Volver a casa después de cuarenta años: el reencuentro con mi primer amor en la vieja escuela

—¿Eres tú, Carmen? —La voz, grave y algo temblorosa, me sacudió como un relámpago en mitad de la siesta. No podía ser. No después de tanto tiempo. Pero ahí estaba él, sentado en el banco de madera frente a la escuela, con el mismo gesto de niño travieso que recordaba, aunque ahora surcado por arrugas y el pelo encanecido. Fernando. El nombre me quemó en la garganta como un secreto mal guardado.

Había vuelto a mi pueblo, a este rincón de Castilla, después de cuarenta años. Decía a todos que era solo una visita, unos días en casa de mi prima Lucía, un paseo nostálgico por las calles que me vieron crecer. Pero la verdad era otra: necesitaba cerrar heridas, entender por qué nunca fui capaz de olvidar aquel último año de instituto, cuando Fernando, el chico de la sonrisa fácil y los ojos de tormenta, me rompió el corazón en mil pedazos.

—No me lo puedo creer —susurré, más para mí que para él. Sentí que el aire se volvía más denso, como si el tiempo se hubiera detenido justo en ese instante, obligándome a enfrentar todo lo que había dejado atrás.

Fernando se levantó despacio, apoyándose en el bastón. Caminó hacia mí con una mezcla de inseguridad y esperanza. —Carmen, ¿de verdad eres tú? Pensé que nunca volverías por aquí.

No supe qué decir. Me temblaban las manos. Recordé el último día de clase, cuando me esperó en este mismo banco y, sin mirarme a los ojos, me dijo que se iba a Madrid, que no podía prometerme nada, que lo nuestro era imposible. Yo tenía diecisiete años y el mundo se me vino abajo. Nunca más supe de él, salvo por rumores: que se casó, que tuvo hijos, que la vida le fue bien… o eso decían.

—He venido a ver a Lucía —logré balbucear—. Y a recordar viejos tiempos.

Fernando sonrió, pero sus ojos se llenaron de una tristeza que reconocí al instante. —¿Y qué tal te ha ido la vida, Carmen?

Me reí, aunque no era una risa alegre. —¿A quién le ha ido bien la vida, Fernando? —respondí, y sentí que la pregunta flotaba entre nosotros como una nube de tormenta.

Nos sentamos en el banco. El colegio seguía igual: las ventanas verdes, el patio lleno de gravilla, el eco de los gritos de los niños en el recreo. Cerré los ojos y volví a ser aquella chica de trenzas y sueños imposibles, la que escribía poemas en los márgenes de los cuadernos y creía que el amor podía con todo.

—¿Te acuerdas de la profesora Mercedes? —pregunté, buscando refugio en los recuerdos compartidos.

Fernando asintió. —Cómo olvidarla. Siempre decía que tú llegarías lejos, que eras demasiado lista para quedarte aquí.

—Y tú, ¿por qué te fuiste? —La pregunta salió sola, sin filtros. Llevaba cuarenta años esperando una respuesta.

Fernando bajó la mirada. —Mi padre me obligó. Quería que estudiara Derecho en Madrid, que fuera alguien. No podía quedarme… y tampoco podía pedirte que me esperaras. No era justo para ti.

Sentí una punzada de rabia. —No era justo para ninguno de los dos. Yo te habría esperado, Fernando. Pero tú ni siquiera lo intentaste.

El silencio se hizo espeso. Un grupo de niños pasó corriendo, ajenos a nuestro drama. Me pregunté si alguna vez sabrían lo que es perder a alguien antes de tiempo, si entenderían que hay heridas que nunca cierran del todo.

—¿Y tú? —preguntó él, casi en un susurro—. ¿Fuiste feliz?

Pensé en mi vida en Barcelona, en el matrimonio que nunca funcionó, en los hijos que crecieron demasiado deprisa, en las noches de insomnio preguntándome qué habría pasado si…

—Hice lo que pude —dije al fin—. Pero siempre tuve la sensación de que me faltaba algo. O alguien.

Fernando me miró con una mezcla de ternura y remordimiento. —Yo también. Nunca dejé de pensar en ti, Carmen. Ni un solo día.

Sentí que las lágrimas me quemaban los ojos. No quería llorar, no delante de él, no después de tanto tiempo. Pero era inútil luchar contra todo lo que había callado durante años.

—¿Por qué estamos aquí, Fernando? —pregunté, casi con rabia—. ¿Para qué sirve remover el pasado si no podemos cambiar nada?

Él suspiró. —Quizá para entendernos. Para perdonarnos. O para despedirnos de verdad.

El reloj de la iglesia dio las seis. El sol caía sobre el patio, tiñendo de oro las paredes desconchadas. Sentí que el tiempo se doblaba sobre sí mismo, que el pasado y el presente se fundían en un solo instante.

—¿Te acuerdas de aquella tarde en la verbena? —dijo de pronto—. Cuando bailamos hasta que nos dolieron los pies y prometimos que nunca nos separaríamos.

Me reí, esta vez de verdad. —Prometimos tantas cosas…

—Y rompimos casi todas —añadió él, con una sonrisa triste.

Nos quedamos en silencio, escuchando el murmullo de la ciudad, el canto lejano de un gallo, el rumor de la vida que seguía adelante sin nosotros. Pensé en todo lo que había perdido, pero también en lo que aún podía recuperar: la paz, el perdón, la posibilidad de cerrar el círculo.

—¿Te gustaría dar un paseo? —preguntó Fernando, ofreciéndome el brazo.

Dudé un instante, pero al final acepté. Caminamos despacio por las calles empedradas, saludando a los vecinos que apenas reconocía. Cada esquina era un recuerdo, cada casa una historia. Fernando me habló de su vida, de su mujer fallecida, de sus hijos que apenas venían a verle. Yo le conté de mis nietos, de mi trabajo en la biblioteca, de las noches en que soñaba con volver aquí, aunque solo fuera por un rato.

—¿Crees que podríamos empezar de nuevo? —preguntó, deteniéndose frente a la fuente donde solíamos tirar monedas y pedir deseos.

No supe qué responder. ¿Se puede volver atrás después de tanto tiempo? ¿O solo nos queda aprender a vivir con lo que fuimos y lo que somos?

Nos despedimos en la plaza, bajo la luz anaranjada de las farolas. Fernando me besó la mano, como en los viejos tiempos. Sentí que, por fin, podía dejar atrás el pasado.

Mientras caminaba de vuelta a casa de Lucía, me pregunté: ¿Cuántas veces dejamos escapar lo que realmente importa por miedo, por orgullo, por no saber luchar? ¿Y si aún estamos a tiempo de recuperar lo perdido?