Entre la culpa y el amor: El día que llevé a mi padre a la residencia
—¡Eres una egoísta, Marta! ¡Papá no se merece esto! —gritó Lucía, su voz temblando de rabia y lágrimas al otro lado del teléfono.
Me quedé en silencio, apretando el móvil con tanta fuerza que sentí cómo me dolían los nudillos. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales del salón, y el reloj de pared marcaba las siete y media de la tarde. Papá ya no estaba en su sillón favorito; el hueco vacío parecía burlarse de mí.
—No podía más, Lucía… —susurré, pero ella ya había colgado.
Me dejé caer en el sofá, sintiendo el peso de los últimos meses aplastándome el pecho. Papá había sido siempre el pilar de nuestra familia. Un hombre fuerte, de esos que nunca se quejan, que arreglan todo con sus manos y su paciencia. Pero desde que mamá murió hace dos años, algo en él se rompió. Al principio eran pequeños olvidos: las llaves, la cartera, el nombre de algún vecino. Luego vinieron las noches en vela, los paseos sin rumbo por el barrio, las llamadas de la policía porque lo habían encontrado desorientado en la plaza Mayor.
Mis hermanos y yo intentamos turnarnos para cuidarle. Lucía venía los fines de semana desde Salamanca; Andrés, cuando podía escaparse del trabajo en Valencia. Pero al final, todo recaía sobre mí. Yo vivía en Madrid, a veinte minutos en metro de la casa de papá. Cada día era una batalla: convencerle para ducharse, para comer, para tomar la medicación. Y cada noche me iba a casa con el corazón encogido y la sensación de estar fallando en todo.
La gota que colmó el vaso llegó una tarde de marzo. Volví del trabajo y encontré la cocina llena de humo. Papá había puesto una olla al fuego y se había olvidado por completo. Cuando abrí la puerta, él estaba sentado en la mesa, mirando fijamente la pared, como si no entendiera qué pasaba.
—¿Papá? ¿Estás bien? —le pregunté, intentando no sonar asustada.
Él me miró con esos ojos grises que siempre habían sido tan vivos y ahora parecían perdidos en otro mundo.
—¿Quién eres? —me dijo.
Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Aquella noche lloré hasta quedarme dormida.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de médicos, pruebas y diagnósticos. Alzheimer avanzado. La palabra sonaba como una condena. El médico fue claro: “Necesita supervisión constante. Esto va a ir a más”.
Intenté aguantar. Pedí reducción de jornada en el trabajo, contraté a una señora para que viniera por las mañanas. Pero papá se ponía agresivo con los desconocidos; un día incluso empujó a la cuidadora por las escaleras. Me sentí sola, agotada y culpable por pensar que no podía más.
Hablé con mis hermanos. Andrés dijo que no podía dejar su trabajo; Lucía insistió en que debíamos buscar otra solución, pero ninguna propuesta era realista. Yo era la única que veía a papá cada día, la única que limpiaba sus accidentes, que soportaba sus gritos cuando no reconocía su propia casa.
Una tarde, después de encontrarle intentando salir descalzo a la calle bajo la lluvia, tomé la decisión. Llamé a una residencia cerca de casa, una con buenas referencias y personal especializado. Me temblaban las manos mientras firmaba los papeles.
El día que llevamos a papá fue uno de los peores de mi vida. Él no entendía nada; preguntaba por mamá y por qué le llevábamos allí. Lucía lloraba y me miraba como si fuera una traidora; Andrés evitaba mi mirada.
—Esto es lo mejor para él —intenté convencerme mientras veía cómo una auxiliar le ayudaba a instalarse en su nueva habitación.
Las primeras semanas fueron un infierno. Lucía me llamaba cada día para reprocharme lo que había hecho:
—Tú solo piensas en ti. ¿Cómo has podido abandonarle así?
Andrés apenas hablaba conmigo; solo mandaba mensajes fríos preguntando por el estado de papá.
Yo iba a verle cada tarde después del trabajo. Al principio él apenas me reconocía; otras veces me confundía con mamá o con su hermana fallecida hace años. Pero poco a poco fue adaptándose. Los auxiliares me decían que estaba más tranquilo, que comía mejor y dormía sin sobresaltos.
Aun así, cada vez que salía de la residencia sentía una punzada de culpa tan fuerte que me costaba respirar.
Una tarde cualquiera, mientras le ayudaba a peinarse frente al espejo, papá me miró fijamente y sonrió:
—Gracias por venir, hija —me dijo con voz suave.
Me eché a llorar allí mismo, sin poder evitarlo.
Ahora han pasado tres meses desde aquel día. Lucía sigue sin hablarme; Andrés ha venido un par de veces a Madrid pero evita el tema siempre que puede. Yo sigo visitando a papá cada día, aunque a veces no sé si lo hago por él o por mí misma.
A veces me pregunto si hice lo correcto o si simplemente elegí el camino más fácil para mí. ¿Es egoísmo querer vivir mi vida sin sentirme prisionera del cuidado constante? ¿O es amor reconocer mis límites y buscar lo mejor para él?
¿Vosotros qué haríais? ¿Alguna vez habéis sentido esa culpa que te ahoga aunque sepas que has hecho lo correcto?