La casa de la discordia: Cuando la familia se convierte en extraños
—Mamá, tienes que entenderlo, no puedes seguir sola en esa casa tan grande —me dijo Lucía, mi hija mayor, mientras me ayudaba a sentarme en el sofá del salón. Su tono era suave, pero sus ojos evitaban los míos.
Aún recuerdo el olor a lejía y hospital de aquel invierno. Tres semanas ingresada por una neumonía que casi me lleva al otro barrio. Y cuando por fin volví a casa, apenas podía caminar sin el andador. La fractura de cadera fue la puntilla. Me sentía vieja por primera vez en mi vida.
—No quiero ser una carga —susurré, mirando las fotos familiares en la estantería. Mi marido, Antonio, ya no estaba para defenderme; se fue hace diez años y desde entonces la casa era mi refugio, mi mundo.
—No eres una carga, mamá —insistió Lucía—. Pero aquí estarás mejor. Yo puedo ayudarte con todo: la comida, las medicinas…
Mi hijo menor, Diego, asintió desde la puerta. Siempre tan callado, tan distante desde que se separó de Marta. Me sentí acorralada, pero acepté. ¿Qué otra opción tenía? La soledad pesa más cuando el cuerpo no responde.
Me mudé a casa de Lucía en Alcorcón. Su piso era pequeño y ruidoso; los nietos gritaban, la tele siempre estaba encendida y yo apenas podía dormir. Echaba de menos mi jardín, mis rosales, el silencio de mi barrio en Chamberí. Pero me repetía que era lo mejor para todos.
Al principio todo fue bien. Lucía me cuidaba con esmero, aunque a veces notaba su impaciencia cuando tardaba en vestirme o se me caía la taza del desayuno. Diego venía a verme los domingos y traía churros, pero siempre tenía prisa por irse.
Una tarde escuché una conversación que no iba destinada a mis oídos. Lucía hablaba por teléfono en la cocina:
—Sí, mamá ya está aquí. No creo que vuelva a su casa… Sí, podemos ir adelantando los papeles… No, Diego está de acuerdo…
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Papeles? ¿Qué papeles? Esa noche apenas dormí. Al día siguiente, mientras Lucía salía a hacer la compra, rebusqué entre sus cosas y encontré una carpeta con documentos del banco y una nota manuscrita: «Contactar con inmobiliaria para valoración piso Chamberí».
El corazón me latía con fuerza. ¿Querían vender mi casa? Mi casa, donde había criado a mis hijos, donde cada rincón guardaba un recuerdo de Antonio y de mí. No podía creerlo.
Esa noche enfrenté a Lucía:
—¿Por qué tienes papeles de mi casa? ¿Vais a venderla sin decírmelo?
Lucía se quedó helada. Diego bajó la mirada.
—Mamá… Es por tu bien. Esa casa es muy grande para ti y necesita muchas reformas. El dinero nos vendría bien a todos…
—¿A todos? —grité— ¿O solo a vosotros?
El silencio fue la respuesta más cruel. Sentí cómo se rompía algo dentro de mí.
Los días siguientes fueron un infierno. Lucía intentó convencerme de que era lo mejor; Diego evitaba mirarme a los ojos. Yo me sentía invisible, como si ya no importara lo que yo quisiera.
Una mañana decidí escaparme. Cogí mi bolso y salí del piso mientras Lucía llevaba a los niños al colegio. Llamé a mi vecina Pilar y le pedí que me recogiera en la estación de metro más cercana.
Cuando llegué a mi casa y abrí la puerta, el olor a madera vieja y a rosas secas me hizo llorar. Me senté en mi sillón favorito y llamé a un abogado amigo de Antonio. Le conté todo y él me ayudó a poner la casa a mi nombre en exclusiva y dejar claro en el registro que no podía venderse sin mi consentimiento.
Lucía y Diego vinieron esa tarde furiosos.
—¡Mamá! ¿Cómo se te ocurre hacer esto? —gritó Lucía— ¡Solo queríamos ayudarte!
—¿Ayudarme? —respondí con voz temblorosa— ¿O deshaceros de mí y de mis recuerdos?
Diego intentó calmarla, pero yo ya no podía confiar en ellos como antes. Les pedí que se marcharan y cerré la puerta con llave.
Desde entonces vivo sola otra vez, con ayuda de Pilar y una asistenta que viene tres veces por semana. No es fácil; hay días en los que el dolor me impide levantarme o en los que echo de menos el bullicio de mis nietos. Pero prefiero la soledad digna al cariño interesado.
A veces me pregunto: ¿En qué momento dejamos de ser familia para convertirnos en extraños? ¿Es justo que los hijos decidan por nosotros solo porque somos viejos? ¿Cuántos ancianos en España estarán viviendo lo mismo que yo?
¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?