Vivo en el piso de mis suegros y después de la bronca que tuvimos con mi suegra ya no sé si esto se puede aguantar mucho más
“Pues si no te gusta cómo llevo mi casa, ya sabes lo que tenéis que hacer”.
Eso me lo soltó mi suegra en la cocina, con el tendedero puesto, la lavadora a medias y mi hijo pequeño llorando en el pasillo porque se había despertado de la siesta con todo el follón.
Y claro, yo salté.
Le dije: “Tu casa no, perdona, el piso será vuestro, pero aquí vivimos nosotros todos los días. La que friega, compra, cocina y recoge también soy yo”.
Mi marido estaba en el salón teletrabajando y salió tarde, como siempre, cuando ya estábamos las dos con la voz levantada. Y eso también lo digo, que igual yo llevaba semanas acumulando cosas y exploté por donde no era.
Vivimos en un piso de mis suegros en Móstoles desde hace casi tres años. Nos metimos aquí “de manera temporal” porque se nos acabó el alquiler, yo me quedé sin trabajo en la tienda donde estaba y entre una cosa y otra no nos daba para otra entrada, agencia, fianza y todo. Ellos tienen este piso que tenían alquilado, se quedó libre, y nos dejaron entrar pagando solo gastos y una cantidad pequeña. Sobre el papel sonaba a ayuda. Y lo es, no voy a decir que no. Pero la convivencia con mi suegra ha sido un desgaste desde el primer mes.
No vive con nosotros, pero vive a diez minutos andando y tiene llave. Ese es el tema.
Al principio venía “a traer unas lentejas”, “a ver al niño”, “a revisar una humedad del baño”. Luego ya era entrar sin avisar. Abrir la nevera. Cambiar las cosas de sitio. Decirme que las toallas así no se guardan, que por qué compro marca blanca en Mercadona si luego sale malo, que el edredón hay que airearlo de otra forma, que si el niño merienda demasiadas galletas, que si mi marido siempre ha llevado las camisas de una manera y no de otra.
Y yo, en vez de cortarlo al principio, me callé mucho. Porque me daba vergüenza, porque al final el piso es suyo, porque pensaba que si decía algo parecería una desagradecida. También porque mi marido siempre quitaba hierro.
“Es su manera de ayudar”, me decía.
Ya. Su manera de ayudar era doblarme la ropa interior si veía el cesto con ropa limpia. O entrar en nuestro dormitorio a dejar sábanas. O decirme que la encimera estaba pegajosa justo después de que yo hubiera fregado.
Lo peor es que yo también hice las cosas mal. En vez de sentarme un día tranquila y decir hasta aquí, empecé a contestar con indirectas, a poner mala cara, a evitar estar en casa cuando sabía que podía venir. Incluso una vez cambié el bombín por impulso y no se lo dije a mi marido hasta después. Se montó una tremenda. Mi suegro se enfadó mucho, con razón, porque pensaron que les queríamos dejar fuera de su propia casa. Al final volvimos a poner otro y quedó todo fatal.
La bronca gorda fue la semana pasada. Mi suegra había venido porque, según ella, el técnico del seguro de la comunidad iba a pasar a ver una mancha del techo del baño. Yo estaba poniendo una lavadora y había dejado otra tanda preparada. Entró en la cocina y me dijo que no pusiera ropa oscura con las toallas del niño, que así luego salen las pelusas. Le dije que ya lo sabía. Me respondió: “Pues no lo parece”.
Yo seguí a lo mío, pero noté esa cosa en el pecho.
Luego abrió el armario donde guardo los tuppers y empezó a recolocarlos. Le dije: “Por favor, déjalo, que luego no encuentro nada”. Y me contestó: “Es que lo tienes todo manga por hombro”.
