Dejé de llevar a mi hijo a casa de mi madre, aunque eso significara quedarme sin la única ayuda que tenía

La primera vez que mi hijo me dijo que no quería ir con mi madre pensé que era una rabieta. Tenía cuatro años recién cumplidos, llevaba el abrigo puesto y yo iba tarde, como siempre.

—Hoy no quiero casa de la abuela —me dijo, agarrado a la pata de la mesa.

Le pregunté por qué, y se encogió de hombros. Luego señaló el pasillo de casa, como si quisiera que me quedara allí con él. Yo miré el reloj. Entraba a trabajar a las ocho y media en una gestoría de Móstoles, y ya eran las ocho menos cuarto. Mi madre vivía a diez minutos andando. No tenía a quién llamar.

Le dije que no pasaba nada, que la abuela le quería muchísimo, que luego iría a recogerle. Me miró con una cara rara. No lloró, pero se dejó poner las zapatillas sin moverse.

Me acuerdo de eso porque ahora me da muchísima vergüenza. No por haber trabajado, porque tenía que hacerlo. Vivo sola con él desde que su padre se fue a Valencia y empezó a aparecer cuando le venía bien. Me da una pensión que llega tarde algunos meses y con mi sueldo pagamos el alquiler, la luz, el comedor cuando hay cole y poco más. Pero me avergüenza no haber insistido.

Mi madre llevaba cuidando de Hugo desde que empezó la escuela infantil. Al principio solo algunas tardes. Luego, cuando cambié de horario, se quedó con él casi todos los días desde que salía del cole hasta que yo volvía. Ella decía que le daba vida, que un niño en casa alegraba cualquier cosa. Y era verdad que le compraba yogures de los que le gustaban, que le cosía botones a sus disfraces y que sabía hacerle las lentejas como a él le gustaban, con el chorizo apartado porque decía que picaba.

Pero también era muy estricta. Siempre lo había sido conmigo.

Si Hugo tiraba agua, mi madre no decía “no pasa nada”. Decía que era un desastre. Si no se acababa la cena, le soltaba que había niños que no tenían nada y que él era un desagradecido. Yo alguna vez le dije que no me gustaba cómo le hablaba.

—Pues no lo malcrío como tú —me respondía—. A los niños hay que enseñarles desde pequeños.

Y yo lo dejaba pasar. Incluso pensaba que quizá tenía razón y yo era demasiado blanda. Hay cosas que una arrastra de su propia infancia sin darse cuenta. Mi madre nunca me pegó, pero en casa se respiraba una tensión constante. Podía estar tres días sin hablarme si hacía algo que no le gustaba. De pequeña me parecía peor que un castigo.

Hugo empezó a hacerse pis encima algunas tardes. No todos los días. Primero pensé que era por el cambio de clase, porque había empezado segundo de infantil. Luego dejó de querer dormir la siesta en mi cama si yo no me quedaba a su lado. Se despertaba llamándome y decía que había sido malo.

—¿Por qué has sido malo, cariño?

—Porque no he hecho caso.

No conseguía sacarle nada más. Mi madre, cuando le preguntaba, decía que estaba en una edad tonta.

—Te toma la medida —me dijo una tarde mientras pelaba patatas en su cocina—. En cuanto tú llegas, se pone a hacer el bebé.

Todo cambió un jueves. Yo salí antes porque se nos cayó un programa y la jefa nos mandó a casa a los que no teníamos nada urgente. No avisé a mi madre. Pensé en darles una sorpresa e ir a buscar a Hugo con tiempo para comprarle unos cromos.

Llamé al timbre y no abrió. Tenía llave, porque ella misma insistió en dármela cuando nació Hugo. Entré y la tele estaba puesta muy baja. Mi madre no estaba en el salón ni en la cocina. Escuché su voz en la galería, hablando por teléfono con una vecina.

—Es que la niña no puede con él, y luego la mala soy yo —decía.

