El destino de Andrés: Un giro inesperado en la Gran Vía
—¡Joder, otra vez llego tarde! —masculló Andrés mientras bajaba corriendo las escaleras del viejo edificio de la calle Embajadores. El ascensor llevaba meses estropeado y, como cada mañana, tenía que sortear a los vecinos que subían con bolsas del mercado o niños medio dormidos. El reloj del móvil marcaba las 6:37 y el café aún le quemaba en el estómago.
Mientras cruzaba la Gran Vía, el cielo madrileño apenas clareaba y la ciudad olía a pan recién hecho y a prisas. Andrés no podía dejar de pensar en la cita que tenía esa mañana en el juzgado. Su madre le había repetido mil veces: “Andrés, hijo, no te metas en líos”, pero la vida no siempre te da a elegir. Un error tonto, una pelea en el bar de siempre, y ahora se jugaba su futuro ante una jueza desconocida.
De repente, un grito lo sacó de sus pensamientos. Una mujer mayor tropezó al bajar del autobús y cayó al suelo, esparciendo papeles y una bolsa de naranjas por toda la acera. Nadie se detenía; la gente pasaba de largo, absorta en sus móviles o en sus propios problemas. Andrés dudó un segundo —iba justo de tiempo— pero algo dentro de él le hizo parar.
—¿Está bien, señora? —preguntó, ayudándola a levantarse.
La mujer tenía el pelo recogido en un moño apretado y los ojos llenos de lágrimas contenidas. —Ay, hijo, qué vergüenza… Menos mal que has pasado tú. Estos papeles son importantes, tengo una cita en el juzgado y no puedo llegar tarde.
Andrés recogió los papeles y las naranjas, y le ofreció su brazo para cruzar la calle. —No se preocupe, yo también voy para allá. Madrid es un pañuelo, ¿eh?
Caminaron juntos unos minutos. La mujer le agradeció varias veces su ayuda y le deseó suerte antes de perderse entre la gente a la entrada del edificio de los juzgados.
Ya en la sala de espera, Andrés repasaba mentalmente lo que iba a decirle a la jueza. Su abogado le había dicho que mostrara arrepentimiento, que fuera humilde. Pero él solo sentía rabia y miedo. Su madre le había preparado un bocadillo envuelto en papel de aluminio y le había metido una estampa de la Virgen del Rocío en el bolsillo “por si acaso”.
Cuando por fin llamaron su nombre, entró con el corazón en un puño. Al sentarse frente al estrado, sintió que el mundo se detenía: la jueza era la misma mujer a la que había ayudado esa mañana.
Ella lo reconoció al instante. Hubo un silencio incómodo; los funcionarios se miraron entre sí. La jueza carraspeó y comenzó a leer el expediente con voz firme, pero sus ojos se suavizaron al cruzarse con los de Andrés.
—Señor Andrés, veo aquí que ha tenido un altercado… ¿Tiene algo que decir antes de que dicte sentencia?
Andrés tragó saliva y habló desde el corazón:
—Señoría… No soy mala persona. Me equivoqué, sí, pero todos tenemos días malos. Solo quiero poder cuidar de mi madre y seguir adelante. No pido compasión, solo una oportunidad para demostrar que puedo hacerlo mejor.
La jueza asintió despacio. Hizo una pausa larga antes de pronunciar su decisión:
—Hoy he visto que todavía queda gente buena en esta ciudad. Le concedo la suspensión de condena con la condición de que realice servicios comunitarios durante seis meses. Espero no volverlo a ver aquí… salvo para saludarme por la calle.
Andrés salió del juzgado con las piernas temblorosas y una mezcla de alivio y vergüenza. Al llegar a casa, su madre lo abrazó llorando y él no pudo evitar pensar en lo caprichoso que es el destino.
Esa noche, mirando por la ventana mientras Madrid se iluminaba poco a poco, Andrés se preguntó: “¿Y si no me hubiera parado a ayudarla? ¿Somos dueños de nuestro destino o solo piezas en un tablero que no controlamos?”
¿Vosotros qué pensáis? ¿El destino existe o lo vamos escribiendo con cada pequeño gesto?