El dinero de mi casa ya no es mío: La historia de una mujer que perdió el control sobre su vida
—¿Por qué tengo que pedirle a tu padre para comprarle unas zapatillas nuevas a Lucía? —le pregunté a Miguel, con la voz temblorosa, mientras él se quitaba la chaqueta al llegar del trabajo.
Miguel ni siquiera me miró. —Es lo mejor, Carmen. Mi padre sabe administrar el dinero. Así no nos pasamos con los gastos.
Sentí cómo se me encogía el estómago. Otra vez esa sensación de ser una extraña en mi propia casa. Desde hacía meses, desde que Miguel perdió el empleo en la fábrica y empezó a trabajar en la empresa de su padre, todo había cambiado. Ya no era yo quien hacía la compra, ni quien pagaba las facturas, ni siquiera quien decidía si podíamos permitirnos un helado los domingos en la plaza Mayor de Salamanca.
El control del dinero pasó a manos de don Antonio, mi suegro, un hombre de otra época, autoritario y seco. «Aquí se hace lo que yo digo», repetía siempre en las comidas familiares. Y ahora, también en mi casa.
—Mamá, ¿puedo ir al cine con Marta? —me preguntó Lucía esa tarde, con la ilusión de sus once años.
—No lo sé, cariño. Tengo que preguntarle a tu abuelo —le respondí, sintiendo una punzada de vergüenza y rabia.
Lucía bajó la cabeza y se fue a su cuarto. Me quedé sola en la cocina, apretando los puños. ¿En qué momento había dejado de ser dueña de mi vida? ¿Cuándo se había evaporado mi voz?
Recuerdo cuando Miguel y yo nos conocimos en la universidad. Él era divertido, soñador, lleno de planes. Yo trabajaba como administrativa en una gestoría y juntos alquilamos nuestro primer piso en el barrio del Oeste. Éramos un equipo. Pero ahora, cada decisión pasaba por el filtro del patriarca.
Un día, mientras preparaba la cena, escuché a Miguel hablando por teléfono con su padre:
—Sí, papá. Carmen quiere comprarle unas zapatillas a Lucía… Ya sé que no es necesario, pero las suyas están rotas… Vale, lo que tú digas.
Colgó y vino a la cocina. —Dice mi padre que todavía aguantan un poco más.
No pude más. —¡Miguel! ¡Es nuestra hija! ¿De verdad necesitas permiso para comprarle unas zapatillas?
Él suspiró. —No entiendes cómo están las cosas ahora. Mi padre nos está ayudando.
—¿Ayudando? Nos está controlando —le dije, con lágrimas en los ojos.
Esa noche no dormí. Daba vueltas en la cama pensando en mi madre, que siempre me decía: «Nunca permitas que nadie decida por ti». Pero aquí estaba yo, pidiendo permiso hasta para comprar pan.
Las semanas pasaron y la situación empeoró. Don Antonio empezó a venir cada tarde a revisar las cuentas. Se sentaba en el salón con su libreta y su calculadora antigua.
—A ver, Carmen, ¿por qué has gastado tanto en la frutería este mes? —me preguntaba delante de Miguel y Lucía.
—Porque intento que comamos sano… —balbuceaba yo.
—Pues habrá que recortar. Nada de fresas ni kiwis. Con manzanas y plátanos basta —sentenciaba él.
Miguel asentía en silencio. Yo sentía cómo me apagaba por dentro.
Un sábado por la mañana, fui al mercado con mi amiga Pilar. Le conté todo mientras elegíamos tomates.
—Carmen, esto no puede seguir así —me dijo ella—. Tienes que plantarte. No eres una niña.
Pero yo tenía miedo. Miedo a discutir con Miguel, miedo a quedarme sola, miedo al qué dirán en el barrio si me separo.
Una tarde, Lucía llegó llorando del colegio. —Mamá, todos van de excursión menos yo porque no tenemos dinero para pagarla… ¿Por qué el abuelo decide eso?
La abracé fuerte y sentí una rabia inmensa. Esa noche esperé a que Miguel llegara y le dije:
—Esto se acaba hoy. O recuperamos nuestro dinero o me voy con Lucía.
Miguel me miró como si no me reconociera. —¿Qué dices?
—Lo que oyes. No puedo seguir viviendo así. No soy invisible. No soy una niña a la que hay que dar la paga semanal. Soy tu mujer y la madre de tu hija.
Miguel se quedó callado mucho rato. Luego bajó la cabeza.
—No sé si puedo enfrentarme a mi padre…
—Pues tendrás que elegir: tu padre o tu familia —le dije, con voz firme aunque por dentro temblaba.
Esa noche dormí poco pero sentí algo nuevo: dignidad.
Al día siguiente, Miguel habló con su padre delante de mí:
—Papá, Carmen y yo vamos a gestionar nuestro dinero a partir de ahora. Te agradecemos la ayuda pero necesitamos nuestra independencia.
Don Antonio bufó y se levantó de la mesa sin decir palabra. Pero yo sentí que volvía a respirar después de meses ahogada.
No fue fácil después: hubo silencios incómodos en las comidas familiares y miradas de reproche en las reuniones del domingo. Pero poco a poco recuperé mi sitio en casa y mi hija volvió a sonreír.
Hoy miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas mujeres viven aún bajo el control de otros? ¿Cuándo aprenderemos a decir basta antes de perdernos del todo?