Entré en casa de mi abuela y se me cayó el alma al suelo: mientras yo corría entre reuniones, colegio y cenas, ella llevaba semanas casi sin comer 💔🏠
“Esto no puede seguir así”, me dijo mi marido en la cocina, bajando la voz para que no lo oyeran los niños. “Ni por tu abuela ni por nosotros. No podemos salvar a todo el mundo.”
Y yo le contesté fatal. “Claro, como no es tu abuela…”
Lo dije con una mala leche tremenda y en cuanto salió me arrepentí, porque no era justo. Pero es que venía de verla y todavía tenía el olor de su casa metido en la nariz.
Mi abuela vive sola en un piso antiguo en el centro, de esos de toda la vida, cerca de una calle muy comercial donde ya casi no queda gente mayor del barrio. Siempre ha sido orgullosa. De las que te dicen “yo estoy bien” aunque no estén bien. Mi madre iba “controlando”, según ella. Mi marido muchas veces me decía que llamara más, que no podía dar por hecho que todo estaba cubierto. Y yo siempre respondía lo mismo: que sí, que este finde me paso, que ahora estoy a tope, que mi madre está pendiente.
Llevo meses fatal en el trabajo. Me ascendieron a un puesto directivo y, en vez de estar contenta, vivo enganchada al móvil, con reuniones a las ocho, incendios todo el día y la sensación de que si aflojo un poco, me comen. Luego están mis hijos, uno con extraescolares, el otro que no lleva bien los cambios, el grupo del cole, las cenas, la compra, la lavadora, todo. Yo me he ido contando a mí misma que no llegaba a todo pero que lo importante estaba atendido.
No lo estaba.
Fui porque la vecina del tercero, una mujer majísima, me paró al salir del portal de mi abuela cuando yo iba con prisa un martes. Me dijo: “Perdona que me meta, pero hace días que tu abuela baja muy poco y el otro día me pidió pan porque no tenía nada en casa”. Me dio una vergüenza… le dije que sí, que luego subía, pero no subí hasta dos días después.
Cuando abrí la nevera se me encogió el estómago. Un yogur caducado, medio brick de leche, un tomate arrugado y poco más. En la encimera, una barra de pan dura. En el salón, mi abuela con una bata vieja, más delgada, como ida. No estaba tirada ni en una situación de película, pero estaba mal. Mal de abandono de ese que no se ve en una foto. Pastillas mezcladas en una caja, citas apuntadas en papeles sueltos, la basura sin bajar, y ella diciendo “si no tengo hambre” y “tu madre vino hace unos días”, aunque luego no sabía decirme cuándo.
Me senté en la cama y me puse a llorar. Mi abuela me miró como molesta, casi más por verme así que por ella. “No exageres, hija.” Y ahí me dio más culpa todavía, porque yo llevaba semanas, meses, delegando. No en un servicio profesional, no en algo organizado. Delegando en el aire.
Llamé a mi madre desde allí. Me dijo: “¿Qué quieres que haga? Yo también tengo mi vida. Voy cuando puedo.” Y tiene razón en parte. Trabaja a ratos cuidando a una señora, mi padre no está bien de la espalda y ella también arrastra lo suyo. Pero luego empecé a tirar del hilo y vi que “voy cuando puedo” significaba pasar alguna vez, dejarle un tupper, confiar en que se lo calentara y ya. Sin revisar medicación, sin mirar la nevera, sin hablar claro de si ya podía seguir sola o no.
Yo tampoco había querido hablar claro. Porque si lo hablas, tienes que hacer algo.
Ese mismo día pedí cita con su médica de cabecera en el centro de salud y empecé a mirar ayuda a domicilio del ayuntamiento y también residencias. Solo mirar residencias ya me hizo sentir miserable. Mi abuela siempre ha dicho que de su casa no la saca nadie. Mi madre, en cambio, me soltó: “Pues igual ya ha llegado el momento, porque yo no me la puedo llevar”. Yo tampoco puedo. Vivimos en un piso de tres habitaciones, los niños comparten cuarto y mi marido teletrabaja varios días desde casa. No cabe una persona más, y aunque cupiera, no sé si podríamos con ello.
Cuando se lo planteé a mi marido, me dijo algo que me sentó fatal pero que no era mentira: “Si metemos a tu abuela en esta casa o si te vuelcas tú sola en esto, alguien va a pagar el precio. Y serán los niños, nuestro trabajo o nosotros.”
Yo salté enseguida. “Qué bonito, o sea que mientras podamos seguir con las vacaciones y el colegio concertado, que mi abuela se apañe.”
Y él me respondió: “No digas eso. Llevo años diciéndote que esto estaba cogido con pinzas. Tú no querías ver que tu madre no llegaba. Y yo tampoco puedo ser el malo por decir que no tenemos recursos infinitos.”
Ahí me callé porque me estaba describiendo bastante bien. Yo no quería ver ciertas cosas. Mi abuela repetía preguntas. Se le olvidaba si había comido. A veces me llamaba para decirme que había hablado con mi abuelo, que falleció hace años, y yo me decía que era una confusión puntual. Más cómodo pensar eso.
Desde entonces llevamos una semana horrible. Yo intentando coordinarlo todo, como siempre, pero ya sin hacerme la fuerte. He ido a Servicios Sociales del distrito, he preguntado por valoración de dependencia, teleasistencia, auxiliar a domicilio, centro de día. Todo va lento. Mientras tanto, alguien tiene que estar pendiente de verdad.
Mi madre dice que ella puede ir por las mañanas dos o tres días, pero que no le pida más. Mi marido dice que él puede echar una mano con gestiones o con dinero si hace falta, pero que no piensa asumir un cuidado diario que nos desmonte la vida. Y yo estoy en medio, enfadada con ellos y conmigo, porque en el fondo lo que quiero es que reaccionen como yo necesito ahora, para compensar todo lo que no hemos hecho antes.
Ayer fui con compra, le llené la nevera, tiré comida pasada, hablé con la farmacia para organizar mejor la medicación y me quedé a comer con ella. Apenas probó la tortilla. En un momento me cogió la mano y me dijo: “Pensaba que estabas enfadada conmigo porque ya no vienes”. Se me rompió algo ahí.
No sé si la solución será ayuda en casa, una residencia o una mezcla mientras sale la dependencia. No sé tampoco si estoy siendo injusta con mi madre, que ya ha tirado de mucho, o con mi marido, que está pensando en lo que yo no quiero pensar. Solo sé que hemos dejado que una persona que ha sido el centro de la familia se fuera quedando al margen, y que yo he colaborado bastante en eso por mirar para otro lado.
Estoy intentando que esta vez no se quede todo en promesas, ni en “ya iré mañana”. Pero llegamos tarde para muchas cosas y eso me pesa muchísimo.
¿Vosotros qué haríais en mi sitio? ¿Presionaríais para repartir turnos sí o sí, aunque genere bronca en casa, o aceptaríais que hay momentos en los que solo una ayuda profesional o una residencia pueden evitar que todo vaya a peor?