Planté cara a mi madre y a mi suegra cuando quisieron decidir cómo tenía que ser mi hija: “Eso del espacio es una tontería, ya se le pasará”
“A ver si este año le compramos ya una muñeca de verdad, que lo otro no puede ser siempre”, soltó mi madre en mitad del café, tan tranquila.
Y mi suegra remató: “Claro. Una cocinita, bebés, cositas de niñas. Porque lo de los planetas está muy bien como juego, pero ya es una obsesión”.
Yo ahí ya noté que me subía el calor a la cara. Mi hija estaba en el salón, en el suelo, con un libro de pegatinas del sistema solar y un casco de esos de juguete que le compramos en una tienda del centro comercial. Llevaba semanas diciendo que de mayor quería “trabajar mirando estrellas”, y a mí me parecía precioso. No porque tenga que ser científica sí o sí, sino porque le sale solo. Le encanta de verdad.
El problema es que ni mi madre ni mi suegra lo veían así. Desde Reyes, cada vez que había cumpleaños, santo o cualquier excusa, aparecían con muñecas, cocinitas, sets de maquillaje infantil, bolsitos. Y no es que yo tenga nada contra eso. Si a la niña le gustara, perfecto. Pero es que los abría, daba las gracias porque se las hemos enseñado, y a los diez minutos volvía a sus libros de volcanes, a hacer “experimentos” con bicarbonato en la cocina o a preguntarle a su padre por qué la luna a veces se ve de día.
Yo había intentado llevarlo con calma. Igual demasiado. Decía cosas suaves, en plan: “Bueno, también le gusta mucho montar cosas”, o “si queréis, os paso ideas para su cumple”. Pero tampoco fui clara del todo, y eso lo reconozco. Me daba miedo quedar como la típica madre intensa que se cree que su hija va a ser astronauta con seis años.
La comida del domingo era en casa de mi suegra. Habíamos ido mi marido, la niña y yo. También estaba mi madre, porque al final entre unas cosas y otras nos juntamos mucho. Y salió el tema de los regalos porque se acerca el cumpleaños de la pequeña.
Mi suegra dijo: “Yo ya he visto una Nancy preciosa”.
Mi madre respondió: “Pues yo un carrito con un bebé que parece de verdad. A ver si así se entretiene con cosas normales”.
Yo pregunté: “¿Cosas normales?”
Y mi madre, que cuando se pone no mide nada, me dijo: “Sí, hija, normales. Que parece que la estás criando como un niño. Todo el día cohetes, astronautas, dinosaurios, herramientas…”.
Mi marido intentó rebajar: “Bueno, también tiene pinturas y cuentos”.
Pero ahí ya me dolió más que hablara él así, porque parecía que había que justificar a la niña.
Le dije: “No la estamos criando como un niño. La estamos criando como es ella”.
Mi suegra puso esa cara de paciencia forzada y dijo: “No te pongas así, mujer. Solo decimos que es una fase. Luego querrá sus cositas. Es pequeña”.
Y yo solté más seco de lo que quería: “¿Y si no es una fase? ¿Y si no quiere ‘sus cositas’ porque sus cositas son un telescopio de juguete?”
Se hizo un silencio bastante incómodo. Mi hija vino en ese momento y dijo: “Mamá, ¿Plutón sí o no?” porque está con eso de si es planeta o no, y casi me da la risa de los nervios.
Mi madre le dijo: “Anda, vete con los mayores no, que estamos hablando”. Y la niña se fue con una cara… ahí ya me pudo.
Le dije a mi madre: “No le hables así. Y sobre todo, no le hagáis sentir rara por lo que le gusta”.
Entonces salió lo de siempre. Que si antes las niñas eran niñas y no pasaba nada. Que si ahora queremos hacer todo diferente. Que si luego en el cole la miran raro. Que si bastante difícil es todo ya.
Y aquí viene la parte en la que yo tampoco estuve bien del todo. Porque llevaba meses tragando y exploté. Les dije que estaban proyectando en mi hija una idea antigua de lo que tiene que ser una niña, que si les molestaba ver una nieta que prefiere un puzle del cuerpo humano a peinar muñecas, el problema era suyo. Lo dije fatal, con mal tono y delante de todos.
Mi marido me agarró el brazo por debajo de la mesa y me dijo bajito: “Así no”. Y tenía razón en parte, pero también me fastidió porque él muchas veces no corta estas cosas hasta que ya arde todo.
Mi suegra se ofendió muchísimo. Dijo: “Encima que compramos cosas con ilusión”.
Y eso era verdad. Ahí me frené un poco. Porque no lo hacen por fastidiar. Lo hacen desde lo que ellas entienden, desde cómo criaron, desde lo que creen que toca. Pero una cosa no quita la otra.
Respiré y dije más tranquila: “Yo agradezco los regalos. De verdad. Pero no os estoy diciendo que no le regaléis muñecas porque sean malas. Os estoy diciendo que a mi hija no le interesan. Igual que a otro niño no le interesa un balón y no pasa nada. Ella ahora mismo disfruta con el espacio, con la ciencia, con construir cosas. Y si dentro de un año cambia, pues cambia. Pero mientras tanto, por favor, respetadla”.
Mi madre me miró y dijo: “Es que nos da pena que se pierda otras cosas”.
Y ahí entendí algo. No era solo cabezonería. También era miedo a que la niña no encaje, a que la señalen, a que le falten referentes. Muy de otra generación, sí, pero no solo mala intención.
Les dije: “No se está perdiendo nada. Lo que se pierde es si siente que para gustarnos tiene que fingir que le gustan cosas que no le gustan”.
Mi marido entonces por fin habló claro: “Además, luego somos nosotros los que vemos que lo que usa de verdad son los libros del espacio, los imanes, los experimentos del kiosco y esas cosas. Si queréis acertar con ella, os podemos decir ideas”.
Mi suegra se quedó callada un rato y preguntó: “¿Y qué le comprarías tú?”
Yo pensé que era con ironía, pero no. Se lo dije: “Un kit sencillo para mirar minerales, un proyector de estrellas, un puzle de planetas, entradas para el planetario cuando vayamos a Madrid… cosas así”.
Mi madre resopló, pero luego dijo: “Pues yo no tengo ni idea de esas cosas”.
Y le contesté: “Pues me preguntas. Igual que yo te pregunto a ti mil cosas cuando no sé”.
La tensión bajó bastante. No fue un final de película ni mucho menos. Mi suegra seguía dolida y mi madre estuvo un rato con esa actitud de “ya no se puede decir nada”. Pero al irnos, mi madre me dijo en la puerta: “Pásame lo del planetario ese”. Y mi suegra, dos días después, mandó por el grupo una foto de un juego de experimentos del Carrefour preguntando si era demasiado mayor para su edad.
La verdad, me sentí aliviada, pero también pensé que tendría que haber puesto el límite antes y mejor. Por evitar líos, al final dejé que se repitiera demasiadas veces, y cuando hablé, hablé fatal. Aun así, creo que era necesario.
Yo no quiero decidir por mi hija lo que tiene que gustarle, pero tampoco quiero que otros se lo decidan por tradición o costumbre. Si mañana le da por las muñecas, pues fenomenal. Pero que sea porque le salen a ella, no porque dos abuelas piensen que “ya toca”.
¿Vosotras habríais cortado antes o creéis que exageré por una tontería de regalos?