Entre el llanto de mi madre y mi suegra: ¿Tengo derecho a elegirme a mí misma?
—¡Por favor, Lucía, no lo hagas! —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, temblorosa, mientras las lágrimas le surcaban el rostro—. Piensa en lo que dirá la gente, hija. ¡Piensa en tu padre!
Al otro lado del salón, mi suegra, Carmen, se aferraba a mi brazo con una fuerza que no conocía en ella—. Lucía, por favor, no te vayas de casa. Piensa en los niños. Piensa en lo que le harás a Álvaro…
Sentí que el aire se volvía denso, irrespirable. Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa. Ayer volví a estar entre las dos mujeres más importantes de mi vida, ambas llorando por razones opuestas, ambas exigiéndome una decisión que me desgarra.
Todo empezó hace seis meses, cuando descubrí la traición de Álvaro. No fue un mensaje furtivo ni una llamada sospechosa: fue la confesión de una vecina, María Dolores, que vino a mi puerta con la cara desencajada y la voz rota. «Lucía, tienes que saberlo. No puedo seguir callando. Álvaro y Marta… los he visto juntos más de una vez».
Marta era mi amiga desde la infancia. Crecimos juntas en este mismo pueblo manchego donde todos saben todo de todos y el silencio es solo una pausa antes del siguiente rumor. Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies.
Intenté hablar con Álvaro esa noche. Él negó todo al principio, pero cuando le mostré los mensajes que encontré en su móvil, bajó la cabeza y murmuró: «No sé qué decirte». No hubo disculpas, solo silencio y vergüenza.
Desde entonces, mi vida se convirtió en un desfile de consejos no pedidos y miradas inquisitivas. Mi madre venía cada tarde con su rosario en la mano y el mismo discurso: «Lucía, las mujeres tenemos que aguantar. Así ha sido siempre. Por los hijos, por la familia».
Carmen, mi suegra, era distinta. Ella no hablaba de aguantar sino de perdonar: «Todos cometemos errores, hija. Álvaro te quiere. No tires todo por la borda por un desliz».
Pero yo no podía dormir. No podía comer. Cada vez que veía a Marta en la plaza del pueblo, sentía náuseas. Mis amigas me evitaban o me miraban con lástima. En la panadería, las conversaciones bajaban de tono cuando entraba yo.
Una noche, después de acostar a mis hijos —Paula y Sergio— me miré al espejo y apenas me reconocí. Ojeras profundas, el pelo recogido a toda prisa, los labios apretados para no llorar delante de ellos. Me pregunté si esto era todo lo que me esperaba en la vida: sacrificarme por los demás hasta desaparecer.
Ayer fue el peor día. Mi madre llegó temprano, con su abrigo negro y su cara de funeral. Se sentó en la cocina y empezó a llorar antes siquiera de hablar:
—Lucía, si te separas… ¿qué va a decir la familia? ¿Qué va a decir el pueblo? Tu padre no lo soportaría.
No tuve tiempo de responder porque Carmen llegó poco después, con un tupper de croquetas y los ojos hinchados:
—No puedes hacerle esto a Álvaro ni a los niños. Si te vas, ¿dónde vas a ir? Aquí tienes tu casa.
Las dos se pusieron a llorar al mismo tiempo. Yo solo quería gritar.
—¿Y yo? —dije al fin—. ¿Alguien piensa en mí? ¿En cómo me siento yo?
Mi madre me miró como si hubiera dicho una blasfemia.
—Eso es egoísmo, Lucía. Las madres no piensan en sí mismas.
Carmen asintió en silencio.
Me levanté y salí al patio para respirar. El aire olía a tierra mojada y a leña quemada. Cerré los ojos y recordé cuando era niña y soñaba con irme a Madrid, estudiar periodismo y ser libre. Pero me quedé aquí por Álvaro, por mis padres, por miedo al qué dirán.
Esa noche no dormí. Escuché a Paula llorar en sueños y me pregunté si le haría daño separándome de su padre o si le haría más daño quedándome infeliz.
Hoy he decidido escribir esto porque siento que me ahogo. Porque nadie habla de lo difícil que es ser mujer en un pueblo pequeño donde el escándalo es peor que cualquier dolor personal. Donde las madres te enseñan a callar y las suegras te piden perdón por sus hijos pero esperan que tú lo soluciones todo.
No sé qué haré mañana. No sé si tendré fuerzas para irme o si volveré a ceder ante las lágrimas de las dos mujeres que más quiero después de mis hijos.
Solo sé que hoy he pensado por primera vez en mucho tiempo: ¿y si tengo derecho a elegirme a mí misma? ¿Y si no soy egoísta sino valiente?
¿Vosotras qué haríais? ¿De verdad una mujer no puede pensar en sí misma sin ser juzgada?