Mi madre volvió cuando olió el piso de mi abuela

—No la hagas subir —le dije a mi abuela, casi suplicando, con el móvil apretado en la mano.

Mi abuela no contestó. Tenía la tele bajita, de fondo, y esa cara suya de “ya veremos”. Estaba más delgada últimamente. Entre el ambulatorio, las pastillas y que a veces se desorientaba… yo iba con el corazón en la garganta cada vez que sonaba el telefonillo.

Sonó.

—Es ella —dije.

Mi abuela se incorporó como pudo.

—Déjala pasar, hija. Que suba. No vamos a montar un numerito en el portal.

Le di al botón. Y en cuanto escuché el ascensor supe que no era un “hola, ¿cómo estás?”. Era otra cosa. Se me notaba hasta en las manos.

Cuando abrió la puerta, mi madre entró como si fuera su casa. Miró el recibidor, los cuadros viejos, el perchero… y soltó una risa floja.

—Madre mía, sigue igual —dijo.

—Hola, Marta —le contesté yo, seco, sin beso ni nada.

Ella me miró de arriba abajo como si me estuviera evaluando.

—Estás… alta —soltó, y ya.

Mi abuela desde el sofá, con voz cansada:

—Siéntate, anda.

Mi madre no se sentó. Se quedó de pie, con el bolso colgando y el móvil en la mano, como si tuviera una reunión después. Y fue directa.

—A ver, mamá… yo no quiero problemas. Vengo a hablar bien. Lo del piso.

A mí se me encendió algo.

—¿Lo del piso? ¿En serio? ¿Has subido para eso? —le dije.

Ella puso cara de ofendida, pero tampoco demasiado. Como si estuviera acostumbrada.

—No empecemos. Es mi madre también. Y yo soy hija. Tengo derechos.

—Derechos… —me reí, pero me salió fatal—. ¿Y cuando yo tenía ocho años también tenías derechos o ahí no tocaba?

Mi abuela hizo un gesto con la mano, como cortando.

—Ya está. No la pongáis así nada más entrar.

Mi madre respiró hondo, mirando al techo.

—Mira, yo sé que no hice las cosas bien —dijo, como recitando—. Pero han pasado muchos años.

Yo me quedé ahí, clavada.

—No “no hiciste las cosas bien”. Me dejaste aquí y desapareciste. Que no es lo mismo.

Mi madre apretó los labios.

—Yo no desaparecí. Yo… yo llamaba.

—¿Cuándo? —salté—. Si yo me crié con la abuela. Yo iba al cole desde aquí, al médico desde aquí, a todo desde aquí. Tú estabas con tu novio ese… ¿Cómo se llamaba? ¿Iván? ¿Sergio? Ni me acuerdo.

—Se llamaba Raúl —dijo ella, y por un segundo se le fue la mirada, como si le doliera—. Y sí, estaba con él. Y sí, me equivoqué.

Mi abuela carraspeó.

—No es tan simple —murmuró.

Yo la miré.

—¿Cómo que no es tan simple?

Mi abuela se quedó quieta, como si le hubiese pillado con la mano en el cajón.

Mi madre aprovechó.

—Yo vine porque mamá está mayor y hay que dejar las cosas arregladas. Yo tengo un hijo ahora, ¿vale? Y las cosas están como están. La vida está carísima. Un alquiler en Madrid es una locura.

—Ah, o sea que ahora sí existo porque hay ladrillos de por medio —le dije.

—No manipules —me soltó ella—. Yo no he dicho eso.

—Lo estás diciendo sin decirlo.

Mi abuela levantó la voz por primera vez.

—¡Basta ya! —y luego más flojo—. De verdad, me vais a poner mala.

Nos callamos. Se oía la nevera y la tele. Mi madre se sentó al fin en la silla del comedor, con un suspiro.

—Mamá, tú no puedes con todo —le dijo a mi abuela—. Y ella… —me señaló con la barbilla—, ella tiene su vida.

—¿Mi vida? —contesté—. Mi vida es trabajar en la gestoría por cuatro duros y venir corriendo cuando la abuela se encuentra regular. Eso es mi vida.

Mi madre frunció el ceño.

—Pues por eso hay que hablarlo. Hay una opción: vender y ya está. O alquilar. O… no sé. Pero yo no puedo quedarme fuera como si no existiera.

Yo me levanté y empecé a pasear por la cocina, porque si me quedaba quieta iba a explotar.

—¿Tú sabes lo que es que en el colegio me preguntaran “tu madre dónde está”? ¿O cuando firmaban autorizaciones y siempre era la abuela? ¿Tú sabes lo que es escuchar a la gente decir “tu madre es una sinvergüenza” y tú tragarte eso porque, joder, es tu madre?

Mi madre bajó la mirada.

—Yo estaba… —empezó.

—Estabas con Raúl —le corté.

Entonces mi abuela dijo, muy bajito:

—Raúl no quería niños.

Me giré.

—Ya lo sé.

—No, hija —dijo mi abuela, y se le notó la vergüenza—. No lo sabes todo.

Ahí fue cuando se me heló un poco la espalda.

Mi madre me miró, como pidiéndole permiso a mi abuela con los ojos.

—Dilo tú —le dijo mi abuela.

Mi madre tragó saliva.

—Mira… yo me quedé embarazada otra vez cuando tú tenías cinco —soltó de golpe—. Y lo perdí. Y después… Raúl me dijo que o él o… o la vida como la tenía. Y yo… yo me hundí. Me metí en una depresión de la hostia.

