Después de la despedida: Lo que mi suegra nunca me dijo en vida
—¿Por qué nunca eres suficiente, Lucía? —me pregunté mientras sostenía el sobre amarillento entre las manos temblorosas. El eco de las voces en el salón apenas llegaba a mis oídos; todos estaban ocupados recordando a Carmen, mi suegra, la matriarca indiscutible de la familia García. Yo, en cambio, estaba sola en el despacho, enfrentándome a la última palabra que ella había decidido dejarme.
Treinta y dos años. Treinta y dos años siendo la nuera perfecta: discreta, educada, siempre un paso por detrás. Desde el primer día supe que no era la mujer que Carmen habría elegido para su único hijo, Álvaro. Ella soñaba con una abogada de familia bien, alguien como Teresa, la hija del notario del barrio de Salamanca. Pero Álvaro se enamoró de mí, una chica de Vallecas, hija de un taxista y una costurera. Nunca me lo perdonó.
Recuerdo la primera vez que fui a cenar a su casa. La mesa estaba impecable, la vajilla de porcelana relucía bajo la luz del comedor y Carmen me miraba como si cada gesto mío fuera una prueba. —¿Te gusta el cordero? —preguntó con esa sonrisa afilada—. Es una receta de mi madre, claro, nada que ver con lo que se come por ahí. Yo asentí, tragando saliva. Sabía que cualquier respuesta sería juzgada.
Con el tiempo aprendí a moverme en su mundo: a no hablar demasiado, a no contradecirla nunca delante de los demás, a agradecer cada consejo aunque fuera una crítica disfrazada. Cuando nacieron mis hijos, Paula y Sergio, Carmen se convirtió en una abuela entregada… pero siempre dejando claro que todo lo bueno venía de su lado de la familia. —Sergio tiene mis ojos —decía—. Y Paula esa inteligencia tan García…
Álvaro intentaba mediar, pero era inútil. —Es su forma de ser —me decía en voz baja—. No te lo tomes a pecho. Pero ¿cómo no hacerlo? Cada Navidad era una coreografía de silencios y sonrisas forzadas; cada cumpleaños, una oportunidad para recordarme que yo era solo la nuera.
El año pasado Carmen enfermó. El cáncer llegó rápido y se la llevó aún más deprisa. En el hospital, cuando ya apenas podía hablar, me miró con una mezcla de cansancio y algo parecido al arrepentimiento. —Cuida de Álvaro… —susurró—. Él te necesita más de lo que crees. No supe qué responderle.
Hoy, tras el funeral, mientras todos compartían anécdotas sobre lo buena madre y abuela que había sido, yo encontré el sobre en su escritorio. Mi nombre escrito con su letra firme: «Lucía». Dudé antes de abrirlo.
«Querida Lucía:
No sé si alguna vez podré explicarte todo lo que he sentido estos años. Cuando Álvaro te eligió, sentí miedo. Miedo a perder mi lugar en su vida, miedo a que no supieras cuidar de él como yo lo hacía. Fui injusta contigo muchas veces; lo sé. Pero también vi cómo luchabas por esta familia, cómo te esforzabas por encajar sin perder tu esencia.
No soy buena expresando cariño, nunca lo fui. Pero quiero que sepas que admiro tu fortaleza y tu paciencia. Gracias por querer a mis nietos como si fueran solo tuyos; gracias por cuidar de Álvaro incluso cuando yo te lo ponía difícil.
Ojalá hubiera sabido decírtelo antes.
Carmen»
Las lágrimas caían sobre el papel mientras leía y releía esas palabras. ¿Era esto suficiente para borrar años de distancia? ¿Podía perdonar ahora que ya no estaba?
Paula entró en el despacho sin hacer ruido.
—¿Estás bien, mamá?
Me limpié las lágrimas rápidamente.
—Sí, cariño… Solo estaba recordando a tu abuela.
Ella se acercó y me abrazó fuerte.
—Siempre fuiste muy valiente con ella.
Miré a mi hija y sentí un nudo en el pecho. ¿Había valido la pena tanto esfuerzo? ¿Había hecho bien en callar tantas veces por mantener la paz?
Esa noche, mientras cenábamos los cuatro en silencio, sentí por primera vez que algo había cambiado. Carmen ya no estaba para juzgarme; ahora solo quedaba mi propia voz.
¿De verdad es tan difícil amar sin condiciones? ¿O simplemente nos pasamos la vida esperando un reconocimiento que nunca llega? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?