El día que mi madre eligió a mi hermano: una historia de familia, dinero y esperanza
—¿Cómo que le has dado todo el dinero a Sergio? —mi voz temblaba, pero no era de frío. Era rabia, era miedo, era una mezcla de todo lo que me estaba ahogando desde hacía semanas.
Mi madre me miró desde el otro lado de la mesa de la cocina, con esa expresión suya de resignación que tanto me irritaba. El reloj marcaba las siete y media, y la luz anaranjada del atardecer apenas lograba suavizar la tensión que flotaba en el aire. Yo acababa de llegar del trabajo, agotada, con el sobre del test de embarazo aún en el bolso, y ella me soltó la noticia como quien comenta el tiempo.
—Hija, Sergio lo necesita más que tú ahora mismo. Ya sabes cómo está con lo del bar…
No podía creerlo. Mi hermano Sergio, el eterno niño mimado, el que siempre ha tenido una excusa para todo. Hace seis meses montó un bar en Lavapiés con unos amigos y desde entonces no ha hecho más que pedir dinero. Primero a mamá, luego a papá (que vive en Málaga con su nueva mujer), después a los abuelos. Ahora, cuando yo más necesitaba ese colchón —ese dinero que mamá había guardado durante años para «emergencias familiares»—, ella se lo entregaba todo a él.
Me levanté de golpe. La silla chirrió sobre las baldosas.
—¿Y yo qué? ¿No soy tu hija también? —sentí cómo se me quebraba la voz. No podía decirle todavía lo del embarazo. Ni siquiera había tenido tiempo de asimilarlo yo misma.
Mamá suspiró. Se frotó las manos, nerviosa.
—Tú siempre has sido más fuerte, Lucía. Siempre has salido adelante sola…
Me reí, amarga.
—¿Eso es un premio? ¿Que porque no te pido ayuda nunca, ahora que la necesito no me la das?
No respondió. Bajó la mirada al mantel de cuadros azules y blancos, como si buscara una respuesta entre las migas del pan.
Salí de casa dando un portazo. Caminé sin rumbo por las calles del barrio, sintiendo cómo el aire frío de Madrid me cortaba la cara. Lloré. Lloré como hacía años que no lloraba. Pensé en el bebé que crecía dentro de mí, en lo sola que estaba realmente.
Esa noche dormí en casa de mi amiga Marta. Le conté todo menos lo del embarazo. Ella me escuchó sin juzgarme, me preparó una tila y me dejó su pijama más suave. Pero yo no podía dejar de pensar en mi madre y en Sergio.
Al día siguiente fui al trabajo como un autómata. En la oficina nadie notó nada; todos demasiado ocupados con sus propios problemas. En el descanso llamé a Sergio. Necesitaba oír su versión.
—¿Mamá te ha dado todo el dinero? —le pregunté sin rodeos.
Se hizo un silencio incómodo al otro lado.
—Bueno… sí. Pero Lucía, entiéndelo, estoy hasta el cuello con las deudas del bar. Si no pago a los proveedores esta semana me cierran…
—¿Y qué pasa conmigo? ¿No te importa que mamá se quede sin nada?
—Tú siempre te apañas —repitió él, como si fuera un mantra familiar—. Además, tú tienes tu trabajo fijo…
Colgué antes de decir algo de lo que me arrepintiera. Me sentí invisible, como si mi dolor no importara a nadie.
Esa tarde fui al centro de salud para confirmar el embarazo. La doctora fue amable, pero sus palabras sonaban lejanas: «Enhorabuena», «tienes que cuidarte mucho ahora», «¿tienes apoyo familiar?». No supe qué responder.
Volví a casa de mamá dos días después. Ella estaba sentada en el sofá viendo una telenovela. Apagué la tele sin pedir permiso.
—Estoy embarazada —dije de golpe.
Vi cómo se le desencajaba la cara. Se llevó las manos a la boca.
—¿De quién? ¿Desde cuándo lo sabes?
—No importa —respondí seca—. Lo que importa es que voy a ser madre… y estoy sola.
Se hizo un silencio largo y pesado. Mamá empezó a llorar. Me pidió perdón entre sollozos, diciendo que no sabía nada, que si lo hubiera sabido…
—Pero ya es tarde —le dije—. Ahora no tienes nada para ayudarme.
Me marché otra vez, esta vez sin portazos ni gritos. Solo con una tristeza profunda y una sensación de vacío imposible de llenar.
Las semanas pasaron lentas y grises. Marta fue mi único apoyo real; me acompañó a las primeras ecografías y me ayudó a buscar ayudas sociales para madres solteras. El padre del bebé desapareció cuando le conté la noticia; ni siquiera contestó mis mensajes.
Un día recibí una llamada inesperada: era Sergio.
—Lucía… he vendido mi parte del bar —dijo con voz cansada—. Quiero devolverte parte del dinero que mamá me dio. Sé que lo necesitas más que yo ahora.
No supe qué decirle. Sentí rabia y alivio al mismo tiempo.
Mamá también empezó a buscar trabajo como limpiadora para poder ayudarme con algo cada mes. Vi cómo intentaba redimirse, pero algo dentro de mí se había roto para siempre.
Hoy escribo esto mientras acaricio mi barriga ya abultada y pienso en todo lo que he perdido… y en todo lo que está por venir. No sé si algún día podré perdonar del todo a mi madre o a Sergio, pero sí sé que este bebé será mi prioridad absoluta.
A veces me pregunto: ¿por qué las madres españolas siguen creyendo que los hijos varones necesitan más ayuda? ¿Cuántas Lucías hay ahí fuera sintiéndose invisibles en sus propias familias? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esa injusticia?