Cuando el corazón no entiende de sangre: La historia de Olivia y su renacer en Sevilla
—¿Otra vez con lo mismo, Javier? ¿De verdad crees que no lo he intentado todo?— La voz de Olivia temblaba, pero sus ojos, fijos en los de su marido, ardían de rabia y tristeza.
Javier se pasó la mano por el pelo, frustrado, sin atreverse a mirarla directamente. —No es eso, Olivia. Es que… ¿qué sentido tiene seguir si no vamos a tener una familia de verdad?
Las palabras cayeron como un jarro de agua fría. Olivia sintió cómo el aire se le escapaba del pecho. «¿Una familia de verdad? ¿Acaso yo no soy suficiente?», pensó, mordiéndose el labio para no romper a llorar. En ese piso pequeño de Triana, con las paredes llenas de fotos de viajes y risas pasadas, la distancia entre ambos era ya un océano.
No era la primera vez que discutían por lo mismo. Llevaban tres años casados y, tras mil pruebas y visitas a médicos, la noticia había sido clara: Olivia no podría tener hijos. En Sevilla, donde la familia lo es todo y las abuelas preguntan sin pudor «¿y para cuándo el niño?», la presión era asfixiante. Su suegra, doña Carmen, no perdía ocasión para recordarle lo mucho que Javier soñaba con ser padre.
—Mira, Olivia, yo te quiero, pero esto… esto no es vida. No puedo renunciar a ser padre —dijo Javier finalmente, su voz rota pero decidida.
Olivia asintió en silencio. No había nada más que decir. Esa noche, mientras escuchaba el eco lejano de una guitarra flamenca desde la ventana, hizo la maleta y se marchó. Se sentía vacía, como si le hubieran arrancado algo más que un futuro: le habían robado la dignidad.
Los meses siguientes fueron un infierno. Volvió a casa de sus padres en Dos Hermanas, donde su madre intentaba animarla con croquetas y abrazos apretados. Pero Olivia solo quería desaparecer. Las amigas del barrio la miraban con lástima y cuchicheaban a sus espaldas: «Pobrecilla, tan guapa y tan sola».
Pero Sevilla tiene esa magia que cura poco a poco. Un día, paseando por la Plaza de España, Olivia se topó con Lucía, una antigua compañera de instituto que ahora trabajaba en una asociación de acogida para niños sin familia. Lucía la invitó a conocer el centro.
—No tienes que ser madre para dar amor —le dijo Lucía mientras los niños jugaban al fútbol en el patio—. Aquí todos necesitamos un poco de eso.
Al principio Olivia dudó. ¿Qué podía ofrecer ella? Pero pronto se vio envuelta en risas infantiles, meriendas improvisadas y tardes de deberes. Los niños la llamaban «Oli» y competían por sentarse a su lado durante los cuentos.
Fue allí donde conoció a Mateo, un niño moreno de ojos grandes y tristes que apenas hablaba. Olivia se vio reflejada en él: dos almas heridas buscando un lugar al que pertenecer. Poco a poco, Mateo empezó a confiar en ella; le contaba sus sueños y le enseñaba dibujos llenos de colores.
Un día, mientras paseaban por el parque María Luisa, Mateo le preguntó:
—Oli, ¿tú tienes hijos?
Olivia tragó saliva antes de responder:
—No, pero tengo mucho amor para dar. ¿Tú quieres un poco?
Mateo asintió y le apretó la mano con fuerza.
Con el tiempo, Olivia decidió iniciar el proceso de acogida. Fue largo y lleno de papeleo, pero nunca se sintió tan viva. Su familia al principio dudó —»¿Y si te encariñas demasiado?», «Eso no es lo mismo que tener un hijo propio»— pero Olivia ya no buscaba la aprobación de nadie.
Un año después, Mateo se convirtió oficialmente en parte de su vida. Celebraron con una gran merienda en casa: tortilla de patatas, jamón ibérico y risas hasta tarde. Los vecinos trajeron flores y hasta doña Carmen apareció con una caja de pestiños y lágrimas en los ojos.
La noticia llegó a oídos de Javier, quien había rehecho su vida con otra mujer y esperaba un bebé. Un día coincidieron en la Feria de Abril; él la miró sorprendido al ver a Olivia bailando sevillanas con Mateo.
—Nunca imaginé verte así —le dijo Javier—. Pareces feliz.
Olivia sonrió con serenidad:
—Lo soy. Aprendí que la familia no siempre viene como uno espera… pero cuando llega, lo sabes.
Esa noche, mientras arropaba a Mateo y escuchaba el bullicio lejano de la feria, Olivia pensó: «¿Cuántas veces dejamos que otros decidan nuestro valor? ¿Y si el verdadero milagro es aprender a querernos tal como somos?»