Me duele tanto: Mis padres solo me han utilizado

—¿Otra vez vas a quedarte ahí sentado mientras tu padre y yo nos rompemos la espalda para llegar a fin de mes?— La voz de mi madre, Carmen, retumbó en el pasillo, atravesando la puerta de mi habitación como una ráfaga de viento helado. Era sábado por la mañana y yo intentaba estudiar para el examen de oposiciones, pero el eco de sus palabras me hizo cerrar el libro de golpe.

Mi padre, Antonio, apareció detrás de ella, con el ceño fruncido y la mirada cansada. —Mira, Luis, no te pedimos mucho. Solo que ayudes un poco más. ¿No ves cómo está todo? La luz, el gas… ¿Tú sabes lo que cuesta llenar la nevera?—

No respondí. Sabía que cualquier palabra sería usada en mi contra. Desde que cumplí los dieciocho, mis padres habían encontrado en mí una especie de salvavidas económico. Al principio era solo para «cosas puntuales»: una factura atrasada, un recibo del coche. Pero con los años, la lista creció: la hipoteca, la compra semanal, incluso las vacaciones de verano en Benidorm que tanto les gustaban.

Recuerdo la primera vez que me pidieron dinero. Tenía diecinueve años y trabajaba los fines de semana en una cafetería del centro. Mi madre se sentó a mi lado en el sofá y me tomó la mano:

—Luisito, cariño, este mes no llegamos. ¿Podrías prestarnos algo? Te lo devolveremos en cuanto cobre tu padre.

Nunca devolvieron nada. Y nunca dejaron de pedir.

A veces me pregunto si alguna vez fui hijo o simplemente un cajero automático con sentimientos. Mis amigos —Sergio, Marta y Elena— no entienden por qué nunca salgo con ellos o por qué siempre estoy preocupado por el dinero. No saben que cada vez que cobro mi nómina, mi madre ya tiene calculado cuánto puede pedirme sin que yo proteste demasiado.

El año pasado intenté hablarlo con mi hermana mayor, Lucía. Ella vive en Valencia y apenas llama. Cuando le conté lo que pasaba, suspiró al otro lado del teléfono:

—Luis, mamá siempre ha sido así. Yo me fui porque no podía más. Haz tu vida y deja de cargar con lo que no te corresponde.

Pero yo no podía irme. No podía dejarles solos. ¿Y si se enfadaban? ¿Y si les pasaba algo?

Una noche, después de otra discusión sobre el dinero de la compra, mi padre me miró con una mezcla de rabia y tristeza:

—¿Para qué tienes trabajo si no es para ayudar a tu familia? Nosotros te lo hemos dado todo.

Esa frase me persiguió durante semanas. Me sentía egoísta por querer ahorrar para independizarme o comprarme un coche. Me sentía culpable por soñar con una vida lejos de ellos.

Un día, mientras esperaba el autobús para ir al trabajo, vi a una madre abrazando a su hijo pequeño. Reían juntos, sin preocupaciones. Sentí una punzada en el pecho. ¿Por qué yo no podía tener eso? ¿Por qué mis padres solo veían en mí una solución a sus problemas?

La situación empeoró cuando mi padre perdió su empleo en la fábrica. Las discusiones se volvieron diarias. Mi madre lloraba en la cocina mientras hacía cuentas con una libreta vieja.

—Luis, si no nos ayudas este mes nos echan de casa —me dijo una noche entre sollozos.

Le di todo lo que tenía ahorrado. Me quedé sin nada. Ni siquiera pude comprarme los libros para las oposiciones.

Empecé a sentir rabia. Rabia hacia ellos, pero sobre todo hacia mí mismo por permitirlo. Un día, después de otra petición desesperada de dinero, exploté:

—¡No soy vuestro banco! ¡Soy vuestro hijo! ¿Alguna vez os habéis preguntado cómo me siento yo?

Mi madre se quedó en silencio. Mi padre bajó la mirada. Por primera vez vi miedo en sus ojos.

Esa noche dormí mal. Me sentía mal por haberles gritado, pero también aliviado por haber dicho lo que llevaba años callando.

Al día siguiente, mi madre me dejó una nota en la mesa:

«Luisito, perdona si te hemos hecho sentir así. Solo queremos lo mejor para todos. Pero a veces no sabemos hacerlo bien.»

No sé si fue sincera o solo otra forma de manipulación emocional. Desde entonces intento poner límites, aunque me cuesta mucho.

Hoy he decidido escribir esto porque necesito entender si lo que siento es normal o si soy un mal hijo por querer vivir mi vida sin cargar con las deudas y frustraciones de mis padres.

¿Hasta dónde llega la obligación de un hijo? ¿Cuándo deja de ser ayuda y se convierte en abuso? ¿Alguien más ha sentido alguna vez que su familia solo le quiere por lo que puede darles?