Cuando vio la transferencia de 6.000 euros, entendió que en su propia casa siempre había alguien antes que ella

La transferencia aparecía a las siete y doce de la mañana, justo debajo del recibo de la luz.

6.000 euros. Concepto: “Para Inés”.

Me quedé mirando la pantalla con el café en la mano. Ni siquiera pensé al principio que fuera una equivocación. Sabía perfectamente quién era Inés. La hija de su hermano Rafa, que murió hacía seis años en un accidente de moto, con treinta y ocho. Luis hablaba de él poco, pero cuando lo hacía se le quedaba una cara rara, como de estar intentando no entrar en una habitación de la que luego no sabía salir.

Inés tenía veinte años y estudiaba Diseño en Valencia. Vivía en un piso compartido, trabajaba algunas tardes en una tienda de ropa y, según Luis, iba justa de dinero. Lo entendía. Yo también estudié trabajando y sé lo que es contar las monedas para comprar apuntes o salir a cenar sin pedir nada porque ya vas con lo justo.

El problema no era ayudarla.

El problema era que Luis y yo llevábamos meses mirando pisos de alquiler con opción a compra porque el dueño de nuestro piso en Carabanchel quería vender. Y porque, aunque los dos trabajábamos, Madrid se nos estaba haciendo imposible. Yo tenía unos ahorros de cuando vivía sola. Luis tenía algo más, por su trabajo de electricista, aunque siendo autónomo había meses buenos y meses de mirar la cuenta cada dos días.

Habíamos hablado de poner cada uno lo que pudiera para la entrada. “Esta vez vamos en serio”, me había dicho él en junio. Hasta fuimos a ver un piso pequeño en Alcorcón que olía a cerrado y tenía una cocina horrible, pero salimos de allí ilusionados como dos críos.

Por eso aquella transferencia me dejó fría.

Esperé a que se despertara. No hice ruido. Preparé las tostadas, metí ropa en la lavadora y hasta respondí un correo del trabajo. Soy así de tonta a veces: cuando algo me duele, primero intento dejarlo bien ordenado por fuera, como si eso ayudara.

Cuando salió al salón, ya vestido para irse, le enseñé el móvil.

—¿Esto qué es?

No se hizo el sorprendido. Eso fue casi peor.

—Lo de Inés. Te iba a decir algo.

—¿Cuándo?

—Marta, no empieces así.

Esa frase me encendió. Porque yo todavía no había empezado nada.

Me explicó que Inés necesitaba pagar una parte de la matrícula, una fianza nueva porque se cambiaba de piso y no sé qué historia de un ordenador que se le había roto. Me dijo que era un préstamo, que ella se lo devolvería poco a poco.

—¿Y por qué sale de nuestra cuenta?

—Porque es donde tengo el dinero ahora.

—No, Luis. Sale de nuestra cuenta porque es nuestra cuenta.

Se quedó callado. Luego dijo que lo repondría en cuanto cobrara dos trabajos que tenía pendientes. Yo le recordé que esos trabajos llevaban pendientes desde agosto porque un cliente no le había pagado todavía. Ahí ya se puso a la defensiva.

—No puedes pretender que la deje tirada.

Nunca dije eso. De hecho, ni se me pasó por la cabeza. Pero en ese momento entendí que él llevaba años teniendo esa conversación conmigo sin que yo lo supiera: yo era la que supuestamente quería que abandonara a su sobrina, y él era el que tenía que demostrar que no iba a hacerlo.

Rafa, antes de morir, le pidió que cuidara de Inés. Luis me lo contó la primera Navidad que pasamos juntos. Estábamos en casa de su madre, comiendo polvorones a destiempo, y él había bebido más de la cuenta. Me dijo que no podía fallarle a su hermano.

Yo le contesté que no tenía por qué hacerlo.