Me quedé quieta. No sabía qué contestar. Me salió un:

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Mi abuela se tapó la cara con la mano.

—Que yo… —dijo ella—, yo le dije que te dejara conmigo una temporada. Que yo podía. Y luego la cosa se alargó.

—¿Una temporada? —repetí.

Mi madre se puso nerviosa.

—Yo mandaba dinero.

—¿Dinero? —miré a mi abuela.

Mi abuela no me miraba.

—A veces me daba algo, sí… en mano. Cuando venía —admitió.

—¿Cuando venía? —me reí sin ganas—. ¿Venía y yo no me enteraba?

Mi abuela apretó los labios.

—Venía cuando tú estabas en extraescolares o con tu prima. No quería liarte la cabeza.

Yo notaba que me subía el calor a la cara.

—¿Y decidisteis eso por mí? ¿Las dos?

Mi madre se levantó, ya a la defensiva.

—¡Yo no soy un monstruo! —dijo—. Yo… yo intentaba verlo, ¿vale? Pero cada vez que subía aquí tú estabas pegada a ella y me mirabas como si yo fuera una extraña. Y tu abuela… tu abuela tampoco ayudaba.

—¿Yo te miraba como una extraña? Pues normal, si eras una extraña.

Mi abuela se removió.

—Yo hice lo que pude. Y sí, igual me pasé protegiéndote. Pero tú eras una niña.

Yo me quedé mirando el salón, los muebles viejos, la foto de mi comunión encima del aparador. En esa foto sale mi abuela a mi lado. Mi madre no.

Mi madre volvió al tema como un martillo.

—El piso está a nombre de mamá. Si no se hace testamento, luego es un lío. Y yo no quiero que me echéis como si fuera una… no sé. Yo tengo un hijo. No estoy pidiendo caridad.

—¿Y qué quieres? —le dije—. ¿Que te dé las gracias por aparecer ahora?

Mi abuela se aclaró la garganta.

—Yo ya hice testamento —soltó.

Yo la miré.

—¿Cómo que ya hiciste testamento?

Mi madre abrió los ojos.

—¿Ya lo hiciste y no me lo dijiste? —le soltó a mi abuela.

Mi abuela, con una calma rarísima:

—Lo hice hace un año. Y sí, lo hice. Y sí, os lo tenía que haber dicho.

—¿Y qué pone? —pregunté yo, con un nudo.

Mi abuela me miró por fin.

—Que el usufructo lo tengo yo mientras viva, claro. Y luego… el piso es para ti.

Mi madre dio un paso atrás, como si le hubieran pegado.

—¿Para ella? —dijo—. ¿Y yo qué? ¿Yo no soy tu hija?

—Eres mi hija —contestó mi abuela—. Y por eso te dejé quedarte aquí años atrás, te di de comer, te presté dinero, te cuidé cuando lo pasaste mal. Pero ella… —me señaló a mí—, ella es la que ha estado aquí. La que me lleva al médico. La que se levanta por la noche si me mareo.

Mi madre se puso roja.

—¡Claro! ¡Porque tú la hiciste tuya! —gritó—. ¡Porque me la quitaste!

Yo me quedé a cuadros.

—¿Perdona? —dije.

Mi abuela pegó un golpe suave en el brazo del sofá.

—Yo no le quité a nadie. Fuiste tú la que se fue.

Mi madre me miró con ojos brillantes, pero no sé si de pena o de rabia.

—Yo me fui porque no podía —dijo—. Porque estaba rota. Y porque sabía que aquí tú estabas bien. Y sí, he vuelto por el piso, ¿vale? No te voy a mentir. Pero también he vuelto porque mamá está mal y yo… yo no quiero que se muera sin… sin arreglar algo.

Yo me quedé mirando a mi abuela. Ella bajó la mirada otra vez.

—Yo tampoco quería que te enteraras así —me dijo—. Pero ella ha venido a presionar y…

—¿Presionar? —saltó mi madre—. ¡Estoy pidiendo lo que me corresponde!

Y ahí me salió lo peor.

—Pues a mí me correspondía una madre —dije, bajito, pero se oyó.

Se hizo un silencio tan incómodo que parecía que la casa se encogía.

Mi madre cogió el bolso.

—Vale —dijo—. Ya veo cómo está el tema. Solo… solo quiero que sepáis que si me dejáis fuera del todo, yo voy a impugnar. Porque puedo. Y porque tengo que mirar por mi hijo.

—¿Y yo? —le dije—. ¿Quién miró por mí?

Ella se quedó un segundo en la puerta.

—Tu abuela —contestó—. Y gracias a eso estás aquí de pie gritándome. No lo olvides.

Se fue. El ascensor bajó. Y mi abuela se echó a llorar sin hacer ruido, como si le diera vergüenza hasta eso.

Yo me senté a su lado y no supe si abrazarla o decirle “¿por qué me ocultaste lo de que venía?” o “gracias por todo”. Al final la abracé, pero por dentro estaba hecha un lío.

Ahora estoy en mi habitación, con el papel del testamento dando vueltas en mi cabeza y el WhatsApp de mi madre sin abrir. Parte de mí quiere bloquearla para siempre. Otra parte piensa en ese niño que dice que tiene, en que igual de verdad lo pasó mal, en que mi abuela no es eterna y yo tampoco puedo con todo.

No sé si lo justo es mantener el testamento tal cual, darle algo para que no reviente todo con abogados, o plantarme y que se apañe. ¿Vosotros qué haríais en mi sitio si vuestra madre vuelve así, con prisa por “arreglarlo”, pero también con sus razones?