Siete Noches Sin Dormir: Cuando El Amor Se Rompe En Silencio

—¿Por qué no puedes entenderme, Raúl? —le grité aquella noche, con la voz rota y los ojos llenos de lágrimas. Nuestra hija, Lucía, lloraba en la habitación contigua, y yo sentía que el mundo se me venía encima. Raúl me miró con una mezcla de cansancio y rabia, los ojos hundidos por las noches sin dormir, la mandíbula apretada como si contuviera todas las palabras que no se atrevía a decirme.

—No puedo más, Marta. No puedo seguir así —susurró, casi inaudible, antes de cerrar la puerta tras de sí. El portazo resonó en el piso como un trueno en mitad del silencio. Y así empezó todo: siete noches sin dormir, siete noches sin Raúl.

La primera noche fue la peor. Me senté en el borde de la cama, abrazando a Lucía mientras ella sollozaba sin consuelo. Miré el móvil cada cinco minutos esperando un mensaje, una llamada, cualquier señal de vida. Nada. Solo el eco del silencio y el tictac del reloj en la pared del salón. Mi madre vino al día siguiente, trayendo una tortilla de patatas y su habitual mezcla de reproches y cariño.

—Hija, los hombres son así. Se rompen y se van. Pero tú tienes que ser fuerte por Lucía —me dijo mientras recogía los platos y miraba de reojo las fotos de nuestra boda en la estantería.

No podía evitar preguntarme si tenía razón. ¿Estaba Raúl roto? ¿O simplemente había dejado de quererme? Las noches siguientes fueron una sucesión de rutinas agotadoras: biberones a las tres de la mañana, pañales a las cinco, y ese vacío en la cama que parecía crecer con cada hora que pasaba.

El lunes por la tarde llamé a su madre. Me contestó con voz seca:

—Raúl está descansando. Necesita tiempo para pensar.

—¿Pensar en qué? —pregunté, sintiendo cómo la rabia me subía por el pecho.

—En todo esto. En vosotros. En él mismo —respondió antes de colgarme sin más.

Me sentí invisible, como si mi dolor no importara a nadie. Incluso Lucía parecía percibir mi tristeza; sus llantos eran más largos, sus ojos más tristes. Empecé a dudar de mí misma: ¿había hecho algo mal? ¿Era yo la causa de todo?

El miércoles por la noche, agotada y al borde del colapso, llamé a mi amiga Carmen. Ella siempre había sido mi refugio en los peores momentos.

—Marta, tienes que pensar en ti. Si Raúl no está preparado para ser padre ni marido, no puedes cargar tú sola con todo —me dijo con esa franqueza brutal que siempre me había ayudado a ver las cosas claras.

Pero yo no quería rendirme tan fácilmente. Recordaba las noches en las que Raúl y yo nos reíamos juntos viendo series españolas antiguas, los paseos por el Retiro cuando soñábamos con tener una familia. ¿Dónde había quedado todo eso?

El jueves recibí un mensaje suyo:

«Necesito tiempo. No sé si puedo volver».

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Mi madre vino esa tarde y me encontró llorando en la cocina.

—Marta, tienes que ser fuerte. Los hombres a veces se rompen y no saben cómo arreglarse. Pero tú tienes a Lucía —me repitió, como si eso fuera suficiente para tapar el agujero que sentía en el pecho.

Esa noche soñé con Raúl. Soñé que volvía a casa, que me abrazaba y me decía que todo iba a estar bien. Pero al despertar solo encontré la almohada vacía y el sonido lejano del tráfico madrileño entrando por la ventana.

El viernes por la mañana decidí salir a pasear con Lucía por el barrio. El aire fresco me ayudó a despejarme un poco, pero cada vez que veía una pareja empujando un carrito sentía una punzada de envidia y tristeza. ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué ahora?

Al volver a casa encontré una carta bajo la puerta. Era de Raúl:

«Marta,

No sé cómo explicarlo. Siento que me he perdido a mí mismo desde que nació Lucía. No sé ser el padre ni el marido que esperabas. Me siento vacío, agotado… roto, como dice tu madre. No quiero haceros daño, pero tampoco quiero seguir fingiendo que todo está bien cuando no lo está. Necesito encontrarme antes de poder volver a ser parte de esta familia.

Lo siento».

Me quedé sentada en el suelo del recibidor, leyendo esas palabras una y otra vez mientras Lucía jugaba con sus peluches en el salón. Sentí rabia, tristeza y también un extraño alivio: al menos ya sabía lo que pasaba por su cabeza.

Esa noche llamé a mi madre y le conté todo entre sollozos.

—Hija, los hombres son así… pero tú no tienes por qué aguantarlo todo sola —me dijo por primera vez sin reproches, solo con ternura.

Pasaron los días y aprendí a vivir sin Raúl. Aprendí a dormir poco pero querer mucho; a llorar cuando Lucía dormía y sonreír cuando ella me miraba con esos ojos grandes llenos de vida.

Ahora han pasado dos semanas desde que Raúl se fue. No sé si volverá ni si quiero que lo haga. Pero sí sé una cosa: soy más fuerte de lo que pensaba.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres viven esto en silencio? ¿Cuántos hombres se rompen y dejan atrás a sus familias sin mirar atrás? ¿De verdad es justo cargar siempre nosotras con los pedazos rotos?

¿Y vosotros? ¿Qué haríais si os encontraseis en mi lugar?