Y lo pensaba de verdad. Durante mucho tiempo hice esfuerzos por que Inés estuviera cómoda conmigo. Le dejaba mi habitación cuando venía a Madrid y nosotros dormíamos en el sofá. Le compré una maleta cuando se fue de Erasmus a Lisboa porque la suya tenía una rueda rota. Fui a su graduación de bachillerato. No era una molestia.

Pero poco a poco empecé a notar cosas que no sabía cómo explicar sin parecer mezquina.

Las vacaciones se cancelaban si Inés necesitaba que Luis fuera a verla. Los domingos que íbamos a comer con mi madre se acortaban porque él tenía que arreglarle algo a la abuela de Inés. Una vez dejamos una señal para un viaje a Cádiz y lo perdimos porque a Inés le habían subido el alquiler y Luis decidió mandarle el dinero que teníamos guardado para el apartamento.

Siempre había una razón. Y casi siempre era una razón comprensible.

Yo no quería ser “la novia que no entiende”. Supongo que ahí está mi parte de culpa. Me esforcé tanto en que me vieran como alguien generosa que dejé de decir cuándo algo me estaba haciendo daño.

Después de la transferencia estuvimos dos días hablando lo mínimo. Él dormía mal, yo también. Me preguntó varias veces si quería cenar y yo respondía “me da igual”, que es una forma bastante cobarde de castigar a alguien.

El domingo, Inés llamó por videollamada. Estaba contenta. Dijo que al fin había podido reservar el piso y que nos devolvería el dinero en cuanto empezara las prácticas. Luis le dijo que no se agobiara, que ya hablarían.

Yo estaba en la cocina, lavando una bandeja. No sé si ella sabía que yo lo había visto. No sé si sabía que estábamos buscando casa o que aquel dinero era importante para nosotros. Quizá sí. Quizá no. También es posible que Luis le hubiera contado una versión muy simple: “Te ayudo y ya está”.

Cuando colgó, le dije que no quería que volviera a sacar dinero de la cuenta común sin hablarlo antes.

—Vale —me contestó—. Pero entonces tendremos que separar todo.

Me dolió más de lo que esperaba. Como si poner una norma significara que yo había roto algo. Como si la única manera de ser pareja fuera no molestar nunca con mis necesidades.

Le dije que separar cuentas no era separarnos. Que podíamos tener una para gastos y cada uno la suya. Que él podía ayudar a Inés con su dinero, igual que yo ayudo a mi hermano cuando se queda en paro. Pero que no podía comprometer decisiones que eran de los dos por una promesa que había hecho antes de conocerme.

Luis se sentó en el borde del sofá y se tapó la cara con las manos. Estuvo así un rato.

—Tú no sabes lo que fue decirle a Rafa que sí —dijo al final.

Y yo, que hasta entonces me había sentido muy segura de tener razón, le solté algo feísimo:

—Y tú no sabes lo que es estar con alguien que parece pedir permiso a un muerto para hacer planes.

En cuanto lo dije quise retirarlo. Pero no pude. Él levantó la vista y no gritó. Solo se fue al dormitorio y cerró la puerta.

Han pasado tres semanas. Tenemos cuentas separadas desde entonces, aunque seguimos pagando lo mismo en casa. Inés me mandó un audio agradeciéndome “entender la situación”. Lo escuché dos veces y no supe qué responder. Al final le puse un corazón. Me pareció miserable decirle nada en ese momento.

El piso de Alcorcón ya lo ha reservado otra pareja. Luis sigue buscando trabajos y yo sigo guardando lo que puedo. Por las noches hablamos de cosas normales: de la compra, de la caldera, de que mi madre quiere venir el puente. Pero hay una especie de hueco entre nosotros que antes no estaba.

Ayer, mientras recogíamos la cena, Luis me preguntó si quería ir a ver otro piso el sábado.

Le dije que sí.

Luego añadió que antes tenía que llamar a Inés, porque estaba mirando habitaciones nuevas para el curso que viene.

Y yo tardé demasiado en contestar que no pasaba nada.