El testamento de la traición: Cuando el amor se convierte en un misterio

—¿Cómo que no hay nada para mí?—. Mi voz temblaba, reverberando en la sala fría del notario. El silencio era tan denso que podía oír el tic-tac del viejo reloj de pared. Mi cuñada, Lucía, bajó la mirada, incapaz de sostenerme la vista. El notario, don Emilio, carraspeó incómodo y volvió a leer el párrafo del testamento de Andrés: “A mi querida amiga Carmen Martínez, le lego mi parte de la empresa y la suma de cincuenta mil euros”.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Andrés y yo habíamos compartido veinte años juntos, desde que éramos adolescentes en aquel barrio de Salamanca donde todos se conocían. Nos enamoramos tarde, después de coincidir en una fiesta de antiguos alumnos. Él ya era ingeniero y yo acababa de empezar a dar clases en el instituto del barrio. Siempre pensé que nuestra historia era sencilla, sin grandes sobresaltos, como esas películas antiguas que terminan bien.

Pero ahora, sentada entre papeles y miradas esquivas, todo parecía una farsa. ¿Quién era Carmen Martínez? ¿Por qué Andrés le dejaba todo a ella y no a mí? La rabia me subía por la garganta como un vómito amargo.

—¿Esto es una broma?— pregunté, mirando a Lucía. Ella negó con la cabeza, los ojos llenos de lágrimas.

—No lo sabía, Ana. Te lo juro— susurró.

El notario me tendió una copia del testamento. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostenerla. Recordé las noches en las que Andrés llegaba tarde del trabajo, diciendo que había tenido una reunión interminable con los socios. Recordé las veces que me decía que no me preocupara por el dinero, que él lo tenía todo controlado.

Salí de la notaría sin despedirme. El aire frío de marzo me golpeó la cara y sentí ganas de gritar. Caminé sin rumbo por las calles estrechas del centro, entre turistas y estudiantes que reían ajenos a mi tragedia. ¿Cómo podía haber sido tan ciega?

Esa noche no dormí. Repasé cada conversación, cada gesto, buscando señales que nunca vi. Al amanecer, decidí buscar a Carmen Martínez. No podía quedarme con la duda.

Llamé a mi amiga Teresa, que trabajaba en el registro civil.

—¿Puedes buscarme información sobre una Carmen Martínez?— le pedí con voz ronca.

—¿La del testamento?— preguntó enseguida.

—Sí.

—Dame un rato.

Las horas se hicieron eternas hasta que Teresa me llamó:

—Ana… Hay varias Carmen Martínez en Salamanca, pero solo una tiene relación con la empresa de Andrés. Trabajó allí hace años como administrativa. Se fue hace poco más de un año.

Colgué sin saber si sentía alivio o más angustia. ¿Había sido solo una empleada? ¿O algo más?

Pasé los días siguientes investigando. Hablé con antiguos compañeros de Andrés, con vecinos, incluso con su madre, doña Pilar, que siempre me miró con desconfianza desde el principio.

—Andrés era muy reservado— me dijo ella una tarde mientras tomábamos café en su cocina llena de fotos familiares.— Pero siempre fue generoso con sus amigos…

Noté cómo evitaba mi mirada cuando mencioné a Carmen Martínez.

—¿La conocías?— insistí.

—La vi un par de veces en la empresa… No sé más.— Su tono era seco, cortante.

La tensión en casa crecía cada día. Mi hijo Marcos, de dieciséis años, apenas hablaba conmigo desde la muerte de su padre. Una noche lo encontré llorando en su habitación.

—¿Tú sabías algo de esto?— le pregunté suavemente.

Él negó con la cabeza.— Papá siempre decía que todo era para nosotros…

Sentí una punzada en el pecho. ¿Cómo iba a explicarle que su padre nos había dejado sin nada?

Finalmente localicé a Carmen Martínez. Vivía en un piso modesto al otro lado del río Tormes. Fui hasta allí sin avisar, temblando de rabia y miedo.

Me abrió la puerta una mujer de unos cuarenta años, pelo castaño recogido y ojos cansados.

—¿Carmen Martínez?— pregunté.

Ella asintió.— ¿Eres Ana?

Nos miramos en silencio durante unos segundos eternos.

—¿Por qué?— logré decir al fin.— ¿Por qué él te dejó todo?

Carmen suspiró y me invitó a pasar. La casa olía a café y a libros viejos.

—No fue lo que parece— dijo sentándose frente a mí.— Andrés me ayudó mucho cuando mi hijo enfermó. Me prestó dinero para el tratamiento y nunca quiso que se lo devolviera. Yo… nunca tuve nada con él más allá de una amistad profunda y sincera.

La miré incrédula.— ¿Y la empresa? ¿El dinero?

—No lo sé… Me enteré por el notario igual que tú.— Sus ojos se llenaron de lágrimas.— Si quieres, te lo cedo todo. No quiero nada que no sea mío.

Salí de allí aún más confundida. ¿Y si Andrés solo había querido ayudarla? ¿Y si nunca hubo traición?

Volví a casa y encontré a Marcos sentado en el sofá, mirando una foto antigua de su padre arreglando una bicicleta en el patio.

—Mamá… ¿Tú crees que papá nos quería?— preguntó con voz rota.

Me senté a su lado y lo abracé fuerte.— No lo sé, hijo… No sé nada ya.

Esa noche lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente llamé al notario para renunciar a cualquier reclamación legal contra Carmen Martínez. No quería vivir anclada al rencor ni al pasado.

Ahora, meses después, sigo preguntándome si alguna vez conocí realmente al hombre con el que compartí media vida. ¿Cuántos secretos caben en un matrimonio? ¿Es posible perdonar cuando el dolor es tan grande?

A veces me sorprendo mirando por la ventana y preguntándome: ¿Qué haríais vosotros en mi lugar? ¿Se puede reconstruir una vida cuando todo lo que creías cierto se desmorona?