El día que mi boda se convirtió en mi liberación
—¿Estás segura de que quieres hacer esto, Lucía?— La voz temblorosa de mi hermana Marta resonó en el vestidor, mientras yo me miraba al espejo con el vestido blanco perfectamente ajustado, pero el corazón hecho trizas.
No respondí. Solo apreté con fuerza el móvil entre mis manos. En la pantalla, los mensajes de Sergio con otra mujer —Clara, la amiga de su hermano— ardían como cuchillas en mis ojos. No era la primera vez que veía esas palabras, pero sí la primera que sentía el valor de enfrentarlas delante de todos.
La música comenzó a sonar en la iglesia de San Andrés. Mi padre vino a buscarme, con esa mezcla de orgullo y preocupación que solo un padre puede sentir. —Lucía, hija, aún puedes echarte atrás— susurró, pero yo negué con la cabeza. Había tomado una decisión.
Caminé por el pasillo central sintiendo las miradas de mis tías, los susurros de mis primas, la sonrisa nerviosa de Sergio en el altar. Todo parecía perfecto, pero yo sabía que era una farsa. El cura empezó a hablar, pero apenas escuchaba. Solo sentía el peso del móvil en mi mano y el temblor en mis piernas.
Llegó el momento de los votos. Sergio me miró con esa mirada suya, la que antes me derretía y ahora solo me daba rabia. —Lucía, eres la mujer de mi vida…— empezó él, pero le interrumpí.
—No sigas— dije en voz alta. El murmullo recorrió los bancos como una ola. —Hoy no voy a leer los votos que escribí. Hoy voy a leer otra cosa.
Saqué el móvil y lo desbloqueé. El silencio era absoluto. Mi madre se tapó la boca. Mi abuela se persignó. Yo respiré hondo y empecé a leer:
—“¿Cuándo nos vemos otra vez? No aguanto más sin ti”, escribió Sergio a Clara hace dos semanas. “Esta noche invento algo para escaparme”, respondió él. “Lucía ni se entera”.
El rostro de Sergio palideció. Su madre se levantó del banco y gritó: —¡Eso es mentira!—
—¿Mentira?— respondí, mirando a Sergio a los ojos. —¿Quieres que siga leyendo? Hay más.—
Nadie se movía. Nadie respiraba. Solo yo, leyendo mensaje tras mensaje: citas en hoteles del centro, promesas de amor clandestino, burlas sobre mi ingenuidad. Cada palabra era una puñalada, pero también una liberación.
—¿Por qué haces esto aquí?— murmuró Sergio, apenas audible.
—Porque aquí fue donde prometiste quererme para siempre— respondí. —Y porque merezco algo mejor que tus mentiras.—
Mi padre se acercó y me abrazó fuerte. —Vámonos, hija— dijo con lágrimas en los ojos.
La iglesia estalló en gritos y susurros. Los amigos de Sergio intentaron llevárselo fuera, mientras su madre me insultaba entre sollozos. Mis amigas me rodearon como un escudo. Yo solo sentía un vacío inmenso y una extraña paz.
En casa, todo era silencio. Mi madre preparó tila para todos y mi abuela no paraba de rezar. Marta me miró con admiración y miedo a partes iguales.
—Has sido valiente— dijo finalmente.— Pero ¿y ahora qué?
No supe qué responderle. Me senté en la cama con el vestido aún puesto y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Pensé en los años invertidos, en las cenas familiares, en los planes de futuro que ahora eran cenizas.
Al día siguiente, la noticia corría por todo el barrio. En el mercado, las vecinas cuchicheaban; en la panadería, la gente me miraba con compasión o con morbo. Recibí mensajes de apoyo y otros llenos de reproches por «haber montado un espectáculo».
Pero yo sabía que había hecho lo correcto. No podía empezar una vida basada en mentiras. No podía mirar a mis padres a los ojos sabiendo que aceptaba menos de lo que merecía.
Sergio intentó llamarme varias veces. Me dejó notas en el buzón: «Perdóname», «Fue un error», «No quise hacerte daño». Pero ya era tarde.
Un día me crucé con Clara en la calle Mayor. Bajó la mirada y aceleró el paso. Sentí rabia, sí, pero también lástima por ella y por mí misma: dos mujeres engañadas por el mismo hombre cobarde.
Con el tiempo, aprendí a vivir con las miradas y los comentarios. Volví a salir con mis amigas, retomé mis clases de cerámica y hasta me atreví a viajar sola a Granada para ver la Alhambra al atardecer.
A veces me pregunto si hice bien en exponerlo así, si no habría sido mejor callar y marcharme sin más. Pero luego recuerdo cómo me sentí al leer aquellos mensajes delante de todos: rota, sí, pero libre por primera vez en mucho tiempo.
¿Y vosotros? ¿Habríais tenido el valor de hacer lo mismo? ¿O habríais preferido guardar silencio para evitar el escándalo?