Desde que nació mi nieto, solo veo fotos: el silencio de mi familia me ahoga

—No, mamá, hoy tampoco pueden venir —me respondió Daniel, mi hijo, con la voz cansada al teléfono. Sentí cómo el corazón se me encogía, otra vez. Era la tercera vez en dos semanas que intentaba ver a mi nieto, y la respuesta era siempre la misma.

Apenas hace un mes que nació Lucas, mi primer nieto. Recuerdo el día en que Daniel nos llamó a mí y a mi marido, Antonio, para decirnos que ya había nacido. Lloré de alegría. Compramos un peluche enorme y una mantita bordada con su nombre. Pero desde entonces, solo he visto fotos. Fotos que me manda Daniel por WhatsApp, siempre con un mensaje breve: «Está bien, mamá».

La primera vez que intentamos ir a su casa en Vallecas, llevábamos regalos y una tarta casera de manzana. Pero al llegar, fue como si hubiéramos interrumpido algo sagrado. Marta, mi nuera, ni siquiera nos miró a los ojos. Nos dejó en la puerta con una sonrisa forzada y dijo: —Gracias por venir, pero Lucas está dormido y preferimos que no haya visitas todavía.

Antonio intentó bromear: —¡Pero si somos los abuelos! ¿No podemos ni ver al niño?

Marta se encogió de hombros y cerró la puerta suavemente. Desde entonces, cada intento de acercamiento ha sido un fracaso. Daniel siempre pone excusas: que si están cansados, que si el niño está resfriado, que si Marta no se encuentra bien.

Lo peor es que los padres de Marta tampoco han visto al niño más allá de las fotos. Me lo contó Marisa, la madre de Marta, en el mercado: —No sé qué le pasa a nuestra hija. Nos tiene igual de apartados. Dice que necesita espacio, que no quiere agobios.

Pero yo siento que es algo personal conmigo. No puedo evitar repasar cada conversación, cada gesto, buscando qué hice mal. ¿Fui demasiado insistente? ¿Dije algo fuera de lugar? Antonio me dice que no me obsesione, pero él también está herido. Lo noto cuando se encierra en el taller y no quiere hablar del tema.

El domingo pasado preparé una comida especial e invité a Daniel y Marta. Solo vino Daniel. Se sentó en la mesa y apenas probó bocado. Miraba el móvil todo el rato.

—¿Por qué no ha venido Marta? —le pregunté al fin.

—Está cansada —respondió sin mirarme—. El niño no duerme bien y ella tampoco.

—¿Y nosotros? ¿No podemos ayudar? Somos sus padres, Daniel.

—Mamá, por favor… No lo hagas más difícil —dijo él, casi suplicando.

Me quedé callada. Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Cómo podía ser tan difícil? Yo solo quería abrazar a mi nieto, ayudar a mi hijo, sentirme parte de su vida.

Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces a mirar las fotos de Lucas en el móvil. En todas sale dormido o en brazos de Marta. Ni una sola con Daniel o conmigo. Lloré en silencio para no despertar a Antonio.

Al día siguiente llamé a mi hermana Carmen para desahogarme.

—No te lo tomes así —me dijo—. Ahora las cosas son diferentes. Las madres jóvenes quieren hacerlo todo solas.

—Pero Carmen, ¿y si nunca me dejan ver a mi nieto? ¿Y si crece sin conocerme?

Carmen suspiró al otro lado del teléfono:

—Dale tiempo. Quizá Marta necesita adaptarse.

Pero yo siento que el tiempo solo agranda la distancia entre nosotros.

Hace unos días vi a Daniel en la calle cuando salía del trabajo. Iba con prisa y casi no me saludó.

—Daniel, espera —le llamé—. ¿Podemos hablar un momento?

Él bajó la mirada:

—Mamá, no quiero discutir más. Marta está muy sensible y cualquier cosa le afecta.

—¿Y yo? ¿A mí quién me cuida? —le pregunté con la voz temblorosa.

Daniel se quedó callado unos segundos y luego se marchó sin decir nada más.

Antonio intenta animarme:

—Ya vendrán tiempos mejores —dice mientras lee el periódico—. No podemos forzar las cosas.

Pero yo siento que cada día estoy más lejos de mi familia. Mis amigas me dicen que tenga paciencia, pero nadie entiende lo que duele ver crecer a tu nieto solo por fotos.

A veces pienso en ir a su casa sin avisar, pero temo que eso solo empeore las cosas. No quiero convertirme en esa suegra pesada de la que todos huyen.

Hoy he vuelto a mirar las fotos de Lucas. Ha crecido mucho en un mes. Me fijo en sus manos diminutas y me imagino cómo sería sostenerlo entre mis brazos. Siento un vacío enorme en el pecho.

¿De verdad es tan difícil ser abuela hoy en día? ¿Qué he hecho mal para merecer este silencio? Si alguna vez habéis sentido este dolor, ¿cómo lo habéis superado vosotros?