Le di todo a mi hija para que no le faltara de nada, y ahora apenas me habla: no sé si la he querido mal
“Es que contigo no se puede hablar, mamá. Me lo has dado todo menos responsabilidades.”
Eso me lo soltó mi hija en la cocina, con la compra del Mercadona todavía en la encimera y yo con el táper de lentejas en la mano. Y me dolió, claro que me dolió. Pero lo peor es que no pude decir enseguida que no tenía razón.
Mi hija tiene 27 años. No es una cría. Sigue viviendo conmigo desde que lo dejó con su pareja hace un año y medio. Volvió diciendo que era algo temporal, que en cuanto se recolocara se iba a buscar algo, aunque fuera compartido. Yo le dije que ni hablar, que en casa tenía su habitación, su comida, la lavadora puesta y que bastante tenía ya con rehacerse. Lo dije convencida. También porque me salió solo. A una hija no la dejas tirada.
El problema es que lo temporal se quedó. Y no solo eso. Se fue montando una dinámica rara que al principio me parecía normal y ahora veo que no.
Yo le pagaba el abono transporte cuando estaba en paro. Luego encontró un trabajo a media jornada en una clínica dental, y seguí pagándole el móvil “hasta que remontara”. Después me pidió ayuda con una deuda pequeña de la tarjeta, porque según ella se le había juntado todo. Se la cubrí. Más tarde empezó a pedir comida por Glovo, a comprarse ropa, a salir los fines de semana, y cuando yo le decía algo me respondía: “Mamá, si ya bastante mal me siento viviendo aquí”. Y yo me callaba por no hacerla sentir peor.
Mi hermano ya me lo había dicho varias veces.
“Te estás equivocando.”
Y yo me enfadaba.
“Pues cuando tengas una hija, haces tú lo que quieras.”
Mi madre, más suave, me decía: “Ayudar está bien, pero vivir para resolverle todo no.”
Yo no quería oírlo. Porque también hay una parte de la historia que no he contado casi nunca. Cuando ella era pequeña, su padre y yo nos separamos fatal. Fatal. Hubo meses muy malos, de estar mirando la cuenta el día 25 y de hacer malabares para todo. Yo trabajaba de administrativa en una gestoría y muchas veces tiraba de mi madre para recogerla del cole. Hubo cumpleaños que me pillaron sin un duro y ver a mi hija conformarse con cualquier cosa me partía el alma. Creo que ahí empecé con esa obsesión de que no le faltara nunca nada.
Y cuando digo nunca, es nunca.
Le compré el portátil para la universidad aunque podía haber esperado. Le pagué la autoescuela a la primera. Le di dinero para la entrada del coche de segunda mano, que encima eligió ella. Cuando suspendió varias asignaturas, en vez de plantarme, la justifiqué. “Está agobiada”, decía yo. Cuando dejó un trabajo a las dos semanas porque la encargada “le hablaba mal”, también la defendí. Cuando discutía con amigas, con parejas, con jefes, con cualquiera, yo siempre pensaba que el problema era el otro.
Hasta que hace unos días pasó una tontería, o eso parecía.
Le pedí 150 euros para ayudar con los gastos de casa. No porque me hicieran falta urgentemente, aunque tampoco voy sobrada. La hipoteca ya casi está, pero sigo pagando comunidad, luz, agua, el seguro, y con todo como está, se nota. Además, me parecía lógico. Trabaja, cobra algo, come en casa, usa todo. No le estaba pidiendo un alquiler.
Me miró como si la estuviera echando.
“¿Ahora me vas a cobrar por ser tu hija?”
Le dije: “No te estoy cobrando nada. Te estoy pidiendo que participes.”
Y ella: “Pues haberlo dicho antes, no después de acostumbrarme a que no pasaba nada.”
Eso me sentó fatal.
“Perdona, ¿encima la culpa es mía?”
Y entonces me dijo la frase del principio. Que le había dado todo menos responsabilidades. Que nunca le había puesto límites de verdad. Que cuando alguien fuera de casa se los pone, ella lo vive como un ataque. Que no sabe administrar el dinero porque yo siempre he amortiguado el golpe. Que incluso ahora, con casi 30 años, sigue esperando que alguien le resuelva la vida.
Yo le contesté de malas maneras, para qué mentir.
“Qué fácil es echarme a mí la culpa de todo. Lo que pasa es que te has acostumbrado muy bien.”
Y ella se puso a llorar, pero no como otras veces. No lloraba para dar pena. Lloraba con rabia.
“Claro que me he acostumbrado. Si eras tú la que no me dejaba caer nunca. Y ahora pretendes que aprenda de golpe.”
Se encerró en la habitación y no me habló en dos días.
En esos dos días yo estuve indignada. Luego se me fue pasando y me quedé removida. Porque si soy sincera, algo de razón tiene. Pero tampoco toda.
Ella también ha elegido el camino fácil muchas veces. Yo la ayudaba, sí, pero no le obligaba a gastar en tonterías. No le decía que dejara trabajos a la mínima. No le metía yo la tarjeta en la mano para pedir sushi un martes. Hay una parte que es suya y que tiene que asumir.
Pero la mía también existe. Yo confundí ayudar con evitarle cualquier frustración. Y además, si lo pienso bien, no era solo por ella. A mí también me tranquilizaba sentir que podía compensar todo lo de antes. Como si dándole cosas, comodidad o salidas rápidas arreglara los años en los que no pude darle tanto. Igual he estado intentando quitarme mi culpa a través de ella.
Ayer por la noche nos sentamos por fin en el salón. Sin gritar.
Le dije: “No quiero echarte. Pero esto así no puede seguir.”
Ella me dijo: “Lo sé. Y tampoco quiero seguir viviendo como si tuviera 19 años.”
Hablamos de poner una cantidad fija en casa, de que se pague ella el móvil, de dejar de prestarle dinero si no es algo serio. Se enfadó un poco con lo del coche, porque el seguro también lo estaba pagando yo y quiere seguir usándolo para ir a trabajar. Le dije que si lo usa, lo paga en parte. Me respondió: “Vale, pero no me lo sueltes como castigo.”
La conversación fue rara, tensa, pero bastante más honesta que muchas otras que hemos tenido.
Aun así, me he quedado tocada. Porque una cosa es saber que has cometido errores y otra escuchar de tu propia hija que la has querido de una forma que le ha hecho daño. Eso cuesta tragarlo.
Yo sigo pensando que he hecho lo que he podido y como he sabido. Pero también veo que querer mucho no siempre es querer bien, y que poner límites a tiempo igual también era cuidarla.
No sé si he llegado tarde o si todavía estamos a tiempo de recolocarnos las dos. ¿Vosotros creéis que dar demasiado puede fastidiar una relación entre madre e hija, o al final cada uno es responsable de cómo vive aunque le hayan puesto el camino fácil?