Cuando Lucía Decidió Volar Sola: El Día Que Mi Mundo Cambió
—Mamá, no te asustes, pero necesito contarte algo. He dejado a Sergio. Me voy a vivir sola.
La voz de Lucía temblaba al otro lado del teléfono. Yo estaba en la cocina, pelando patatas para la cena, mientras el crepitar del aceite llenaba el silencio de la casa. Mi marido, Manuel, leía el periódico en la mesa, ajeno a la tormenta que se avecinaba. Sentí cómo el cuchillo se me resbalaba entre los dedos y el corazón me dio un vuelco.
—¿Cómo que te vas sola? ¿Y Sergio? ¿Y tu vida en Valencia? —pregunté, intentando que mi voz no sonara tan rota como me sentía.
Lucía suspiró. —Mamá, necesito encontrarme. No soy feliz. No quiero seguir viviendo una vida que no es mía. Me voy a Madrid, he encontrado un piso pequeño en Lavapiés. No quiero que te preocupes, estoy bien.
No podía creerlo. Mi hija, la que siempre había hecho todo «como Dios manda», la que se casó por la iglesia con un vestido blanco y una sonrisa nerviosa, ahora me decía que lo dejaba todo atrás. Sentí rabia, miedo y una punzada de culpa. ¿En qué había fallado como madre?
Manuel levantó la vista del periódico al ver mi cara desencajada.
—¿Qué pasa, Carmen? —preguntó.
No supe qué decirle. Me limité a pasarle el teléfono y salir al patio, donde el aire fresco de la sierra de Segovia me golpeó en la cara. Miré las montañas al fondo y sentí que mi mundo se desmoronaba.
Esa noche apenas dormí. Recordé cuando Lucía era pequeña y corría por los campos detrás de las gallinas, cuando lloraba porque no quería irse a estudiar a Salamanca y yo le decía que tenía que volar lejos para crecer. ¿Era esto lo que quería para ella? ¿Que sufriera sola en una ciudad enorme?
A la mañana siguiente, Manuel y yo discutimos por primera vez en años.
—¡Siempre has sido demasiado blanda con ella! —me gritó él—. Si le hubieras puesto límites, ahora no estaría haciendo estas locuras.
—¡No es una locura! Es su vida —le respondí, aunque por dentro dudaba de mis propias palabras.
Los días siguientes fueron una mezcla de llamadas nerviosas, mensajes sin respuesta y silencios incómodos. Mi hermana Pilar vino a verme y me abrazó fuerte.
—Carmen, déjala. Las hijas tienen que equivocarse para aprender. ¿No recuerdas cuando tú te escapaste con papá para casarte con Manuel?
Me reí entre lágrimas. Era cierto: yo también había roto las reglas de mi madre, aunque ahora me pareciera imposible.
Pero el pueblo no perdona ni olvida. Pronto empezaron los murmullos en la panadería:
—¿Te has enterado de lo de la hija de Carmen? Dicen que ha dejado al marido y se ha ido sola a Madrid…
Sentí vergüenza y rabia. ¿Por qué tenía que importarles? ¿Por qué las mujeres siempre somos juzgadas por cada paso?
Una tarde, Lucía me llamó llorando.
—Mamá, no sé si he hecho bien. Echo de menos todo… hasta el olor del campo. Pero aquí nadie me conoce, nadie espera nada de mí. Por primera vez siento que puedo respirar.
Me dolió escucharla así, pero también sentí orgullo. Mi hija era valiente, aunque yo no lo fuera tanto.
Un día decidí ir a verla sin avisar. Cogí el tren a Madrid con el corazón encogido y una bolsa llena de croquetas y mermelada casera. Cuando llegué a su piso diminuto, Lucía me abrió con los ojos hinchados pero una sonrisa sincera.
—Mamá…
Nos abrazamos largo rato. Miré su casa: libros apilados en el suelo, una planta medio muerta en la ventana y un cuadro torcido en la pared. Era humilde, pero era suyo.
Esa noche hablamos hasta tarde. Me contó cosas que nunca se había atrevido a decirme: lo sola que se sentía en su matrimonio, las veces que fingió ser feliz para no preocuparnos, el miedo a decepcionarnos.
—Siempre pensé que si hacía todo bien, si seguía las normas… sería feliz —me confesó—. Pero no era mi vida, mamá. Era la vida que todos esperaban de mí.
La abracé fuerte y lloramos juntas. Por primera vez entendí que ser madre no es proteger siempre; a veces es dejar ir aunque duela.
Al volver al pueblo, Manuel me preguntó cómo estaba nuestra hija.
—Está creciendo —le dije—. Y nosotros también deberíamos aprender a hacerlo.
Ahora hablo con Lucía cada semana. A veces llora, otras veces ríe contando anécdotas del metro o del mercado de Antón Martín. Yo sigo preocupada, claro; soy madre y nunca dejaré de serlo. Pero he aprendido a confiar en ella y en sus decisiones.
A veces me pregunto: ¿cuántas madres hay como yo, temiendo perder a sus hijas cuando lo único que hacen es encontrarse a sí mismas? ¿Y si dejar volar es el mayor acto de amor?