Iba a llamarla cuando oí un golpecito en el pasillo. Fui hacia la habitación donde antes dormía yo. La puerta estaba cerrada por fuera con una silla apoyada delante.

No era una puerta con pestillo ni nada. Una silla normal, de las del comedor, atravesada de forma que Hugo no podía abrir. Al moverla, él no salió corriendo. Estaba sentado en el suelo, junto a la cama, con un muñeco entre las piernas.

—Mamá, no hagas ruido —me dijo muy bajito—. La abuela dice que si lloro, otro rato.

Se me quedó el cuerpo helado. No sé describirlo mejor.

Le pregunté cuánto llevaba ahí. Dijo que “un montón”, que había gritado porque quería irse al parque y que la abuela le había dicho que los niños malos se quedaban solos para pensar. En la habitación no había luz encendida. Era febrero, serían las cinco y ya estaba oscureciendo.

Mi madre entró al pasillo en ese momento. Me vio agachada delante de Hugo y se le cambió la cara, pero no de arrepentimiento. De enfado.

—No dramatices, Marta. Está castigado. No le he hecho nada.

Le pregunté si le parecía normal encerrarle con una silla en la puerta.

—No está encerrado, qué exagerada eres. Está en su cuarto. A ver si ahora los niños mandan en los adultos.

Hugo se pegó a mí y mi madre hizo un gesto como de fastidio. Eso fue lo que más me dolió, quizá. Ni siquiera preguntó si estaba bien. Solo repetía que yo no entendía lo difícil que era cuidar de él todas las tardes.

Y tenía parte de razón. Mi hijo podía ser agotador. Tiene energía, protesta, se obsesiona con ponerse la camiseta azul aunque esté en el cesto de lavar. Pero una cosa era estar cansada y otra hacerle creer que merecía quedarse solo, a oscuras, sin poder salir.

Nos fuimos sin recoger siquiera su mochila. Mi madre me gritó desde la puerta que ya vería yo cómo me apañaba. Yo le dije cosas feas. Le dije que había sido una madre horrible conmigo y que ahora estaba intentando hacer lo mismo con Hugo. En cuanto lo dije quise retirarlo, no porque no lo sintiera, sino porque sabía que era una frase que no tenía vuelta atrás.

Esa noche mi madre me mandó seis audios. En uno lloraba. En otro decía que yo la estaba acusando de maltrato, como si fuese una delincuente. En otro me recordaba todas las veces que me había salvado cuando Hugo tenía fiebre o cuando yo no podía salir antes del trabajo.

No le contesté hasta el día siguiente. Le escribí que no iba a volver a dejarle con ella y que no podía verle por el momento. Que si quería hablar, tenía que reconocer que aquello no estaba bien y aceptar que no podía castigarle así nunca más.

Me respondió: “Cuando se te pase el numerito, me llamas”.

Han pasado casi tres meses. He tenido que reducir jornada y pedir un cambio de horario. Cobro bastante menos. Una compañera me cubre algunos días, y otros Hugo se queda en el cole hasta las cinco y media, aunque luego llegamos a casa casi a las seis. Mi ex dice que está buscando cómo ayudar, pero de momento ayuda poco. Miré ludotecas, cuidadoras, de todo, y los números no salen.

Mi madre ha visto a Hugo una sola vez, diez minutos, en el cumpleaños de mi hermana. Intentó darle un beso y él se escondió detrás de mí. Ella se quedó muy pálida. Después me dijo al oído que lo estaba poniendo en su contra.

No sé si algún día podremos arreglarlo. Hay mañanas en las que estoy agotada y pienso que quizá podría dejarle una tarde, solo una, porque mi madre también le quiere a su manera. Luego Hugo me pregunta antes de dormir si mañana tiene que ir a casa de la abuela.

Y cuando le digo que no, que mañana saldrá del cole y vendrá conmigo, se queda dormido abrazado a mi brazo. Entonces ya no vuelvo a dudar tanto.