Después de la boda: cuando mi hija y su marido invadieron mi hogar y mi vida
—¿Otra vez llegáis tarde? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras Eliana y Rubén entraban en el piso, riéndose como si nada importara. El reloj marcaba las dos de la mañana. Yo llevaba horas sin poder dormir, repasando mentalmente las facturas del mes y el cierre de la tienda de ultramarinos que heredé de mi padre.
Eliana me miró con esa mezcla de ternura y fastidio que sólo una hija puede tener. —Mamá, solo hemos salido a tomar algo. No te preocupes tanto—. Rubén ni siquiera me miró; fue directo a la nevera y sacó una cerveza.
No era la primera vez. Desde que se casaron hace seis meses y se instalaron en mi casa, mi vida se ha convertido en un campo de batalla silencioso. Al principio, pensé que sería algo temporal. «Hasta que encuentren trabajo fijo», me repetía cada mañana mientras preparaba café para tres en vez de uno. Pero los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, y ahora siento que mi hogar ya no me pertenece.
Recuerdo cuando Eliana cumplió quince años. Fue el año más duro de mi vida: la tienda estuvo a punto de cerrar, su padre nos dejó por otra mujer y tuve que decidir entre pagar el alquiler o comprarle el vestido para su fiesta. Elegí el vestido. Siempre he intentado darle todo lo que necesita, aunque eso significara sacrificarme yo.
Pero ahora… ahora siento que me estoy ahogando. La tienda va mal; cada vez entra menos gente y los supermercados grandes nos están matando. Por las noches, cuando por fin consigo un poco de silencio, me pregunto si no estaré pagando demasiado caro el precio de ser una madre entregada.
Una tarde de domingo, mientras fregaba los platos, escuché a Rubén hablando por teléfono en el salón:
—Tío, aquí estamos de lujo. La suegra nos lo da todo hecho. Ni pagar alquiler ni nada…
Sentí cómo se me helaba la sangre. ¿Eso pensaba de mí? ¿Que soy una tonta útil? Me mordí los labios para no gritarle allí mismo.
Esa noche, intenté hablar con Eliana:
—Hija, ¿habéis pensado en buscar un piso? Sé que no es fácil, pero aquí estamos muy apretados…
Ella me miró como si le hubiera pedido que se marchara al fin del mundo.
—¿Nos quieres echar? —susurró, con los ojos llenos de lágrimas.
—No es eso, cariño… Es solo que necesito un poco de espacio. Y tú también lo necesitas. Sois jóvenes, tenéis que vivir vuestra vida…
Rubén entró en la cocina justo entonces, interrumpiendo la conversación:
—Si no te viene bien que estemos aquí, dilo claro —me espetó, desafiante.
Me quedé muda. No supe qué responder. ¿Cómo decirle a tu propia hija que te está asfixiando?
Las semanas siguientes fueron una sucesión de pequeños roces: discusiones por la limpieza, por la comida, por el dinero. Un día llegué a casa y encontré a Rubén jugando a la consola mientras Eliana dormía hasta las doce. La tienda había tenido un día pésimo y yo solo quería llorar.
Esa noche exploté:
—¡No puedo más! ¡Esto no es vida! —grité entre sollozos—. Necesito recuperar mi casa, mi paz… ¡mi vida!
Eliana rompió a llorar también. Rubén salió dando un portazo.
Durante días no nos hablamos. El ambiente era irrespirable. Mi hermana Carmen vino a verme y me dijo lo que nadie se atrevía a decirme:
—Tienes que poner límites, Lucía. Si no lo haces tú, nadie lo hará por ti.
Me armé de valor y una noche les reuní en el salón.
—Os quiero mucho —empecé—, pero necesito que busquéis otra solución. Os ayudaré en lo que pueda, pero no puedo seguir así.
Eliana lloró en silencio. Rubén no dijo nada. Al día siguiente empezaron a buscar piso.
No fue fácil. Hubo reproches, silencios incómodos y muchas lágrimas. Pero poco a poco las cosas fueron cambiando. Encontraron un pequeño estudio en Carabanchel y se mudaron al cabo de un mes.
El día que se marcharon sentí una mezcla extraña de alivio y tristeza. Mi casa volvió a ser mía, pero el silencio pesaba más que nunca.
Ahora paso las tardes sola en la tienda, viendo cómo los clientes van desapareciendo poco a poco. A veces me pregunto si hice bien o si fui demasiado dura con Eliana. ¿Dónde está el límite entre ayudar a los hijos y dejarles volar solos? ¿Cuántas veces una madre debe sacrificarse antes de pensar en sí misma?
Quizá nunca encuentre la respuesta correcta… Pero hoy, al menos, puedo respirar tranquila en mi propio hogar.
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Hasta dónde llega el deber de una madre?