El yerno que nunca quise: una familia dividida por el amor y la decepción
—Mamá, por favor, no empieces otra vez —me suplicó Lucía, con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa. Estaba sentada en la mesa de la cocina, la misma donde de niña hacía los deberes mientras yo preparaba la cena. Ahora, esa mesa era el campo de batalla donde se libraban nuestras guerras silenciosas.
—No puedo quedarme callada, Lucía. No después de lo que ha pasado hoy —le respondí, apretando el trapo de cocina entre las manos. Había llegado a casa y me encontré con Sergio, mi yerno, tirado en el sofá viendo la televisión, mientras mi hija corría de un lado a otro preparando la comida y recogiendo los juguetes de su hijo. Otra vez.
Sergio nunca fue lo que esperábamos para Lucía. Cuando lo presentó en casa hace cinco años, mi marido Antonio y yo intentamos ser amables. Pero desde el principio notamos algo extraño: no tenía trabajo estable, ni ambiciones claras. Decía que estaba «buscando su camino», pero ese camino parecía llevar siempre al mismo sitio: al paro, a las excusas, a los sueños imposibles.
Recuerdo la primera vez que discutimos por él. Fue en la boda de su prima Marta, en un salón de bodas de Alcalá de Henares. Sergio llegó tarde y sin afeitarse. Lucía lo defendió delante de toda la familia: «No le juzguéis, está pasando una mala racha». Pero esa racha nunca terminó.
—Mamá, Sergio está haciendo lo que puede. No todo el mundo tiene las mismas oportunidades —me decía Lucía cada vez que le insinuaba que merecía algo mejor.
Pero yo veía cómo mi hija se apagaba poco a poco. Ella, que había terminado Derecho con matrícula de honor en la Complutense, ahora trabajaba de administrativa para poder pagar el alquiler del piso en Vallecas. Sergio seguía encadenando trabajos temporales: repartidor de Glovo, camarero en un bar que cerró por la pandemia, teleoperador durante dos meses… Siempre había una excusa para dejarlo todo.
Lo peor llegó cuando la familia de Sergio empezó a pedir ayuda. Su madre, Rosario, una mujer seca y orgullosa, vino a casa llorando porque iban a desahuciarla. Lucía no dudó en ofrecerles dinero, aunque eso significara renunciar a sus propias vacaciones o a comprarse ropa nueva. Yo no podía soportarlo.
—¿Por qué tienes que cargar tú con los problemas de su familia? —le pregunté una noche, cuando vino a casa a buscar a nuestro nieto después del trabajo.
—Porque son mi familia también —me respondió con una firmeza que no le conocía.
Antonio intentaba mediar:
—María, déjala vivir su vida. Si ella es feliz…
Pero yo veía el cansancio en sus ojos, las ojeras profundas, las llamadas nocturnas para pedirnos ayuda con el niño porque Sergio había desaparecido otra vez sin avisar.
Una tarde de otoño, todo explotó. Lucía llegó llorando a casa:
—Mamá, Sergio ha perdido otro trabajo. Dice que no es culpa suya, pero… ya no sé qué hacer.
La abracé fuerte, sintiendo su cuerpo temblar contra el mío.
—Hija, no tienes por qué aguantar esto. Puedes volver a casa cuando quieras.
Pero ella se separó de mí y me miró con rabia:
—¡No entiendes nada! Yo le quiero. No puedo dejarle tirado como hizo su padre con él.
Me quedé muda. Por primera vez entendí que Lucía veía en Sergio algo que nosotros no podíamos ver: una herida antigua, una necesidad de ser salvado.
Los meses pasaron y la situación empeoró. Rosario fue finalmente desahuciada y se instaló en el pequeño piso de Lucía y Sergio. Tres adultos y un niño en cincuenta metros cuadrados. Las discusiones eran constantes; los gritos se escuchaban por todo el bloque.
Un día recibí una llamada de Lucía:
—Mamá, ¿puedes venir? No puedo más.
Fui corriendo. Encontré a Lucía sentada en el suelo del baño, abrazada a su hijo pequeño mientras lloraba desconsolada. Sergio estaba fuera, fumando en la escalera.
—¿Qué ha pasado?
—Nada nuevo… Mamá, ¿por qué me siento tan sola si estoy rodeada de gente?
No supe qué decirle. Solo la abracé y le prometí que todo iría bien, aunque no me lo creía ni yo misma.
Esa noche hablé con Antonio:
—Tenemos que hacer algo. No podemos dejar que nuestra hija se hunda así.
Pero él solo suspiró:
—Lucía es adulta. Solo podemos estar aquí cuando nos necesite.
Los días siguientes fueron un infierno para todos. Rosario enfermó y Lucía tuvo que cuidar de ella además del niño y del trabajo. Sergio seguía sin encontrar empleo estable y cada vez estaba más irritable.
Una tarde escuché una conversación entre Lucía y Sergio:
—No puedo más, Sergio. Necesito que busques ayuda —le dijo ella con voz rota.
—¿Ayuda? ¿De quién? ¿De tus padres? ¿Para que me miren como si fuera basura?
—No es eso… Solo quiero que luches por nosotros.
Sergio salió dando un portazo. Lucía se derrumbó en el sofá.
Esa noche me llamó:
—Mamá… ¿Crees que he cometido un error?
Me dolió escucharla así. Quise decirle que sí, que siempre supe que Sergio no era para ella. Pero solo pude responder:
—Solo tú puedes decidirlo, hija.
Ahora escribo estas líneas mientras veo a Lucía dormir en el sofá de casa con su hijo en brazos. Ha decidido pasar unos días con nosotros para aclarar sus ideas. Sergio sigue sin llamar.
Me pregunto si alguna vez podré perdonarme por no haber sido más dura desde el principio o si simplemente tenía que dejarla aprender por sí misma.
¿Hasta dónde debe llegar una madre para proteger a su hija? ¿El amor justifica sacrificarlo todo por alguien que no está dispuesto a cambiar? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?