Silencio entre madre e hija: Dos años de ausencia
—¿Por qué no me llama? —me pregunté en voz alta, mientras removía el azúcar en mi café, sentada frente a la ventana empañada por la lluvia de noviembre. El reloj marcaba las seis y media, y el silencio de mi piso era tan denso que podía escuchar el latido de mi propio corazón. Hace dos años que Lucía, mi única hija, no me llama ni me escribe. Ni un mensaje, ni una postal en Navidad. Nada.
A veces pienso que la culpa es mía. Otras veces, me convenzo de que ella es demasiado orgullosa. Pero la verdad es que no sé en qué momento se rompió todo. Recuerdo la última vez que hablamos: fue una discusión absurda sobre su pareja, Sergio. Yo nunca lo soporté, y ella lo sabía. Aquella tarde, después de gritarme que siempre la juzgaba, salió dando un portazo. Desde entonces, silencio.
Mi vecina Carmen suele decirme que los hijos vuelven siempre a casa, pero yo no estoy tan segura. Carmen tiene tres hijos y seis nietos; su casa siempre está llena de risas y carreras. La mía huele a café frío y a libros viejos. A veces, cuando la soledad aprieta demasiado, bajo al mercado y compro churros para invitarla a merendar. Ella me escucha, pero nunca pregunta por Lucía. Hasta hoy.
—Clara, ¿no tienes familia? —me preguntó Carmen mientras partía un trozo de bizcocho.
Sentí un nudo en la garganta. Dudé unos segundos antes de responder.
—Tengo una hija —dije finalmente—, pero hace dos años que no sé nada de ella.
Carmen me miró con esos ojos suyos tan sinceros y asintió en silencio. No hizo falta decir nada más.
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces a mirar el móvil, por si acaso había algún mensaje perdido entre las notificaciones del banco y las ofertas del supermercado. Nada. Me senté en la cama y abrí el cajón donde guardo las fotos antiguas: Lucía con su uniforme del colegio, Lucía en la playa de San Sebastián, Lucía soplando las velas de su décimo cumpleaños. ¿En qué momento se convirtió en una extraña?
Recuerdo cuando era pequeña y venía corriendo a abrazarme después del colegio. Siempre tenía algo que contarme: una pelea con su amiga Marta, una nota buena en matemáticas, un dibujo para colgar en la nevera. Yo trabajaba muchas horas como enfermera en el hospital, pero siempre encontraba tiempo para escucharla antes de dormir.
Pero los años pasaron y Lucía cambió. Se volvió reservada, contestona. Empezó a salir con Sergio cuando tenía diecisiete años y desde entonces todo fue cuesta abajo entre nosotras. Él era mayor que ella, tenía malas compañías y nunca trabajaba más de dos meses seguidos. Yo solo quería protegerla, pero ella lo interpretó como un ataque constante.
La última discusión fue la peor. Recuerdo cada palabra como si estuviera grabada en mi piel:
—¡Siempre estás criticando a Sergio! ¡Nunca te parece bien nada! —gritó Lucía.
—No quiero verte sufrir —le respondí yo, con la voz temblorosa—. Ese chico no te conviene.
—¡No tienes ni idea! ¡Déjame vivir mi vida!
Y entonces se fue. Desde aquel día, ni una llamada, ni un mensaje. Solo silencio.
He intentado llamarla cientos de veces. Al principio me contestaba el buzón de voz; luego dejó de sonar siquiera el tono. Le he escrito cartas que nunca he enviado, mensajes que nunca he recibido respuesta. He preguntado por ella a sus amigas, pero todas me dicen lo mismo: “Está bien, Clara, solo necesita tiempo”. ¿Cuánto tiempo necesita una hija para perdonar a su madre?
El mes pasado cumplí 68 años. Nadie vino a felicitarme salvo Carmen y mi hermana Pilar, que vive en Zamora y apenas puede moverse ya. Me senté frente a la tarta y soplé las velas sola, pidiendo el mismo deseo de siempre: que Lucía vuelva a casa.
A veces pienso en ir a buscarla a Madrid, donde sé que vive con Sergio. Pero me da miedo encontrarme con una puerta cerrada o con una mirada fría que no reconozco. Me da miedo enfrentarme a todo lo que no supe hacer bien como madre.
Hace unos días encontré una carta vieja de Lucía entre mis cosas. Era del verano en que se fue de campamento por primera vez:
“Te echo de menos, mamá. No te preocupes por mí. Te quiero mucho”.
La leí tantas veces que el papel casi se deshace entre mis dedos.
Hoy he decidido escribirle otra carta:
“Querida Lucía,
Sé que han pasado dos años desde la última vez que hablamos. No sé si algún día leerás esto o si te importará lo que tengo que decirte, pero necesito pedirte perdón. Perdón por no saber escucharte cuando más lo necesitabas, por querer protegerte tanto que acabé alejándote de mí. Solo quiero que sepas que aquí tienes tu casa y a tu madre esperándote siempre.
Con amor,
Mamá”.
No sé si la enviaré o si acabará guardada en el mismo cajón donde duermen los recuerdos felices.
A veces Carmen me dice que no pierda la esperanza, que los hijos siempre vuelven cuando menos te lo esperas. Pero yo ya no sé si esperar o aprender a vivir con este vacío.
¿En qué momento dejamos de entendernos? ¿Cuánto orgullo cabe entre una madre y una hija? ¿Alguna vez podré abrazarla otra vez?
¿Vosotros qué haríais? ¿Buscaríais a vuestra hija o esperaríais a que ella diera el primer paso?