Cuando el amor duele: El secreto que destrozó mi vida
—¿Por qué llegas tan tarde otra vez, Sergio? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, justo cuando cerraba la puerta del piso de Vallecas. Eran casi las once y media de la noche y yo apenas podía con el alma. Había salido de la panadería a las seis, y después me fui directo al bar donde fregaba platos hasta que cerraban.
—Estoy cansado, mamá. No empieces, por favor —le respondí, intentando no mirarla a los ojos. Sabía que su preocupación era genuina, pero también que no entendería por qué me mataba a trabajar. No era solo por ayudar en casa; era por Lucía, por nuestro futuro juntos.
Lucía y yo llevábamos cinco años saliendo. Nos conocimos en la universidad, aunque yo tuve que dejar los estudios para ayudar a mi familia cuando mi padre enfermó. Ella siempre me decía que algún día podríamos irnos a vivir juntos, lejos del barrio, empezar de cero en otra ciudad. Yo me aferraba a esa ilusión cada vez que el cansancio me vencía.
Una noche de viernes, después de una jornada especialmente dura, decidí sorprenderla. Sabía que tenía una reunión con sus amigas en el centro, así que pasé por su piso para dejarle una nota y unas flores. Cuando llegué, la puerta estaba entreabierta. Dudé un segundo antes de entrar.
—¿Lucía? —llamé en voz baja.
Escuché risas ahogadas desde el salón. Me acerqué despacio y entonces lo vi: Lucía sentada en el sofá, demasiado cerca de un hombre al que nunca había visto. Él le acariciaba la mano y ella no apartaba la mirada de sus ojos.
Sentí cómo el mundo se me venía abajo. Retrocedí sin hacer ruido y salí corriendo escaleras abajo. Esa noche no dormí. Me pasé horas dándole vueltas a lo que había visto, intentando convencerme de que había alguna explicación lógica.
Al día siguiente, Lucía me llamó como si nada hubiera pasado.
—¿Nos vemos esta tarde? Tengo ganas de verte —me dijo con esa voz dulce que siempre me desarmaba.
—Claro —respondí, tragándome las dudas.
Nos encontramos en nuestro parque de siempre. Ella me abrazó fuerte y yo sentí un nudo en el estómago.
—¿Todo bien? —preguntó, notando mi tensión.
—Lucía… ¿Quién era ese chico con el que estabas anoche? —solté al fin.
Su rostro cambió al instante. Bajó la mirada y tardó unos segundos en responder.
—No es lo que piensas, Sergio…
—¿Entonces qué es? Porque lo que vi no parecía una simple amistad.
Lucía suspiró y se sentó en el banco. Yo me senté a su lado, temblando.
—Ese chico… es Álvaro. Es mi exnovio. Hace unos meses volvió a Madrid y… no sabía cómo decírtelo. Hemos estado viéndonos algunas veces, pero solo como amigos —dijo, aunque su voz temblaba.
—¿Me estás mintiendo? —pregunté, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro.
—No… Bueno, sí. Te he mentido. No quería hacerte daño —admitió al fin, con lágrimas en los ojos.
Me levanté de golpe. Sentí que todo el esfuerzo, todas las horas robadas al sueño y a mi familia para construir algo juntos, no habían servido para nada.
—¿Por qué? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me haces esto? —grité sin poder contenerme.
Lucía lloraba en silencio. La gente nos miraba, pero en ese momento me daba igual.
—No sé… Me sentía sola, tú siempre estabas trabajando… Álvaro apareció justo cuando más lo necesitaba —susurró.
Me marché sin mirar atrás. Caminé durante horas por las calles de Madrid, perdido entre mis pensamientos y mi dolor. Recordé todas las veces que había rechazado salir con mis amigos para ahorrar dinero para nuestro futuro; todas las noches en vela soñando con una vida mejor junto a ella.
Durante semanas intenté seguir adelante. Volví a casa más tarde aún, solo para evitar las preguntas de mi madre y el vacío de mi habitación. Mis amigos intentaron animarme, pero yo solo quería desaparecer.
Un día recibí una carta de Lucía. Decía que lo sentía, que nunca quiso hacerme daño y que ojalá pudiera perdonarla algún día. Decía también que Álvaro se iba a ir de nuevo y que ella no sabía qué hacer con su vida.
Rompí la carta sin leerla entera. No podía soportar más mentiras ni medias verdades.
Pasaron los meses y poco a poco fui recuperando las ganas de vivir. Empecé a salir más con mis amigos del barrio; incluso retomé los estudios por las noches gracias a una beca del ayuntamiento. Mi madre me abrazó un día y me dijo:
—Hijo, la vida sigue. No puedes dejar que una traición te hunda para siempre.
A veces veo a Lucía por el barrio, pero ya no siento rabia ni tristeza. Solo un vacío extraño, como si todo aquello hubiera sido un mal sueño.
Hoy sigo trabajando duro, pero esta vez por mí mismo. He aprendido que nadie merece todo tu sacrificio si no es capaz de ser honesto contigo.
A veces me pregunto: ¿Cuántas veces creemos conocer a alguien y resulta ser solo una ilusión? ¿Cuántos secretos pueden esconderse detrás de una sonrisa?
¿Vosotros habéis sentido alguna vez que vuestra vida se derrumba por una verdad inesperada? ¿Qué haríais si descubrierais que todo por lo que habéis luchado era solo una mentira?