El silencio de Lucía: Cuando el amor de abuela se pone a prueba
—No quiero ir, abuela. No quiero volver a casa hoy.
La voz de Lucía, mi nieta de doce años, temblaba mientras apretaba su mochila contra el pecho. Era un martes cualquiera en Madrid, pero para mí, aquel instante partió mi vida en dos. Miré sus ojos grandes, llenos de lágrimas contenidas, y sentí cómo se me desgarraba el alma. ¿Cómo podía ser que mi propia hija, Marta, no viera el dolor de su hija?
—¿Qué ha pasado esta vez, cariño? —le pregunté, intentando que mi voz no temblara tanto como mis manos.
Lucía bajó la mirada. —Mamá solo quiere a Diego. Siempre es Diego esto, Diego lo otro. Si saco un ocho en mates, ni lo mira. Pero si Diego hace un dibujo, lo cuelga en la nevera y llama a la abuela Pilar para contárselo.
Me quedé callada. No era la primera vez que escuchaba algo así, pero cada vez dolía más. Recordé cuando Marta era pequeña y yo juré que nunca haría diferencias entre mis hijos. Pero ahora veía cómo el ciclo se repetía, solo que esta vez yo era la abuela impotente.
—¿Y tu padre? —pregunté con cautela.
—Papá está siempre trabajando. Cuando llega, solo pregunta si Diego ha hecho los deberes. A mí ni me mira —susurró Lucía.
La rabia me subió por dentro como una ola. ¿Cómo podía ser que nadie viera a Lucía? ¿Cómo podía ser que mi nieta sintiera que no valía nada?
Esa noche, después de dejar a Lucía en casa con la promesa de que la llamaría al día siguiente, me senté en la cocina con mi marido, Antonio. Él me miró con esa mezcla de resignación y cariño que solo tienen los hombres que han visto demasiado.
—No puedes meterte, Carmen —me dijo—. Ya sabes cómo es Marta. Si le dices algo, se pondrá a la defensiva y te dirá que no te metas en cómo cría a sus hijos.
—¿Y qué hago entonces? ¿Me quedo mirando cómo Lucía se apaga? ¿Cómo deja de sonreír? —le respondí con lágrimas en los ojos.
Antonio suspiró. —Habla con Marta, pero con cuidado. Y si hace falta, tráete a Lucía aquí unos días. Que respire.
Al día siguiente llamé a Marta. Su voz sonaba cansada y distante.
—Mamá, no empieces —me cortó nada más mencionar a Lucía—. Está en esa edad tonta. Todo le parece mal.
—Marta, escúchame —insistí—. Lucía necesita sentirse vista. No puedes centrarte solo en Diego.
—¡Siempre igual! —gritó al otro lado del teléfono—. ¿Por qué tienes que meterte? ¡No sabes lo difícil que es criar sola mientras Pedro trabaja todo el día!
Colgó antes de que pudiera decir nada más. Me quedé mirando el teléfono como si fuera un objeto extraño. ¿En qué momento mi hija se había convertido en esa mujer fría y distante?
Los días pasaron y Lucía empezó a inventar excusas para quedarse más tiempo conmigo: deberes, proyectos del colegio, hasta dolores de barriga fingidos para no irse a casa. Un viernes por la tarde, mientras preparábamos croquetas juntas, me miró con una seriedad impropia de su edad.
—Abuela, ¿puedo vivir contigo?
Sentí un nudo en la garganta tan fuerte que apenas pude hablar.
—¿Por qué dices eso, cielo?
—Aquí me siento bien. En casa… siento que sobro.
No supe qué responderle. Esa noche no dormí pensando en lo que debía hacer. ¿Tenía derecho a intervenir? ¿Y si Marta se enfadaba tanto que me prohibía ver a Lucía?
El domingo invité a toda la familia a comer. Preparé cocido madrileño y puse la mesa como si fuera Navidad. Quería crear un ambiente cálido para hablar con Marta sin reproches.
Durante la comida, Diego acaparó toda la atención con sus historias del colegio y sus dibujos nuevos. Marta reía y le acariciaba el pelo mientras Lucía jugaba con los garbanzos en silencio.
En un momento dado, me armé de valor:
—Lucía ha sacado un sobresaliente en inglés esta semana —dije mirando a Marta.
Marta apenas levantó la vista del plato.
—Ah, muy bien —respondió distraída.
Vi cómo los ojos de Lucía se llenaban de lágrimas y tuve que contenerme para no gritarle a mi propia hija delante de todos.
Después del postre, llevé a Marta aparte a la terraza.
—Marta, tienes que escucharme —le dije con voz firme—. Estás perdiendo a tu hija y ni siquiera te das cuenta.
Ella me miró desafiante.
—¿Ahora resulta que soy mala madre? ¿Eso piensas?
—No eres mala madre —le respondí—. Pero estás haciendo daño sin quererlo. Lucía necesita tu amor tanto como Diego.
Marta rompió a llorar por primera vez en años.
—No sé cómo hacerlo, mamá. Diego siempre está enfermo o necesita algo… Y Lucía es tan callada… Me siento desbordada.
La abracé fuerte.
—Pide ayuda si la necesitas. Pero no pierdas a tu hija por el camino.
Esa noche recibí un mensaje de Lucía: “Gracias por intentarlo, abuela”.
Pasaron semanas difíciles. Marta empezó terapia familiar y poco a poco intentó acercarse a Lucía. No fue fácil; las heridas tardan en cerrar y aún hoy hay días en los que siento que todo puede romperse otra vez.
Pero aprendí algo: el amor de abuela también es lucha silenciosa y dolorosa. Y aunque no siempre podamos salvarlos de todo, sí podemos ser refugio cuando más lo necesitan.
A veces me pregunto: ¿Cuántas familias viven esto en silencio? ¿Cuántas Lucías hay esperando ser vistas antes de apagarse del todo?