Dejó a su hija con su propio padre y, al volver a casa, algo en el aire le hizo entender que ya no podía confiar igual

La primera vez que noté que algo no iba bien fue por el olor.

No era humo exactamente. Era ese olor denso, como a plástico caliente y gas, que se te queda un momento en la garganta. Abrí la puerta del piso y pensé que igual venía del rellano, porque en mi edificio pasa de todo y una vez un vecino quemó una sartén y acabamos todos con las ventanas abiertas en enero.

Pero no. Venía de dentro.

Mi hija, Nora, estaba tumbada en el sofá con una manta hasta la nariz. Tenía seis años entonces. Mi padre estaba sentado al lado, viendo un concurso de Antena 3 con el volumen demasiado alto. En el pasillo había puesto un brasero eléctrico viejo, de los de mesa camilla, con una regleta cruzando medio suelo.

—Papá, ¿qué haces con eso aquí?

Él ni se alteró. Me miró como si yo hubiera preguntado una tontería.

—La niña tenía frío. Tienes la casa helada, Dani.

La calefacción estaba puesta. No muy alta, es verdad. A diecinueve grados. A mí me parece suficiente, pero mi padre es de los que se quedan en camiseta de tirantes en su casa y luego dice que no entiende cómo pagamos tanta luz.

El problema no era solo el brasero. Estaba pegado al perchero, debajo de unos abrigos, y la regleta era una de esas finas que él había traído de su casa porque, según él, “para una cosa así vale perfectamente”. Nora estaba pálida. Me dijo que le dolía un poco la cabeza y que tenía sueño.

Se me puso un nudo en el estómago.

Apagué todo, abrí las ventanas y llevé a Nora a su habitación. Mi padre empezó a protestar detrás de mí, no mucho al principio. Decía que exageraba, que se había criado con braseros y estufas de butano, que antes los niños no iban envueltos en algodón.

Y yo le solté que antes también se moría gente por cosas que ahora se pueden evitar.

Eso estuvo feo. Lo sé. Pero lo dije.

Mi padre se quedó muy quieto. Luego cogió su chaqueta y se fue sin despedirse de Nora. La puerta no dio un portazo, ni siquiera hizo ruido. Casi me molestó más que se fuera así, como si el ofendido fuera él.

Yo tengo treinta y ocho años, estoy divorciado desde hace dos, y trabajo repartiendo pedidos para una empresa de alimentación. No es que me sobre el dinero precisamente. Vivo de alquiler en un piso pequeño en Parla y voy haciendo malabares con los turnos, el colegio de Nora y las semanas que le toca estar con su madre.

Mi padre me ayudó muchísimo al separarme. Eso no lo puedo negar. Me dejó dinero cuando tuve que pagar la fianza del piso. Venía a recoger a Nora algunos martes. Arregló una persiana que llevaba meses medio caída. Si se me pinchaba una rueda, aparecía con la caja de herramientas antes de que yo supiera dónde guardaba el gato del coche.

Por eso me cuesta contar esto sin que parezca que le estoy pintando como un monstruo. No lo es.

Pero tampoco era la primera vez que hacía algo a escondidas porque le parecía una manía mía.

Una vez le dio a Nora un ibuprofeno infantil que había caducado “por poco”. Otra mañana la llevó al cole sin casco en el patinete porque decía que íbamos tarde. Y el verano anterior la dejó sola cinco minutos en el coche para entrar a comprar tabaco. Cinco minutos, según él. Cuando se lo reproché, me respondió que yo a su edad me pasaba las tardes en la calle y que no tenía ningún trauma.

Siempre acabábamos igual: él defendiendo que sabe cuidar de una niña porque ya crió a dos hijos, y yo sintiéndome un ingrato por discutir con el único que de verdad me echa una mano.

Después del brasero llevé a Nora al centro de salud. La médica la miró, le tomó las constantes y me dijo que parecía estar bien, que si seguía con dolor de cabeza, náuseas o mucho sueño, volviera o fuera a urgencias. Al día siguiente estaba como una rosa, pidiéndome tortitas para desayunar y dejando migas por toda la cocina.

Aun así, yo no dormí casi nada esa noche.

No dejaba de imaginarme qué habría pasado si llego una hora más tarde. Si se cae un abrigo encima. Si la regleta se recalienta. Si Nora se queda dormida de verdad y mi padre, que también se echa unas cabezadas viendo la tele, no se entera.

A los tres días me llamó mi hermana, Lucía. Mi padre le había contado su versión.

—Dice que le gritaste delante de la niña y que le llamaste irresponsable.

—No le llamé irresponsable.

—Bueno, pero lo diste a entender.

Puede ser. No sé. Estaba asustado y estaba muy enfadado. A veces las diferencias son pequeñas cuando las cuentas, pero cuando las vives no lo son tanto.

Le dije a Lucía que no iba a dejar a Nora sola con papá durante una temporada. Ella se quedó callada unos segundos y luego soltó que una temporada se puede convertir en años sin darte cuenta. Me dio rabia porque sé que tiene razón. En nuestra familia nadie habla claro hasta que ya lleva meses acumulando cosas.

Mi padre no ha vuelto a venir al piso. Me manda audios para Nora, muy normales. Le pregunta por el cole, por su muñeca nueva, por si sigue entrenando baile. A mí no me dice nada. Ni siquiera me pide perdón, aunque tampoco sé si serviría de mucho que lo hiciera solo para recuperar el acceso a ella.

Nora pregunta a veces cuándo puede quedarse a dormir en casa del abuelo. Allí tiene una habitación a medias: una cama pequeña, dibujos pegados con celo y un pijama de Peppa Pig que ya le queda corto. Yo le digo que el abuelo está ocupado. Es una cobardía, lo sé, pero no encuentro otra respuesta que no la meta en un problema de adultos.

Esta semana mi padre ha tenido que hacerse unas pruebas en el hospital y Lucía me ha dicho que está nervioso. He pensado en llamarlo. Incluso marqué su número ayer, sentado en el coche antes de empezar la ruta. Lo borré antes de que sonara.

No quiero castigarlo. Tampoco quiero que Nora crezca pensando que su abuelo desapareció porque sí. Pero desde aquella tarde, cuando entro en casa y la veo hacer los deberes en la mesa del salón, reviso enchufes, ventanas y regletas sin darme cuenta.

Y me duele admitir que el sitio donde antes dejaba a mi hija con más tranquilidad ya no me parece seguro.