Siete años bajo el mismo techo: la historia de Lucía y su suegra
—¿De verdad vas a dejarme en la calle, Carmen? —mi voz temblaba, pero no podía evitar que sonara casi como un reproche.
Carmen, mi exsuegra, se quedó mirándome desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa expresión dura que solo mostraba cuando algo le dolía más de lo que quería admitir.
—Lucía, han pasado siete años. Ya no puedo seguir así. No es justo para nadie —respondió, bajando la mirada hacia el suelo de baldosas frías del salón.
En ese instante, sentí cómo el mundo se me venía encima. Siete años. Siete años viviendo en ese piso de Lavapiés, con las paredes llenas de fotos antiguas y olor a café recién hecho por las mañanas. Siete años desde que mi matrimonio con Álvaro se fue al traste y él decidió largarse a Barcelona con una compañera de trabajo. Siete años en los que Carmen fue mi refugio, mi única familia en Madrid, la abuela de mi hija Paula y, a veces, la única persona que me preguntaba cómo estaba.
Pero ahora, después de tanto tiempo, me echaba. Y yo no tenía adónde ir.
Recuerdo perfectamente el día en que todo empezó. Acababa de terminar la carrera de Filología Hispánica en la Complutense. Mi madre lloraba de orgullo en la graduación y mi padre hacía bromas sobre lo poco que iba a ganar corrigiendo libros. Yo solo pensaba en Álvaro, en cómo me miraba desde el fondo del auditorio, con esa sonrisa torcida que me hacía sentir invencible. Nos casamos al año siguiente, sin apenas dinero pero con muchas ganas de comernos el mundo juntos.
Al principio todo fue bien. Álvaro encontró trabajo en una editorial pequeña y yo daba clases particulares mientras buscaba algo más estable. Cuando nació Paula, las cosas empezaron a torcerse. Las noches sin dormir, las discusiones por tonterías, el cansancio acumulado… Hasta que un día Álvaro no volvió a casa. Me dejó una nota en la nevera: “No puedo más. Lo siento”.
Me quedé sola con una niña de dos años y una hipoteca imposible de pagar. Fue Carmen quien me salvó entonces. Me abrió las puertas de su casa sin hacer preguntas, solo con un abrazo fuerte y una taza de chocolate caliente.
—Aquí siempre tendrás un sitio —me dijo aquella noche, mientras Paula dormía en el sofá envuelta en una manta.
Durante los primeros meses, todo fue fácil. Carmen y yo nos entendíamos bien. Compartíamos las tareas del hogar, nos turnábamos para cuidar a Paula y hasta veíamos juntas los culebrones de Antena 3 por las tardes. Pero poco a poco, la convivencia empezó a pesar.
Carmen era maniática con el orden. No soportaba que dejara los zapatos en el pasillo o que Paula pintara en la mesa del comedor. Yo intentaba adaptarme, pero a veces sentía que vivía en casa ajena, como una invitada permanente. Las discusiones se hicieron más frecuentes: por la compra, por el uso del baño, por los horarios…
—Lucía, ¿vas a buscar trabajo hoy o te vas a quedar otra vez viendo series? —me soltó un día mientras recogía los platos del desayuno.
—Estoy esperando una llamada —mentí, aunque sabía que nadie iba a llamarme ese día.
La verdad es que me costaba salir adelante. Cada vez que intentaba buscar trabajo, me topaba con contratos basura o entrevistas humillantes. Sentía que todo el mundo esperaba que fracasara. Incluso mi propia familia en Toledo empezó a distanciarse; decían que ya era hora de que me espabilara.
Aun así, me aferré a Carmen y a su piso como si fueran mi última tabla de salvación. Me convencí de que tenía derecho a estar allí, que después de todo lo que había pasado merecía un poco de estabilidad. Pero nunca pensé en lo que eso suponía para Carmen: una mujer mayor, viuda desde hacía años, que solo quería un poco de paz en su casa.
Las cosas empeoraron cuando Paula empezó el instituto. Se volvió rebelde, contestona y apenas pasaba tiempo en casa. Carmen y yo discutíamos cada vez más fuerte; ella decía que no sabía educar a mi hija y yo le gritaba que no era asunto suyo.
Una noche, después de una pelea especialmente dura, Carmen se encerró en su habitación y yo me quedé llorando en la cocina. Sentí una rabia inmensa hacia ella… pero también hacia mí misma. ¿Cómo había llegado a depender tanto de otra persona? ¿Por qué no había sido capaz de rehacer mi vida?
El ultimátum llegó una mañana cualquiera:
—Lucía, tienes tres meses para buscar otro sitio donde vivir —me dijo Carmen sin mirarme a los ojos.
Me quedé helada. Intenté suplicarle, recordarle todo lo que habíamos compartido… Pero ella estaba decidida.
—No es por ti —dijo al final—. Es por mí. Necesito recuperar mi espacio.
Ahora escribo esto desde una habitación alquilada en Usera, rodeada de cajas y recuerdos empaquetados. Paula se ha ido a vivir con su padre en Barcelona; dice que necesita un cambio de aires. Yo estoy sola por primera vez en muchos años y no sé si sentirme liberada o completamente perdida.
A veces pienso en Carmen y me invade el resentimiento: ¿cómo pudo echarme después de todo lo que pasamos juntas? Pero luego me miro al espejo y veo a una mujer cansada, sí… pero también capaz de empezar de nuevo.
¿Es justo esperar siempre que los demás nos salven? ¿O llega un momento en el que tenemos que aprender a salvarnos solas?