El dilema de Carmen: Entre el amor y la culpa de una abuela española

—Carmen, ¿por qué no coges a Mateo un rato? —me preguntó mi hija, Inés, mientras intentaba preparar la cena en la cocina de nuestra casa en Alcalá de Henares. El pequeño lloraba desconsolado en su trona, pataleando con fuerza. Yo, sentada en el sofá, tenía a Lucía, mi nieta mayor, acurrucada a mi lado, contándome con entusiasmo cómo había aprendido a leer una poesía en el colegio.

Sentí una punzada de culpa. No era la primera vez que prefería quedarme con Lucía, escuchando sus historias, admirando su inteligencia precoz y su dulzura. Mateo, en cambio, me resultaba un misterio: apenas hablaba, siempre estaba inquieto, y su llanto me ponía nerviosa. Me levanté despacio, dejando a Lucía con un beso en la frente, y fui hacia Mateo. Lo cogí en brazos, pero él seguía llorando, arqueando la espalda, rechazando mi abrazo. Miré a Inés, que me observaba de reojo, y sentí que me juzgaba en silencio.

—Mamá, tienes que tener más paciencia con él. Es pequeño, necesita cariño —me dijo, con ese tono que mezcla reproche y súplica.

Asentí, pero por dentro me sentía incapaz. ¿Por qué no podía querer a Mateo como quería a Lucía? ¿Era posible que una abuela tuviera preferencias tan marcadas? Me sentía una impostora, una mala madre y peor abuela.

Mi marido, Antonio, siempre decía que yo era demasiado dura conmigo misma. «Carmen, cada niño es diferente. Lucía es como tú de pequeña, por eso conectas más. Mateo es más como Inés, más reservado, más difícil. Pero ya verás cómo le coges el punto». Yo quería creerle, pero la realidad era otra.

Las tardes en casa eran un desfile de emociones encontradas. Lucía me buscaba para jugar, para leer juntas, para que le enseñara a hacer croquetas. Mateo, en cambio, se aferraba a su madre o a su padre, y cuando yo intentaba acercarme, me rechazaba. Eso me dolía, pero también me aliviaba. No sabía cómo tratarle, cómo calmarle.

Una tarde, mientras paseábamos por el parque, Lucía me tomó de la mano y me preguntó: —Abuela, ¿por qué Mateo siempre llora cuando tú lo coges? ¿No le gustas?

Me quedé helada. ¿Hasta los niños se daban cuenta de mi torpeza? —No lo sé, cariño. Mateo es pequeño, todavía no entiende muchas cosas —le respondí, intentando sonar tranquila. Pero por dentro, la pregunta me taladraba.

En casa, la tensión se palpaba en el ambiente. Inés y su marido, Sergio, discutían a menudo sobre la educación de los niños. Sergio era más permisivo, Inés más estricta. Yo intentaba mediar, pero a veces sentía que mi presencia solo empeoraba las cosas. Una noche, después de una discusión especialmente tensa, Inés me llamó aparte.

—Mamá, ¿te das cuenta de que Lucía te adora y Mateo apenas te mira? ¿No crees que deberías esforzarte más con él? —me dijo, con lágrimas en los ojos.

Me sentí pequeña, insignificante. Quise explicarle que no era cuestión de esfuerzo, que simplemente no sabía cómo llegar a Mateo. Pero no me atreví. Solo asentí, prometiéndome a mí misma que lo intentaría de nuevo.

Pasaron los meses y la situación no mejoraba. Mateo crecía, pero seguía siendo un niño difícil, propenso a rabietas y llantos. Lucía, en cambio, florecía: sacaba buenas notas, era cariñosa, atenta, siempre dispuesta a ayudar. Yo me volcaba en ella, y eso solo aumentaba mi culpa.

Un día, durante una comida familiar, Sergio hizo un comentario que me dejó helada: —Parece que en esta casa solo hay sitio para una nieta favorita.

El silencio se hizo espeso. Inés me miró, esperando una reacción. Yo no supe qué decir. Me levanté de la mesa y me encerré en mi habitación. Allí, sentada en la cama, lloré como no lo hacía desde la muerte de mi madre. ¿Qué estaba haciendo mal? ¿Por qué no podía querer a Mateo como se merecía?

Recordé mi propia infancia, marcada por la preferencia de mi abuela por mi hermana mayor. Yo siempre fui «la otra», la que no destacaba, la que no recibía los abrazos ni los elogios. ¿Estaba repitiendo la historia sin darme cuenta?

Esa noche, cuando todos dormían, me acerqué a la cuna de Mateo. Lo observé en silencio, respirando tranquilo, ajeno a mis tormentos. Le acaricié la mejilla y, por primera vez, sentí una ternura nueva, una compasión profunda. No era culpa suya ni mía. Éramos dos desconocidos intentando encontrarnos.

A la mañana siguiente, decidí cambiar. Empecé a pasar más tiempo con Mateo, aunque al principio fue difícil. Le leía cuentos, aunque no me prestara atención. Le cantaba canciones, aunque me mirara con extrañeza. Poco a poco, empezó a acercarse, a buscarme con la mirada, a sonreírme tímidamente. No era el mismo amor que sentía por Lucía, pero era un amor real, imperfecto, humano.

Un día, mientras jugábamos en el suelo, Mateo me abrazó por primera vez. Sentí que algo se rompía y se reconstruía dentro de mí. Lloré, pero esta vez de alegría. Inés me vio y sonrió, aliviada.

Ahora, cuando miro a mis nietos, sé que los quiero a los dos, de formas distintas, pero igual de intensas. He aprendido que el amor no siempre es inmediato ni perfecto, que a veces hay que trabajarlo, conquistarlo, como se conquistan los afectos más profundos.

¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido que no podéis querer igual a todos vuestros seres queridos? ¿Es eso un fallo o simplemente parte de ser humano?