Ahí ya me puse fatal. Le solté que estaba harta de que viniera a supervisarlo todo, que parecía una inspección, que no tenía intimidad, que ni en mi propia cocina me sentía tranquila. Ella me dijo que si no fuera por ellos estaríamos en la calle, que un mínimo de cuidado habría que tener con las cosas, que el piso lo dejaron arreglado y que lo estaba viendo cada vez peor.
Y tampoco mentía del todo. Hay cosas del piso que se nos han ido de las manos. Una persiana rota que no arreglamos en meses, humedad en una esquina que fuimos dejando, juguetes por medio, cajas todavía sin vaciar del todo. Mi marido y yo vamos cansados, yo ahora trabajo por horas limpiando en una residencia y él hace turnos partidos algunos días, y la casa no siempre está como me gustaría. Pero una cosa es eso y otra sentir que te miran por encima del hombro.
En mitad de la discusión salió mi marido y dijo lo peor que podía decir: “Venga, no exageréis ninguna”.
Ninguna.
Yo me puse a llorar de rabia. Mi suegra se quedó callada unos segundos y dijo: “Claro, la mala siempre soy yo”. Cogió el bolso y se fue.
Esa tarde mi marido y yo discutimos muchísimo. Yo le dije que nunca me defendía. Él me dijo que estaba entre dos fuegos, que yo tampoco facilitaba nada, que desde lo del bombín su madre ya venía a la defensiva. También me soltó que a veces hablo del piso como si fuera nuestro y no lo es. Y eso me dolió porque, aunque sea verdad, aquí he montado la habitación de mi hijo, aquí pago recibos, aquí hago mi vida.
Dos días después vino mi suegra y me escribió antes, cosa rara en ella. Me puso: “¿Puedo subir un momento? Quiero hablar, no discutir”.
Subió, se sentó en la cocina y al principio fue incómodo. Luego me dijo algo que no esperaba: “Yo tampoco estoy bien con esto”.
Me contó que le cuesta mucho ver su piso cambiado, que siente que ha perdido el control de algo por lo que trabajaron ella y mi suegro muchos años, que cuando entra y ve desorden se pone nerviosa y se le dispara la manía de hacerlo todo a su manera. También me dijo que desde que nació el niño tiene miedo constante a que falte de algo o a que la casa no esté bien, y que se mete más de la cuenta.
Yo le dije que agradezco de verdad que nos hayan ayudado, pero que no puedo vivir sintiendo que estoy a prueba todo el rato. Que cuando entra sin avisar me tenso, que cuando recoloca mis cosas me hace sentir inútil, y que hasta me da vergüenza invitar a alguien porque nunca sé si va a aparecer ella con su llave.
No fue una conversación bonita ni de película. Hubo momentos de silencio y alguna pulla. Pero por lo menos hablamos claro.
Al final quedamos en unas normas mínimas: avisar antes de venir salvo urgencia de verdad, no entrar en nuestro dormitorio, y si ve algo que le preocupa del piso que se lo diga a su hijo y no me monte una revisión en directo. Yo también me comprometí a ser más clara cuando algo me moleste y a no dejar pasar arreglos pendientes durante meses.
No salimos abrazadas ni nada de eso. De hecho, al irse me dijo: “A ver cuánto dura”. Y yo le respondí: “Pues dependerá de las dos”.
Desde entonces hay como una tregua rara. Mejor, sí, pero frágil. Sigo sintiendo que esto no es sostenible para siempre, porque al final cuando vives en un piso de la familia nunca terminas de estar en tu sitio del todo. Pero también veo que ella no es un monstruo ni yo una víctima perfecta. Estamos las dos cansadas, cada una con lo suyo, y en medio está mi marido intentando no molestar a nadie, que tampoco ayuda mucho.
Yo ahora mismo solo quiero un poco de paz en mi casa, o en lo que sea esto. ¿Vosotros creéis que con normas y hablando claro se puede llevar una convivencia así, o cuando vives en un piso de tus suegros el problema de fondo nunca se va del todo?