El día que mi hijo me rompió el corazón: una historia de traición y esperanza

—¿Dónde está el dinero, Alejandro? —mi voz temblaba, pero no de miedo, sino de una rabia que me quemaba por dentro.

Él no me miraba. Tenía la cabeza gacha, los nudillos blancos de apretar el móvil. El salón olía a café frío y a desesperación. Afuera, Madrid hervía bajo el sol de julio, pero dentro de casa todo era invierno.

—Mamá, yo… —balbuceó, y en ese momento supe que era verdad. Que no era un error del banco, ni un olvido mío. Mi hijo, mi niño, había vaciado la cuenta donde guardaba los ahorros de toda una vida. El dinero que guardaba para cuando me jubilara, para ayudarle a él si algún día lo necesitaba…

Me senté en el sofá, sintiendo que las piernas me fallaban. Recordé cuando Alejandro era pequeño y venía corriendo a abrazarme después del colegio, con las rodillas llenas de tierra y los ojos brillando de ilusión. ¿En qué momento se había roto todo?

—¿Por qué lo has hecho? —pregunté, apenas un susurro.

Él levantó la mirada. Tenía los ojos rojos, la cara desencajada.

—No podía más, mamá. Debía dinero… Me amenazaron. No sabía a quién acudir.

Las palabras me golpearon como piedras. ¿Cómo no había visto nada? ¿En qué momento mi hijo se había perdido en ese mundo de apuestas y mentiras?

Durante semanas viví en una niebla espesa. No dormía. No comía. Mi hermana Lucía venía cada día a verme y me decía:

—Carmen, tienes que ser fuerte. Pero también tienes que pensar en ti.

Pero ¿cómo pensar en mí cuando sentía que me habían arrancado el corazón?

La familia se dividió. Mi hermano Antonio decía que debía denunciarle. Mi madre, desde su residencia en Toledo, lloraba por teléfono y me suplicaba que no lo hiciera.

—Es tu hijo, Carmen. Los hijos se equivocan…

Pero yo no podía dejar de pensar en las noches en las que Alejandro llegaba tarde, en las llamadas misteriosas, en los mensajes borrados del móvil. Todo encajaba ahora como un puzle macabro.

Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, vi a Alejandro sentado en el portal. Llevaba días sin aparecer por casa. Parecía más joven y más viejo al mismo tiempo.

—Mamá —dijo cuando me vio—. Sé que no merezco tu perdón. Pero necesito ayuda.

Me quedé quieta, con las sábanas limpias apretadas contra el pecho. Quise gritarle todo el dolor que sentía, pero solo pude llorar.

—¿Por qué no confiaste en mí antes? —le pregunté entre sollozos.

Él bajó la cabeza.

—Me daba vergüenza. No quería decepcionarte…

La palabra decepción flotó entre nosotros como una nube negra. ¿Cómo se reconstruye una relación después de algo así?

Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Alejandro empezó terapia para su adicción al juego; yo acudí a un grupo de apoyo para familiares de ludópatas en el centro de salud del barrio. Allí escuché historias peores que la mía: padres arruinados, matrimonios rotos, hijos en la cárcel.

Pero también escuché historias de esperanza: familias que habían conseguido salir adelante, hijos que habían pedido perdón y habían cambiado.

Una noche, mientras cenábamos juntos —la primera vez en meses— Alejandro me miró a los ojos y dijo:

—No sé si algún día podrás perdonarme, mamá. Pero quiero intentarlo. Quiero ser el hijo que mereces.

Me rompí por dentro otra vez. Porque le quería con toda mi alma, pero también sentía rabia, miedo y desconfianza.

En Navidad, la familia se reunió en casa de Lucía. Nadie hablaba del tema abiertamente, pero todos lo sabían. Mi sobrino Marcos le evitaba; mi cuñada Susana apenas le dirigía la palabra. Yo sentí el peso de todas las miradas sobre nosotros.

Esa noche, al volver a casa, Alejandro me abrazó por primera vez desde la traición.

—Gracias por no rendirte conmigo —susurró.

No respondí. Solo le apreté fuerte, como cuando era niño y tenía miedo a la oscuridad.

Hoy han pasado seis meses desde aquel día fatídico. El dinero no ha vuelto —ni volverá— pero poco a poco hemos empezado a reconstruir algo parecido a la confianza. Hay días buenos y días malos; días en los que le miro y veo al niño que fui capaz de proteger de todo… menos de sí mismo.

A veces me pregunto si hice bien en perdonarle o si debería haberle dejado marchar para siempre. ¿Hasta dónde llega el amor de una madre? ¿Dónde está el límite entre proteger y permitir que te hagan daño?

¿Vosotros qué haríais? ¿Perdonaríais una traición así o pondríais distancia? Porque yo aún no tengo todas las respuestas.