Cedió por no parecer borde con su vecina… hasta que dejó de sentirse a gusto en su propia casa
Lo último que hice antes de acostarme anoche fue comprobar dos veces que la cadena de la puerta estaba puesta.
No porque tenga miedo de que alguien entre a robar. Vivo en un tercero de un bloque bastante normal de Carabanchel, con un portal feo, un ascensor que se queda pensando entre plantas y una comunidad donde todo el mundo sabe quién ha recibido un paquete aunque nadie admita que mira por la mirilla.
La cadena la puse por costumbre desde hace unos meses. O, mejor dicho, desde que empecé a sentir que mi casa ya no era del todo mía.
Tengo 46 años, trabajo como técnico de mantenimiento en una empresa de climatización y vivo solo desde que me separé hace cinco años. No fue una separación horrible, dentro de lo que cabe. Mi exmujer se quedó en Alcorcón con nuestro hijo, que ya tiene diecisiete y viene algunos fines de semana, según exámenes, amigos y el humor que tenga. Yo no tengo una vida de película. Trabajo, hago la compra en el Día de la esquina, veo al chaval cuando puedo y los domingos voy a comer a casa de mi madre si no me toca guardia.
Precisamente por eso mi piso es importante para mí. Es pequeño, sesenta y pocos metros, pero está ordenado a mi manera. Me gusta llegar, ducharme, poner la radio bajita mientras cocino algo y no hablar con nadie si no me apetece. Durante bastante tiempo, eso me bastaba.
La vecina nueva se llama Nuria. Llegó al segundo hace casi un año con una niña de ocho años, Alba. Al principio me cayó bien. Ella es de estas personas que te cuentan cosas enseguida, no sé si por nervios o porque realmente son así. Que si se había separado, que si el alquiler estaba por las nubes, que si la niña aún no se adaptaba al colegio, que si su madre vivía en Fuenlabrada pero no podía ayudar mucho porque cuidaba de su marido.
El primer favor fue recibirle un paquete. Luego otro. Después, un día me pidió si podía esperar diez minutos con Alba en el portal porque llegaba tarde del trabajo y la niña tenía la llave olvidada dentro de casa. Diez minutos se convirtieron en cuarenta y cinco, pero bueno. La cría estaba sentada con una mochila enorme y me dio pena.
A partir de ahí, no sé en qué momento se lió todo.
Nuria empezó a escribirme por WhatsApp con bastante frecuencia. “Perdona que te moleste, ¿estás en casa?” A veces era por una cosa razonable: que si podía subir una garrafa de agua porque le dolía la espalda, que si le abría porque se había dejado las llaves, que si le guardaba una bolsa congelada mientras esperaba al repartidor.
Otras veces eran cosas que no entendía tanto. Una noche, a las once y media, me preguntó si tenía leche porque Alba no quería desayunar al día siguiente sin cereales. Otra, un sábado a las ocho de la mañana, me llamó al telefonillo para pedirme que bajara a ayudarle con una balda del salón. Yo estaba en la cama. Había llegado tarde de cenar con un compañero y ni siquiera había desayunado.
Bajé de todas formas.
Lo digo y me da hasta vergüenza. No porque ayudar esté mal, sino porque yo iba acumulando enfado y luego actuaba como si no pasara nada. Ella me daba las gracias, me decía “de verdad, eres un cielo”, y yo respondía “nada, mujer”. Después subía a mi casa con esa sensación de haberme dejado algo dentro, como cuando te muerdes la lengua y no puedes dejar de notarla.
Mi hijo fue el primero que me lo señaló. Estaba un viernes conmigo y habíamos pedido unas pizzas. Sonó el móvil tres veces mientras veíamos una serie. La tercera, él cogió mi teléfono de la mesa y vio el nombre.
—¿Otra vez Nuria?
—Necesita una cosa.
—Papá, siempre necesita una cosa.
Me molestó que lo dijera así, porque parecía que me estaba llamando tonto. Le solté que no costaba nada echar una mano a una madre sola. Él se encogió de hombros y siguió mirando la tele.
—Ya, pero tú también estás solo y nadie te llama para ver si necesitas algo.
No contesté. A los diez minutos fui a casa de Nuria a cambiarle una bombilla del baño.
La situación que me hizo explotar, aunque ni siquiera exploté de verdad, fue hace tres semanas. Era martes. Yo había tenido un día malo en el trabajo porque un cliente nos montó un numerito por una avería que no dependía de nosotros. Llegué a casa cerca de las nueve, con dolor de cabeza y una bolsa con pollo, pan y una ensalada de esas preparadas que luego están medio mustias.
Cuando estaba metiendo la llave, Nuria abrió su puerta.
—Menos mal que llegas. ¿Podrías quedarte con Alba una horita? Me ha llamado una amiga y está fatal, tengo que ir a verla.
Ni siquiera me preguntó si podía. Lo dijo como si ya estuviera claro.
Alba estaba detrás de ella con el pijama puesto, agarrando una tableta. Me miró sin decir nada. Y ahí fue donde me bloqueé, porque no quería dejar a la niña en medio. Pero también pensé: yo no soy su padre, ni su hermano, ni su canguro. No sé dónde va Nuria, no sé cuánto va a tardar y no quiero que mi noche dependa de una llamada de una amiga suya.
Le dije que no podía.
Así, sin explicación. Bueno, añadí que venía reventado, pero lo importante fue el no.
Nuria se quedó muy quieta. No me gritó. Casi habría sido más fácil si me hubiese gritado.
—Vale —dijo—. Perdona por pedirte nada.
Y cerró la puerta.
Yo entré en mi casa con el corazón acelerado, como si acabara de hacer una barbaridad. Ni cené. Me quedé mirando el móvil esperando un mensaje suyo. No llegó esa noche.
Al día siguiente sí. “Tranquilo, no volveré a molestarte.”
No sé por qué esa frase me hizo tanto daño. Porque, objetivamente, era justo lo que yo quería: que no me llamara para todo. Pero leí reproche, tristeza, quizá hasta desprecio. Me imaginé que estaría hablando de mí con otras vecinas, diciendo que era un seco, que dejé tirada a una madre con una niña. Me pasé dos días saludando en el portal con una sonrisa ridícula, como si tuviera que demostrar que seguía siendo buena persona.
Desde entonces Nuria no me ha pedido nada. Si coincidimos, es correcta, incluso amable, pero está distinta. Alba a veces me dice hola y otras baja la mirada. Puede que yo esté exagerando y la niña simplemente tenga ocho años y vaya en su mundo. Sé que no todo gira alrededor de mí. Aun así, me cuesta.
El domingo pasado encontré una nota en mi buzón. Era de Nuria. Ponía: “Gracias por lo que has hecho estos meses. Me acostumbré a contar contigo y no era justo. Ya me organizaré.”
La guardé en el bolsillo y me fui a comprar pan. Luego la dejé encima de la encimera, junto a unos recibos. No le he contestado.
He pensado en llamar a su puerta y decirle que no quería hacerle daño, que si alguna vez hay una urgencia de verdad puede contar conmigo. Pero también me da miedo volver a dejar la puerta abierta a lo mismo de antes, a que una urgencia sea una balda, una bolsa congelada o que no le apetezca estar sola.
Ayer, cuando puse la cadena, me sentí tranquilo durante un segundo. Después me sentí culpable por sentirme tranquilo.
Y ahí sigue la nota, debajo del frutero, porque no sé muy bien qué se supone que tengo que hacer con ella.