El timbre suena: Mi suegra llorando en la puerta – La amante les ha dejado sin nada
—¡Ángela, por favor, abre! —La voz de mi suegra, Carmen, se quebraba entre sollozos y el estruendo de la lluvia. Corrí al recibidor, el corazón desbocado, y al abrir la puerta la vi: empapada, con el pelo pegado a la cara y los ojos hinchados de tanto llorar. Detrás de ella, la noche de Madrid rugía con truenos y relámpagos, como si el cielo mismo compartiera su dolor.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, temiendo la respuesta. Carmen se desplomó en mis brazos, incapaz de articular palabra. Manuel, mi marido, apareció en el pasillo, pálido como un fantasma.
—Mamá, ¿qué haces aquí a estas horas? —balbuceó, pero Carmen solo pudo mirarle con una mezcla de rabia y desesperación.
—Nos lo ha quitado todo, Manuel. Todo —gimió, y supe que algo terrible había ocurrido. La ayudé a entrar, le quité el abrigo mojado y la senté en el sofá. Manuel se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, evitando mi mirada.
—¿Quién, mamá? ¿De qué hablas? —insistí, aunque una parte de mí ya intuía la respuesta.
Carmen se secó las lágrimas con el dorso de la mano y, con voz rota, lo confesó:
—La mujer esa… la que decías que era solo una amiga. Ha vaciado las cuentas, se ha llevado las joyas, hasta el reloj de tu padre. Me ha dejado en la calle, Manuel. ¡En la calle!
Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. Miré a Manuel, esperando que lo negara, que dijera que todo era un malentendido. Pero él solo bajó la cabeza, incapaz de sostener mi mirada.
—¿De qué está hablando, Manuel? —Mi voz sonó más fría de lo que pretendía. Él tragó saliva, y por un instante vi al hombre con el que había compartido quince años de mi vida, el mismo con el que había llorado cada negativo en los tratamientos de fertilidad, el que me prometió que, pasara lo que pasara, siempre estaríamos juntos.
—Ángela, yo… no sé cómo ha podido pasar esto. Solo quería ayudarla, estaba pasando un mal momento…
—¿Ayudarla? ¿A costa de tu madre? ¿De nuestra familia? —La rabia me quemaba por dentro. Carmen sollozaba en el sofá, encogida como una niña.
—No era mi intención, de verdad. Ella… me engañó. Me hizo creer que me necesitaba, que estaba sola…
—¿Y tú? ¿Tú también estabas solo, Manuel? ¿Eso es lo que te llevó a traicionarnos a todas? —Las palabras salieron de mi boca como cuchillos. Recordé todas las veces que Manuel llegaba tarde, las llamadas que nunca contestaba delante de mí, las discusiones por dinero que siempre acababan en silencio.
Carmen levantó la cabeza, la dignidad asomando entre las lágrimas.
—No quiero ser una carga, Ángela. Si me dejas quedarme esta noche, mañana buscaré dónde ir. No tengo a nadie más.
—No digas tonterías, Carmen. Esta es tu casa —le respondí, aunque sentía que mi propio hogar se había convertido en un campo de batalla.
Manuel intentó acercarse a su madre, pero ella se apartó.
—No quiero verte, Manuel. No después de esto. Tu padre estaría avergonzado.
El silencio se hizo espeso. Solo se oía el tic-tac del reloj y la lluvia golpeando los cristales. Me senté junto a Carmen, le cogí la mano y sentí su temblor. Pensé en mi propia madre, en lo que haría si estuviera en mi lugar. Pensé en los años de sacrificios, en los sueños rotos, en la familia que nunca llegamos a tener.
Esa noche no dormí. Escuché a Manuel llorar en el salón, solo, mientras Carmen y yo compartíamos una manta en la habitación de invitados. Al amanecer, salí a la terraza y vi cómo la ciudad despertaba, indiferente a nuestro dolor. Me pregunté cuántas mujeres estarían pasando por lo mismo, cuántas familias destrozadas por secretos y mentiras.
Por la mañana, Carmen preparó café en silencio. Manuel intentó hablar, pero ella le ignoró. Yo tampoco tenía fuerzas para discutir. Solo quería entender cómo habíamos llegado hasta aquí.
—¿Cuánto tiempo llevabas con ella? —le pregunté finalmente a Manuel, cuando Carmen salió a comprar pan.
—Un año… —susurró, avergonzado—. Pero te juro que no significaba nada. Fue un error tras otro. Cuando quise darme cuenta, ya era tarde.
—¿Y el dinero? ¿Por qué le diste acceso a las cuentas de tu madre?
—Me chantajeó. Amenazó con contártelo todo si no la ayudaba. Yo… tenía miedo de perderlo todo.
—Pues ya lo has perdido, Manuel. Todo —le dije, y sentí que una parte de mí se rompía para siempre.
Carmen volvió con una barra de pan y un periódico. Nos miró a los dos, como si buscara una señal de que todo había sido una pesadilla. Pero la realidad era más cruel que cualquier sueño.
—He llamado a mi hermana en Valencia. Me quedaré con ella un tiempo —anunció, con la voz más firme—. Pero quiero que sepas, Manuel, que no te perdono. No después de lo que has hecho.
Manuel asintió, derrotado. Yo la abracé, sintiendo su fragilidad y su fuerza al mismo tiempo.
Cuando Carmen se marchó, la casa quedó en silencio. Manuel y yo nos miramos, dos extraños compartiendo un pasado que ya no existía. No sé si algún día podré perdonarle. No sé si podré reconstruir mi vida después de esto. Pero sí sé que, pase lo que pase, nunca volveré a ignorar las señales, nunca volveré a callar por miedo a la soledad.
¿De verdad conocemos a las personas con las que compartimos la vida? ¿Cuántos secretos pueden esconderse tras una puerta cerrada? ¿Y vosotros, qué haríais en mi lugar?