«Tengo un hijo con su marido»: El día en que mi vida se rompió en mil pedazos

—¿Marta? ¿Está usted ahí? Por favor, no cuelgue… —La voz al otro lado del teléfono era suave, casi temblorosa, pero sus palabras me atravesaron como un cuchillo.

Tenía las manos aún mojadas, el agua resbalando entre los dedos, y el corazón golpeando tan fuerte que apenas podía oír nada más. Miré el reloj de la cocina: las 19:12. Mi hija Lucía estaba en su cuarto, haciendo los deberes, y yo acababa de terminar de fregar los platos de la cena. Era un miércoles cualquiera en nuestro piso de Vallecas, hasta ese instante.

—¿Quién es usted? —pregunté, intentando mantener la voz firme.

—Me llamo Elena. No nos conocemos. Pero… tengo un hijo con su marido. Con Sergio.

El silencio se hizo eterno. Sentí que el aire se volvía denso, irrespirable. Pensé que era una broma pesada, una equivocación. Pero la voz de Elena no titubeó.

—No quiero hacerle daño, Marta. Pero no puedo seguir ocultándolo. Sergio… Sergio es el padre de mi hijo. Se llama Daniel. Tiene tres años.

Me apoyé en la encimera, temblando. Recordé todos los viajes de trabajo de Sergio a Barcelona, las noches en las que llegaba tarde, las veces que me decía que estaba agotado y se encerraba en el despacho. ¿Cómo no lo vi antes?

—¿Por qué me llama ahora? —logré preguntar, con un hilo de voz.

—Porque Daniel está enfermo. Necesita una operación y Sergio… Sergio no responde a mis mensajes desde hace semanas. No sé qué hacer. No tengo a nadie más.

Colgué sin decir nada más. Me quedé mirando el móvil como si fuera un objeto extraño, ajeno a mi vida. Sentí rabia, vergüenza, miedo. ¿Qué iba a decirle a Lucía? ¿A mi madre? ¿A mis amigas del trabajo?

Esa noche, cuando Sergio llegó a casa, le esperé sentada en el sofá. No encendí la luz. Él entró silbando, dejó las llaves en la mesa y me miró extrañado.

—¿Qué haces a oscuras? ¿Te encuentras bien?

No respondí. Solo le miré fijamente, buscando en su rostro alguna señal de arrepentimiento, alguna grieta en esa fachada tranquila que siempre mostraba.

—¿Quién es Elena? —pregunté al fin.

Vi cómo se le helaba la sangre. Bajó la mirada y se sentó frente a mí, derrotado.

—Marta… yo…

—¿Tienes un hijo con ella? —le interrumpí.

No hizo falta que respondiera. El silencio lo dijo todo.

Lloré esa noche como nunca antes en mi vida. Lloré por mí, por Lucía, por los años perdidos creyendo en una mentira. Lloré por ese niño al que nunca había visto y que ahora formaba parte de mi historia sin haberlo pedido.

Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre vino a casa al enterarse de lo ocurrido. Me abrazó fuerte y me dijo:

—Hija, nadie está preparado para esto. Pero tienes que ser fuerte por Lucía.

En el trabajo intenté fingir normalidad, pero las miradas de mis compañeras me atravesaban como agujas. En el supermercado sentía que todos sabían lo que había pasado, que todos murmuraban a mis espaldas.

Sergio intentó explicarse mil veces:

—Fue un error, Marta. No significó nada. Yo te quiero a ti…

Pero ya no podía creerle. Cada palabra suya era veneno.

Una tarde, Elena volvió a llamarme. Esta vez su voz sonaba aún más cansada.

—Marta, sé que esto es muy duro para ti. Pero Daniel necesita ayuda. No tiene la culpa de nada…

Me armé de valor y quedé con ella en una cafetería cerca del hospital Gregorio Marañón. Cuando vi a Daniel, tan pequeño y frágil, sentí una punzada en el pecho. Era igual que Lucía cuando tenía su edad: los mismos ojos grandes, la misma sonrisa tímida.

Elena me contó su historia: cómo conoció a Sergio en una feria de turismo en Barcelona, cómo él le prometió cosas que nunca cumplió, cómo decidió tener al niño sola cuando él desapareció tras enterarse del embarazo.

—No quiero nada de ti —me dijo—. Solo quiero que Daniel tenga una oportunidad.

Volví a casa esa noche con el alma hecha trizas. Miré a Lucía dormir y me pregunté cómo protegerla de todo ese dolor.

Las semanas pasaron entre abogados, discusiones y lágrimas. Sergio se fue a vivir con su hermano a Getafe mientras yo intentaba recomponer los pedazos de mi vida.

Un día, Lucía me preguntó:

—Mamá, ¿por qué papá ya no vive aquí?

La abracé fuerte y le dije la verdad: que a veces los adultos cometen errores muy grandes y que lo importante es querernos mucho pase lo que pase.

Hoy sigo luchando por salir adelante. He aprendido a vivir con la herida abierta, pero también he descubierto una fuerza dentro de mí que no sabía que tenía. Daniel sigue siendo parte de nuestra historia; Lucía le conoció hace poco y le dio un dibujo con dos corazones unidos por un hilo rojo.

A veces me pregunto si algún día podré perdonar del todo a Sergio o si podré volver a confiar en alguien. Pero sobre todo me pregunto: ¿cuántas mujeres viven en silencio historias como la mía? ¿Cuántas veces callamos por miedo al qué dirán?

¿Y tú? ¿Qué harías si recibieras una llamada así?