo siento… No quería molestarte tanto… Es que no tengo a nadie más.
—Lo sé —respondo—, pero necesito que busques otras opciones también. No puedo ser siempre yo.
Hay un silencio tenso. Daniel me mira con ojos grandes y tristes. Me siento cruel, pero también aliviada por haberlo dicho al fin.
Carmen asiente despacio.
—Tienes razón… Buscaré otra solución —murmura antes de marcharse.
Cierro la puerta y me apoyo contra ella, temblando. Siento una mezcla extraña de culpa y liberación. Sé que he hecho lo correcto, pero también sé que mañana me sentiré fatal si veo a Daniel solo en el parque o si Carmen me evita en el portal.
Esa noche llamo a Lucía y le cuento todo entre lágrimas.
—Has hecho bien —me dice—. No puedes cargar con los problemas de todo el mundo.
Pero yo sigo dándole vueltas: ¿Dónde está el límite entre ayudar y dejarse pisar? ¿Por qué nos cuesta tanto decir basta?
¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido que vuestra bondad se vuelve en vuestra contra? ¿Cómo ponéis límites sin sentiros culpables?