La caja número cinco: El reencuentro que nunca imaginé
—¿Te llevas tú el arroz o lo cojo yo?— preguntó Marta, mi hija, mientras yo seguía mirando fijamente la caja número cinco. No podía apartar la vista. Allí estaba Lucía, mi exmujer, la mujer con la que compartí media vida, la madre de mis hijos. Pero no era la Lucía que yo recordaba, no. Aquella mujer que ahora reía con la cajera, que llevaba un vestido rojo y tacones altos, que tenía el pelo suelto y brillante, era otra. Una versión de sí misma que yo nunca conocí, o quizá nunca supe ver.
Sentí un nudo en el estómago. Marta me miró extrañada, pero no dije nada. Me limité a coger el arroz y avanzar por el pasillo, aunque mis piernas parecían de plomo. Lucía no me vio. O, mejor dicho, no me miró. Pasó a mi lado, con una bolsa de tela colgando del brazo, y su perfume me golpeó como un recuerdo doloroso. Sonreía. Sonreía de verdad, como si la vida le estuviera devolviendo todo lo que yo, quizá, le quité.
—Papá, ¿estás bien?— insistió Marta, tocándome el brazo.
—Sí, sí, hija, solo estoy cansado— mentí. ¿Cómo explicarle que ver a su madre así me había dejado sin aire? ¿Cómo decirle que, en ese instante, sentí que todo lo que había hecho en los últimos años no tenía sentido?
Mientras hacíamos cola, no podía dejar de mirar a Lucía. Estaba con una amiga, Carmen, la vecina del tercero, y reían como dos adolescentes. Recordé cuando Lucía y yo íbamos juntos a hacer la compra, discutiendo por tonterías, eligiendo el vino más barato, soñando con unas vacaciones que nunca llegaban. ¿En qué momento dejamos de reír juntos? ¿Cuándo se apagó la chispa?
La separación fue un infierno. Gritos, reproches, silencios eternos. Yo me refugié en el trabajo, en el fútbol los domingos, en las cañas con los amigos. Ella, en cambio, se quedó con los niños, con la casa, con la rutina. Siempre pensé que yo había salido ganando, que la libertad era lo que necesitaba. Pero ahora, viendo a Lucía tan radiante, me di cuenta de que quizá fui yo quien perdió más.
—¿Te acuerdas de mamá cuando íbamos todos juntos al parque?— me preguntó Marta de repente, como si leyera mis pensamientos.
—Claro que me acuerdo, hija. Eran buenos tiempos— respondí, intentando que no se me quebrara la voz.
Pagamos y salimos al aparcamiento. Marta se adelantó para buscar el coche y yo me quedé un momento parado, mirando cómo Lucía se alejaba, ajena a mi presencia. Sentí una punzada de celos, de rabia, de nostalgia. ¿Por qué no podía ser yo quien la hiciera sonreír así? ¿Por qué no luché más por nosotros?
Esa noche, en casa, no pude dormir. Me levanté varias veces, di vueltas por el pasillo, abrí la nevera sin saber qué buscaba. Todo me recordaba a ella: la taza de café que nunca tiró, la bufanda olvidada en el perchero, las fotos de los niños en la estantería. Me senté en el sofá y encendí la tele, pero no presté atención. Mi mente estaba en otro sitio, en otro tiempo.
Recordé el día que nos conocimos, en la verbena del pueblo. Lucía llevaba un vestido azul y bailaba con sus amigas. Yo, torpe y tímido, me acerqué a pedirle un baile. Ella se rió de mí, pero aceptó. Desde entonces, todo fue rápido: el primer beso, el primer piso juntos, los niños, las noches sin dormir. Y luego, poco a poco, la rutina, el cansancio, las discusiones por nada. Hasta que un día, sin darnos cuenta, ya no quedaba nada.
—¿Por qué no me viste venir, Lucía?— susurré al vacío. Pero la culpa era mía. Yo fui quien dejó de escuchar, quien dejó de mirar, quien pensó que el amor era eterno sin esfuerzo.
Al día siguiente, en el trabajo, no podía concentrarme. Mis compañeros hablaban del partido del Madrid, de la subida de la luz, de la huelga de transportes. Yo solo pensaba en Lucía, en su sonrisa, en su nueva vida. ¿Tendría pareja? ¿Sería feliz de verdad o solo fingía? ¿Pensaría alguna vez en mí?
Por la tarde, llamé a mi madre. Siempre ha sido mi refugio, aunque a veces me regañe como si siguiera teniendo diez años.
—Mamá, he visto a Lucía— le dije, sin más.
—¿Y qué tal está?— preguntó ella, con esa voz suave que siempre me calma.
—Bien. Muy bien. Mejor que nunca, diría yo.
Mi madre guardó silencio. Sabía lo que quería decirle, pero no hacía falta. Ella lo entendía todo sin palabras.
—Hijo, la vida sigue. No te castigues más. Haz las paces contigo mismo y con ella. Es lo mejor para todos.
Colgué y me quedé mirando el móvil. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se perdona uno a sí mismo?
Esa noche, cuando Marta volvió de casa de su novio, me senté con ella en la cocina. Quería decirle tantas cosas, pero no sabía por dónde empezar.
—¿Tú crees que mamá es feliz?— le pregunté, casi en un susurro.
Marta me miró con ternura, como si de repente fuera ella la adulta y yo el niño.
—Papá, mamá está bien. Pero tú también puedes estarlo. Solo tienes que dejar de mirar atrás.
Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier reproche. ¿Era tan evidente mi tristeza? ¿Tan transparente mi arrepentimiento?
Esa noche, antes de acostarme, me asomé a la ventana. Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos. Pensé en Lucía, en todo lo que fuimos y en todo lo que ya nunca seremos. Sentí una mezcla de dolor y alivio. Quizá era hora de dejarla ir, de dejarme ir.
Pero no pude evitar preguntarme: ¿Y si hubiera hecho las cosas de otra manera? ¿Y si aún estuviera a tiempo de ser feliz, aunque sea solo conmigo mismo?
¿Alguna vez habéis sentido que el pasado os persigue incluso cuando creéis haberlo superado? ¿Cómo se aprende a vivir con lo que ya no se puede cambiar?