Mi padre dejó de hablarme cuando le dije que ya no podía vivir pendiente de él

No fue una discusión grande. De hecho, creo que eso es lo que más me está pesando. No hubo portazos ni nadie dijo una barbaridad irreparable. Mi padre simplemente dejó de llamarme como antes.

Tiene setenta y ocho años y vive solo en el piso de mis padres, en Alcorcón. Mi madre murió hace cuatro años, de un cáncer que se la llevó bastante rápido al final, aunque a nosotros nos pareció eterno. Desde entonces, sin que nadie lo decidiera del todo, yo me convertí en la persona que resolvía las cosas.

Tengo una hermana, Nuria, dos años menor que yo. Ella vive en Valencia desde hace más de veinte años, tiene una tienda de reformas con su marido y dos hijos ya casi mayores. Viene cuando puede, que suele ser en Navidad, algún puente y una semana en verano. No lo digo con rencor, o no solo con rencor. Su vida está allí. Pero cuando hay que acompañar a mi padre al médico, llamar al seguro porque gotea el radiador o subirle bolsas porque le duele la rodilla, estoy yo.

Yo tengo cuarenta y nueve años, trabajo en administración en una empresa de mensajería y estoy divorciada. Mi hijo, Marcos, se fue hace poco a compartir piso con dos amigos en Getafe. De repente, mi padre empezó a ocupar todos los huecos que había dejado mi hijo en mi día. No físicamente, claro. Era peor: estaba en mi cabeza todo el tiempo.

Los martes tenía rehabilitación. Los jueves, compra. Los domingos, comida en su casa. Si yo quedaba con alguien, tenía que dejarle preparado algo o avisar a una vecina por si acaso. Cuando me fui tres días a Cuenca con una amiga del trabajo, me llevé la culpa en la mochila. Llamaba por la mañana, a mediodía y antes de dormir. A la vuelta encontré seis audios suyos porque no sabía dónde había guardado el termómetro.

Mi padre no es un hombre malo. Me cuesta escribir esto porque parece que, para tener derecho a estar cansada, tendría que convertirlo en un monstruo. No lo es. Ha sido generoso, trabajador, de los que no saben estar quietos. Cuando yo me divorcié, me dejó dinero sin preguntarme demasiado. Me hizo falta y no me lo echó en cara.

Pero también pertenece a una generación en la que las hijas se ocupan. Así, sin conversación. Mi madre cuidó de sus padres, de mis abuelos, de una tía suya que vivía sola en Móstoles. Y yo creo que él nunca se planteó que aquello tuviera un coste para ella. Estaba hecho. Era lo normal.

El problema fue que empecé a sentir alivio cuando veía en el móvil que no tenía llamadas perdidas suyas. Un alivio pequeño, feo, de esos que una intenta negar. Y luego me sentía fatal por sentirlo.

En enero conocí a Óscar. No es que me enamorara como una adolescente ni nada de eso. Es un hombre tranquilo, separado también, profesor de instituto. Quedábamos a cenar, íbamos al cine de vez en cuando, paseábamos. Con él me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin hacer planes sin calcular antes si mi padre necesitaría algo.

Un sábado habíamos reservado una noche en Sigüenza. Era una tontería, un hotel pequeño y una cena. La primera vez que me iba fuera desde lo de Cuenca. El viernes por la tarde mi padre me llamó porque decía que le mareaba la cabeza.

Fui corriendo. Le tomé la tensión, le preparé una tortilla francesa y llamé al centro de salud. Le dijeron que, si empeoraba, urgencias, pero que por lo que contaba no parecía nada alarmante. Él se quedó sentado en el sofá con la manta de cuadros de mi madre encima de las piernas.

—No pasa nada, hija. Tú haz lo que tengas que hacer.

Lo dijo mirando la tele apagada.

Cancelé la reserva. Óscar no se enfadó, pero se quedó raro. Me dijo: “Clara, no puedes dejar tu vida en pausa cada vez que a tu padre le dé un mareo”. Le contesté mal. Le dije que era muy fácil opinar cuando no era su padre. Después no me escribió en dos días y, sinceramente, lo entendí.

A la semana siguiente, mi padre estaba perfectamente. Bajaba al bar, se iba andando a por el pan y hasta discutió con el del quinto por unas macetas del patio. Yo me sentí utilizada, aunque sé que quizá no fue eso. Quizá estaba asustado de verdad. Quizá aprendió que decir que se encontraba mal era la única manera de asegurarse de que yo aparecía.

Fue entonces cuando hablé con Nuria. No para pedirle que se mudara, porque eso era absurdo, sino para repartir algo. Que llamara ella a las citas, que gestionara las recetas por internet, que viniera un fin de semana más de vez en cuando, lo que fuera.

Me dijo que yo estaba exagerando.

—Es papá, Clara. Está solo. ¿Qué quieres que haga?

—Que no sea solo asunto mío.

—Pero es que tú estás allí.

Esa frase se me quedó clavada. Tú estás allí. Como si vivir a cuarenta minutos fuera una especie de contrato que yo había firmado sin leer.

En marzo pedí cita con la trabajadora social del centro de mayores de su barrio. Me informó de ayuda a domicilio, teleasistencia, talleres, incluso de opciones para que alguien le acompañara algunas horas. Volví a casa de mi padre con folletos en el bolso, muy nerviosa, como si fuera a confesarle algo terrible.

Él ni siquiera quiso mirarlos.

—¿Me quieres meter a una residencia?

—No he dicho eso.

—Ya. Primero viene una señorita a casa y luego ya veremos.

Me enfadé. Le dije que no podía seguir disponible todos los días, que tenía derecho a salir, a dormir una noche fuera, a no mirar el teléfono con miedo. No levanté la voz hasta el final, pero la levanté. Él se puso muy serio. Me dijo que mi madre nunca habría hecho aquello.

Y ahí fui injusta. Le solté que mamá tampoco tuvo mucha elección en su vida, y que no quería acabar como ella, siempre cuidando a todo el mundo y dejando lo suyo para después.

En cuanto lo dije, vi que le había hecho daño. Mi padre bajó la cabeza y empezó a doblar y desdoblar un pañuelo de papel. No me pidió perdón, ni yo a él. Me fui diciendo que volvería el domingo.

No fui.

El lunes le instaló la teleasistencia una mujer muy amable llamada Begoña. Yo estaba trabajando, pero él me mandó una foto del colgante sobre la mesa del salón. Sin texto. Le respondí con un corazón, una cosa ridícula, y no contestó.

Desde entonces hablamos menos. Si le llamo, me dice que está bien y que no me preocupe. A veces escucho ruido de cubiertos y pienso que quizá está comiendo solo, enfadado conmigo, esperando que yo insista. Otras veces me digo que puede llamar a Nuria, a la teleasistencia o a un vecino si necesita algo. Que no soy la única persona del mundo capaz de cuidar de él.

El domingo pasado fui a verle. Llevé torrijas porque le gustan, aunque ya no era Semana Santa. Estaba en el salón viendo un partido sin mucho interés. Me preguntó por Marcos. Yo le pregunté si estaba usando el colgante.

—Sí, mujer, sí. No te preocupes tanto.

Eso fue todo.

Al irme, me dio un táper con lentejas para que me lo llevara. Lo tuve en el asiento del copiloto durante todo el camino de vuelta. Llegué a casa, lo guardé en la nevera y estuve un rato de pie en la cocina sin hacer nada.

No sé si estoy aprendiendo a poner límites o si simplemente estoy dejando solo a mi padre poco a poco. De momento, esta semana he quedado con Óscar el viernes. No he cancelado nada.